Perseverancia: una lección que deja el restaurantero Onésimo Sánchez
Onésimo Sánchez trabajo desde los 13 años, hizo suya la gastronomía poblana y se volvió una leyenda en la elaboración del mole de caderas
Conocí a don Onésimo por una cuestión laboral. Era un ejemplo de perseverancia y un ciudadano oaxaqueño que, con trabajo desde los 13 años de edad, hizo suya la gastronomía poblana y se volvió una leyenda en la elaboración del mole de caderas. Le sirvió platillos a su clientela y hasta a Fidel Castro; forjó su propio restaurante: El Burladero, en el cual deja un vacío tras su deceso este 27 de septiembre del 2020.
La temporada fuerte para el negocio de don Onésimo Sánchez Jiménez era en octubre-noviembre, cuando elaboraba el mole de caderas, un platillo que lo conectaba con su natal Huautla de Jiménez, Oaxaca, el “Pueblo Mágico” de donde tuvo que migrar a corta edad para trabajar y ayudar a su madre, que había quedado viuda.
Nacido en 1946, don Onésimo amaba su trabajo en su restaurante. A las 6:00 horas iba diariamente a la Central de Abasto a comprar la mercancía que necesitaba para su negocio, y él, junto a su esposa Élfega Martínez Parias, hacían equipo para preparar toda su gama de platillos, como mole y sopa de médula.
En octubre del 2018 conocí a don Onésimo. Hablamos como 2 horas, no solo de su historia, sino de su presente y hasta de política. Él trabajó en cañaverales, en cafetales, en una granja, fue mandadero del restaurante La Bola Roja y estudió la primaria abierta, pues en su niñez no tuvo recursos para ir a la escuela.
A él, le enseñaron que no se debe pedir el dinero, sino ganarlo. Por eso, tenía una visión contraria a la de muchos políticos. Él decía que trabajar en la administración pública y robar el dinero del pueblo, solo podría entenderse porque aquellas personas no saben lo que significa ganar cada peso con sudor.
Su restaurante, en la 7 Norte 2207, contiene parte de la historia del negocio que fundó don Onésimo en el año 1975. Fotos con deportistas, políticos y personalidades famosas, eran sus tesoros, que mostraba a los visitantes con los que tenía oportunidad de charlar –por el exceso de trabajo-.
Una de las lecciones que don Onésimo enseñaba con su experiencia es que cuando se cierra una puerta, se abren otras y más grandes. Uno de sus temores se presentó en el año 1972, cuando cerraron en restaurante donde trabajaba, pero con estudio y práctica, 3 años más tarde pudo abrir El Burladero, un negocio que requirió de créditos, cambios de ubicación y que sufrió los estragos de la pandemia, pero que fue el refugio de don Onésimo hasta sus últimas semanas.
¡Descanse en Paz, amable y perseverante, don Onésimo!
