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Soliloquio

Pájaros en el alambre

No hay un solo gobierno en el mundo, por modesto o poderoso que sea, que no realice tareas de investigación interna y desarrolle labores especializadas de inteligencia.

Se trata, en estricto rigor, de un mecanismo necesario para combatir al crimen organizado y preservar la seguridad del país.

En ese propósito se recurre a todas herramientas disponibles, entre ellas el espionaje, entendido en su forma más llana como la actividad para obtener información reservada o secreta.

Según la definición de la Real Academia Española, el significado de esta palabra refiere a la acción de espiar. “Es la actividad secreta encaminada a obtener información…”

El espionaje a su vez se practica de diversas maneras, y una muy efectiva ha sido la intervención de llamadas telefónicas o de un sinfín de dispositivos tecnológicos de quienes -se considera- pudieran no sólo representar un riesgo, sino eventualmente, ser origen, canal, receptor o transmisor de información relevante.

Resulta ingenuo pensar que tales intromisiones se realizan siempre en apego a la legalidad – con el aval de una autoridad judicial-, o que sólo se constriñen a grupos criminales o terroristas.

El espionaje se hace con frecuencia de manera clandestina e incluye también a una gran diversas de personajes de la vida pública y privada, entre quienes están, por supuesto, líderes de opinión y periodistas.

Este mismo reportero recuerda que en sus inicios, allá por los años setentas, tuvo al menos dos experiencias relacionadas con intervenciones oficiosas.

Era común entre la prensa referirse a la existencia de “pájaros en el alambre”.

La identidad de los espías tampoco era un secreto.

Se trataba, entonces, de personal adscrito a la extinta Dirección Federal de Seguridad, dependiente de la Secretaría de Gobernación, que desapareció por sus excesos durante la época en la que fue titular de esa dependencia el exgobernador poblano Manuel Bartlett.

Así que tal actividad no es novedosa, no sé de qué se espantan.

Así ha sido siempre aquí y en China.

Esa ha sido la forma, y no otra, en la que muchas veces nos hemos enterado de asuntos por demás escandalosos.

De ahí provienen las famosas filtraciones de conversaciones comprometedoras que algunos medios de comunicación han usado a su conveniencia.

Filtraciones con fines políticos, ni duda cabe, en la que medios que ahora replican usaron desmedidamente.

Aun así, tales agravantes no lo justifican.

Se trata de una franca violación a la vida privada.

Y de recurso para generar miedo, intimidación, como ahora se afirma tras la revelación del diario New York Times, respecto a la posibilidad de que el gobierno mexicano ha estado espiando a defensores de derechos humanos, activistas y periodistas.

Inadmisible.

Pero eso ocurre, desde hace mucho ayeres, aquí y acullá.

Práctica de gobiernos y hasta de particulares.

Hay incluso quienes han lucrado, ofrecen el servicio y venden información al mejor postor.

Por lo pronto, la reciente acusación contra el gobierno federal ha sido desmentida ya por el propio presidente Enrique Peña Nieto.

“Mienten aquellos que acusan a su gobierno de haber espiado a activistas, defensores de los derechos humanos y periodistas incómodos, como lo sostuvo el The New York Times”, se exculpó.

Y ofreció que la PGR investigará para deslindar responsabilidades, “primero para determinar si tienen sustento dichas afirmaciones, y segundo para establecer cuál es el origen y la fuente de dichos señalamientos”.

“No somos un gobierno que espía”, remató.

Y en contraparte, organizaciones civiles firmaron un desplegado para exigir rendición de cuentas por parte del gobierno mexicano sobre el uso de malware para realizar espionaje, la apertura de investigaciones independientes, exhaustivas y transparentes, así como sanciones contra los responsables que, mediante el abuso del poder, han decidido vulnerar ilegalmente la privacidad de estos actores sociales.

Asimismo, reclaman las reformas legales necesarias para regular las facultades de vigilancia del Estado de conformidad con los parámetros de derechos humanos y garantizando la rendición de cuentas.

Indicios pues de que todo pasará al olvido.

Será una anécdota más.

Mientras haya alpiste, los pájaros seguirán ahí.

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