Revés al morenovallismo en el PAN
Algo sigue sin funcionar en el morenovallismo.
Jamás pensaron perder 9 de 16 Distritos Federales el pasado 7 de junio.
Nunca imaginaron que tendrían que sacar a Antonio Gali como aspirante a gobernador con tantos meses de anticipación, pese a que eso le traerá un desgaste social, en medios de comunicación y redes sociales importante.
¿O es alcalde o candidato?
¿Cómo hablarle?
¿Presidente municipal o candidato?
Un desgaste innecesario y que traerá un costo negativo irremediablemente.
Pensaron que con su poderosa estructura electoral podrían sacar a la primera patada a Rafael Micalco de la dirigencia estatal del PAN.
Lo quisieron culpar de la derrota.
Le armaron un complot en el Congreso.
Mandaron a su emisario al Comité Ejecutivo Nacional del PAN para exigir su renuncia.
Planearon adueñarse de la dirigencia estatal en agosto.
Jamás previeron que Margarita Zavala se adelantara en los destapes a la Presidencia de México y ya les robó cámaras en Forbes y El País.
Tratan de inventarse a un líder estatal del PAN en la persona de Jesús Giles —cuyo mérito es obedecer ciegamente a Eukid Castañón— y acompañar a Pablo Rodríguez en la derrota de 3 de 4 Distritos de la capital.
Pensaron que este fin de semana podrían derrocar, desde el CEN, a Rafael Micalco, y preparar el arribo de Jesús Giles para agosto próximo.
Y nada de eso ocurrió.
¿Qué pasa entonces?
Su ruta, la única que quieren ver, los lleva a otros tiempos y lugares.
Muy lejos de la gente.
Muy distantes de la realidad que los rodea.
Es obvio.
Es el efecto del poder.
Ese que ha provocado la caída de tantos proyectos.
Le ocurrió a Melquiades Morales y Mario Marín, recientemente.
Decían: “¡con todo el poder y el dinero, nadie nos ganará!”.
Hoy Melquiades Morales es el mayor traidor del PRI, junto con su familia que vive y cobra en el morenovallismo.
Y Mario Marín es uno de los políticos más desprestigiados de la historia de este país.
Con esos dos ejemplos, el morenovallismo camina directo a un barranco sin querer abrir los ojos.
Aún tienen tiempo de corregir todo eso.
Pero su soberbia es mayor.
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Los siete jóvenes que se presentaron la mañana de sábado en los accesos de Ciudad Universitaria con sus mantas recibieron un desprecio total de los padres de familia que veían a sus hijos entrar hacer el examen que les cambiará la vida.
Los integrantes de colectivos universitarios reclamaban espacios para sus hijos.
Los padres respondían con miradas de indiferencia porque confían más en la capacidad de sus hijos que en los siete manifestantes.
Los padres de los 35 mil aspirantes confían en sus hijos, en sus capacidades, su preparación y sus ganas de cambiar su propia historia.
Nadie volteó siquiera a leer las mantas.
El ingreso a la universidad se gana en el examen.
No en las calles y con mantas.
Ante el desprecio general, los siete manifestantes se fueron de CU.
Mientras, los padres esperaron pacientes a sus hijos hasta el final del examen.
Así de clara está la ruta para el ingreso.
El examen antes que el chantaje.
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