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Macron vivirá en una burbuja de seguridad

Macron vivirá en una burbuja de seguridad

Desde que se convirtió en presidente electo de Francia, la vida cotidiana de Emmanuel Macron cambió radicalmente: ahora vive y se desplaza dentro de una burbuja de seguridad extrema.
El refuerzo de ese dispositivo es una consecuencia lógica de la ola de atentados que sufre Francia desde enero de 2015 y las amenazas yihadistas.
Hasta su victoria en la elección presidencial del domingo pasado, el candidato se movía con un automóvil normal, acompañado por un vehículo de custodia y un equipo de 10 agentes de seguridad. Esa misma noche tuvo que adaptarse a las mismas reglas de protección que rigen para el actual presidente François Hollande: su escolta pasó a 20 personas que pertenecen al Grupo de Seguridad de la Presidencia de la República (GSPR), compuesto por más de 60 efectivos que operaban hasta el mes de abril bajo la dirección de la comisaria Sophie Hatt.
Ese dispositivo corresponde al nivel 3 (sobre 4) de la escala de evaluación de riesgos que aplica la Unidad de Coordinación de la Lucha Anti-terrorista (UCLAT) para proteger a los altos funcionarios.
Como presidente, esa evaluación podrá ser recalificada hasta llegar al grado 1, nivel que se aplica en caso de “amenaza inminente”. Es posible que el dispositivo se refuerce, teniendo en cuenta que el 5 de mayo, 48 horas antes de la segunda vuelta de la elección, un comunicado del grupo yihadista Estado Islámico (EI) incluye al “presidente de Francia” entre los objetivos de futuros ataques terroristas.
Cada vez que se desplaza, ahora debe utilizar un vehículo blindado que viaja en medio de cinco SUV con guardaespaldas del servicio de protección del Palacio del Elíseo, su convoy es precedido por un grupo de motociclistas de la gendarmería nacional y va siempre escoltado por dos o tres scooters con comandos de elite encargados de neutralizar a eventuales agresores.
Las calles donde están ubicados su domicilio y su cuartel general de campaña fueron inmediatamente bloqueadas por la policía al tránsito de vehículos e incluso de peatones que no residen en la zona. Una parte del dispositivo de prevención de atentados no es visible: en los techos hay tiradores de élite y grupos de artificieros revisan en forma permanente todos los rincones donde puede ocultarse un kamikaze o es posible colocar una bomba. También se apostaron policías en la casa de fin de semana en el balneario de Le Touquet, sobre la costa atlántica, a 240 kilómetros al norte de París.
Su esposa Brigitte tiene, por su parte, un equipo de seguridad y cuando se desplaza moviliza tres vehículos.
El presidente electo, que recién asumirá el poder el domingo próximo a las 10:00 horas (03:00 tiempo de México), también tuvo que abandonar los dos portátiles que usaba habitualmente y reemplazarlos por un teléfono celular Teorem que codifica automáticamente las conversaciones y utiliza las redes especiales reservadas al aparato estatal. En sus oficinas también se instaló un aparato fijo “securizado” idéntico al que tiene Hollande sobre su escritorio.
A partir del domingo, el nuevo jefe del Estado se instalará en los aposentos presidenciales del Palacio del Elíseo que es, en realidad, un apartamento de 140 m2 ubicado en el ala este del edificio con vista a los jardines posteriores. Desde ese momento, su seguridad quedará bajo la responsabilidad del grupo de protección del jefe del Estado.
Los responsables del GSPR saben que, a diferencia de Hollande, garantizar la seguridad de Macron se convertirá en una verdadera pesadilla porque al nuevo presidente busca en permanencia el contacto con la gente, no quiere aislarse y, como demostró en la campaña, no le tiene miedo a la multitud.
“Si uno escucha a los agentes de seguridad, termina como Hollande”, se le escucha decir en un documental difundido esta semana por la televisión francesa. Sus guardaespaldas reconocen que el principal problema será su temeridad: “Nunca estaré en condiciones óptimas de seguridad… porque el país es así”, comentó a fines de abril, cuando se sumergió en medio de un grupo de obreros en huelga de la fábrica Whirlpool.

Desde que se convirtió en presidente electo de Francia, la vida cotidiana de Emmanuel Macron cambió radicalmente: ahora vive y se desplaza dentro de una burbuja de seguridad extrema.

El refuerzo de ese dispositivo es una consecuencia lógica de la ola de atentados que sufre Francia desde enero de 2015 y las amenazas yihadistas.

Hasta su victoria en la elección presidencial del domingo pasado, el candidato se movía con un automóvil normal, acompañado por un vehículo de custodia y un equipo de 10 agentes de seguridad. Esa misma noche tuvo que adaptarse a las mismas reglas de protección que rigen para el actual presidente François Hollande: su escolta pasó a 20 personas que pertenecen al Grupo de Seguridad de la Presidencia de la República (GSPR), compuesto por más de 60 efectivos que operaban hasta el mes de abril bajo la dirección de la comisaria Sophie Hatt.

Ese dispositivo corresponde al nivel 3 (sobre 4) de la escala de evaluación de riesgos que aplica la Unidad de Coordinación de la Lucha Anti-terrorista (UCLAT) para proteger a los altos funcionarios.

Como presidente, esa evaluación podrá ser recalificada hasta llegar al grado 1, nivel que se aplica en caso de “amenaza inminente”. Es posible que el dispositivo se refuerce, teniendo en cuenta que el 5 de mayo, 48 horas antes de la segunda vuelta de la elección, un comunicado del grupo yihadista Estado Islámico (EI) incluye al “presidente de Francia” entre los objetivos de futuros ataques terroristas.

Cada vez que se desplaza, ahora debe utilizar un vehículo blindado que viaja en medio de cinco SUV con guardaespaldas del servicio de protección del Palacio del Elíseo, su convoy es precedido por un grupo de motociclistas de la gendarmería nacional y va siempre escoltado por dos o tres scooters con comandos de elite encargados de neutralizar a eventuales agresores.

Las calles donde están ubicados su domicilio y su cuartel general de campaña fueron inmediatamente bloqueadas por la policía al tránsito de vehículos e incluso de peatones que no residen en la zona. Una parte del dispositivo de prevención de atentados no es visible: en los techos hay tiradores de élite y grupos de artificieros revisan en forma permanente todos los rincones donde puede ocultarse un kamikaze o es posible colocar una bomba. También se apostaron policías en la casa de fin de semana en el balneario de Le Touquet, sobre la costa atlántica, a 240 kilómetros al norte de París.

Su esposa Brigitte tiene, por su parte, un equipo de seguridad y cuando se desplaza moviliza tres vehículos.

El presidente electo, que recién asumirá el poder el domingo próximo a las 10:00 horas (03:00 tiempo de México), también tuvo que abandonar los dos portátiles que usaba habitualmente y reemplazarlos por un teléfono celular Teorem que codifica automáticamente las conversaciones y utiliza las redes especiales reservadas al aparato estatal. En sus oficinas también se instaló un aparato fijo “securizado” idéntico al que tiene Hollande sobre su escritorio.

A partir del domingo, el nuevo jefe del Estado se instalará en los aposentos presidenciales del Palacio del Elíseo que es, en realidad, un apartamento de 140 m2 ubicado en el ala este del edificio con vista a los jardines posteriores. Desde ese momento, su seguridad quedará bajo la responsabilidad del grupo de protección del jefe del Estado.

Los responsables del GSPR saben que, a diferencia de Hollande, garantizar la seguridad de Macron se convertirá en una verdadera pesadilla porque al nuevo presidente busca en permanencia el contacto con la gente, no quiere aislarse y, como demostró en la campaña, no le tiene miedo a la multitud.

“Si uno escucha a los agentes de seguridad, termina como Hollande”, se le escucha decir en un documental difundido esta semana por la televisión francesa. Sus guardaespaldas reconocen que el principal problema será su temeridad: “Nunca estaré en condiciones óptimas de seguridad… porque el país es así”, comentó a fines de abril, cuando se sumergió en medio de un grupo de obreros en huelga de la fábrica Whirlpool.