Cuando París dejó de ser una fiesta
París. París no es una fiesta; más bien parece una sonrisa forzada que trata de ocultar un dolor profundo, intenso, de esos que causan las culpas y que ahondan las tragedias. De esos que desesperan a los comerciantes y los tienen compitiendo entre ofertas siempre caras: hoteles cuatro estrellas que cobran 9 mil pesos mexicanos por cuatro noches, gangas que no alcanzan a seducir al turismo que parece haber dejado sola la Ciudad Luz.
París es una mueca, algo inesperado. Es la noche de las calles solas, de los bares mudos, de las aceras sin sombras. Es un estado de emergencia que ejecuta de manera cotidiana hasta un centenar de allanamientos, cuando menos en los primeros 10 días después de los atentados perpetrados el pasado 13 de noviembre, y un número parecido de redadas en todo el país.
