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Los linchados de Acatlán, ejemplo de la descomposición social

Terror y horror es lo que se siente al observar como la sensibilidad y la capacidad de asombro, de respeto, de miedo y de justicia para las personas por parte de los poblanos, de la sociedad en su conjunto, se ha perdido.

Vivimos en un país en el que nos puede impresionar y aterrar más una exigencia justa, democrática y legal que un asesinato, un linchamiento o una muerte indebida.

La descomposición social que existe en el país es grave y crece cada día que pasa.

Ojalá que la mentada cuarta transformación del país ayude en algo y ponga fin a eventos como el ocurrido el miércoles pasado en el municipio de Acatlán de Osorio, Puebla, donde una turba linchó y quemó vivos a Alberto Flores Morales y a Ricardo Flores Rodríguez, albañiles y campesinos de oficio, quienes fueron confundidos como secuestradores de menores.

Es muy peligroso que los mexicanos, los poblanos en particular, no tengamos la más mínima misericordia por los demás.

Porque ciertamente los delincuentes merecen siempre un castigo pero para eso existen las leyes, la Constitución y un marco legal.

Sobre todo porque las cifras de linchamientos y de fenómenos de este tipo –al menos en Puebla- están de miedo y van creciendo ante la simple mirada de las autoridades de justicia, las cuales regular y lamentablemente nunca llegan a tiempo  para evitar los asesinatos.

Los casos más sorprendentes y aterradores en Puebla se dieron ayer en Acatlán y en el municipio de Ajalpan en 2015; el primero contra Alberto y Ricardo; y el segundo, en agravio de un par de jóvenes de la empresa Marketing Research & Services, quienes realizaban una encuesta en la zona y fueron confundidos y acusados como secuestradores.

Sólo bastó el señalamiento de una persona y el grito de “agárrenlos” para que una turba de al menos mil personas se juntara, los persiguiera, los detuviera, los golpeara y los quemara en la plaza principal del pueblo ante los ojos de niños, mujeres y ancianos, pero sobre todo de la autoridad.

Fue así como los hermanos José Abraham y Rey David Copado Molina, unos simples encuestadores, fueron confundidos como delincuentes, asesinados y quemados ante los ojos de todo mundo.

Y el miércoles pasado se repitió la historia.

Da terror, ¿verdad?

Empero, es eso precisamente lo que se le está enseñando a los niños, a los adolescentes, a las nuevas generaciones.

La cero tolerancia, el respeto, la educación y los valores parece que han desaparecido, empezando desde casa.

No es posible que las personas cegadas por su ira, por su rabia, por su enojo y su encono hagan justicia por propia mano. Da miedo pensar que a alguien se le ocurra juzgar y  acusar a otra persona sólo porque le cae mal, o porque cree -sin certeza alguna- que es un delincuente.

¿Cuántos casos más de este tipo van a seguir ejecutando con propia mano los poblanos?

¿Hacia dónde vamos con esa actitud intransigente y de cero respeto?

¿Cómo estamos educando a las nuevas generaciones?

No es posible que los poblanos sigamos cuidando las formas, los estereotipos, la falsa moral y nos asuste más ver a una pareja del mismo sexo casarse, besarse o desearse que participar en el linchamiento de dos personas.

¿Cómo carajo entender que las personas puedan grabar, soportar y hasta presumir el sufrimiento, la agonía y la muerte lenta de una persona quemada vida -sin sentir nada- que el cariño de una pareja del mismo sexo, por ejemplo?

Sólo es un tema de respeto a los demás.

Nos asusta más que dos personas se amen sin restricciones, y por su justo derecho, que ver morir a dos inocentes.

No es posible que a la sociedad o a una simple familia le asuste más el amor de una pareja de edades desiguales -40 y 20, como dice la canción- que la escena donde se observa la agonía de dos personas inocentes.

¿Hasta dónde queremos llegar?

Los poblanos debemos preocuparnos por tener un mejor estado, una sociedad más justa, democrática, transparente y limpia que por cuestiones absurdas como la homofobia, la discriminación de todo tipo y la falta de respeto a los derechos de los demás.

¿Tan cerca y tan lejos estamos de la justicia en Puebla?

Y no todo les corresponde a las autoridades del gobierno, porque la seguridad, el respeto, la educación y el desarrollo de cualquier país, estado, municipio o pueblo también es nuestra responsabilidad, es un deber ciudadano.

En la medida que seamos mejores personas y ciudadanos más justos es como los estados y el país va a cambiar.

Contribuyamos a construir una mejor nación, un estado, un mejor municipio, una mejor familia y una mejor vida.

El respeto a los demás debe garantizarse con educación, no con la muerte.

Empecemos desde casa a educar, a enseñar, a respetar a los demás, a escuchar y a no juzgar, ni a crucificar sin más ni más.

¿Por qué no empezamos a trabajar en ello?

Empecemos respetando la voluntad de los demás.

En twitter: @poncharelazo