La maldición del PRI y de Marín
Posdata
Alfonso González
Es inútil hablar del escándalo Marín-Cacho y dejar de criticar la actuación y el protagonismo del ex gobernador Mario Marín Torres, quien le puso el toque perfecto para convertir aquel episodio en un verdadero caso de abuso de poder y corrupción.
La evidencia hecha pública para develar la trama fue inquebrantable, irrefutable.
Nada había que hacer para defender ni al llamado “gober precioso”, ni al empresario textilero, denominado “el rey de la mezclilla”, Kamel Nacif, ni al resto de los actores involucrados en la trama.
Los audios de la conversación entre Marín y Kamel eran contundentes, dejaron mudo a todo el país, al periodismo nacional.
Los protagonistas de la película ya no tuvieron como defenderse.
El tiempo, al final, le dio la razón a la víctima, a la escritora y periodista Lydia Cacho Ribeiro, quien no se rindió a pesar de las amenazas de las que fue víctima por publicar el libro “Los demonios del edén”.
Tiempo después, los organismos internacionales reaccionaron y exigieron resarcir todo el daño causado en su contra.
La secretaria de gobernación del gobierno federal, Olga Sánchez Cordero, incluso, quien vivió en carne propia la exoneración de Mario Marín en el caso, desde la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), tuvo que ofrecer una disculpa pública a Lydia Cacho por la injusticia perpetrada en su contra.
Empero, el escándalo de aquel momento sólo fue una pequeña muestra del trato que puede dar el poder a los medios de comunicación y a los periodistas que suelen ser incomodos.
Nada nuevo, por supuesto.
Tampoco nada que asuste al gremio periodístico acostumbrado, de por sí, a la mano dura y a las conspiraciones.
Lo realmente extraordinario de aquel caso es que a pesar que se demostró un complot en contra de una periodista, de una activista defensora de los derechos de los niños, nadie, a excepción de un agente (Alejandro Rocha Laureano), fue detenido, encarcelado y procesado.
Ni el ex gobernador, ni el empresario, incluso, nunca fueron molestados.
Cosa rara para alguien como Olga Sánchez, quien hoy por hoy es una de las funcionarias federales más justicieras del gobierno de la cuarta transformación.
En aquel momento ella, como magistrada, no vio culpable, quién sabe por qué, a Marín.
Sin embargo, desde entonces, los mexicanos, en particular los poblanos, hicieron mofa del apodo del ex mandatario poblano, a quien ya no sólo llamaron gobernador sino le agregaron el mote del precioso.
Desde aquel 2005 cuando fue detenida Lydia Cacho en las afueras del Centro Integral de Atención a la Mujer de Cancún, Quintana Roo, sin mostrarle una orden de aprehensión y sin explicarle los motivos, es decir 14 años después, la justicia llegó.
Y llegó, de manera fortuita o no, en el peor momento para el PRI y para el marinismo.
Desde luego, también, en el mejor momento para Morena, su gente y su candidato al gobierno del estado Luis Miguel Barbosa Huerta, quien ya entendió que libra una batalla política, frontal, contra el marinismo.
La desgracia del PRI por el abuso perpetrado en contra de Lydia Cacho se convirtió entonces en su peor pesadilla, en la peor maldición política que sufrieron en la historia.
La confabulación les pegó, junto con el marinismo, electoral y políticamente desde el momento en que quedó al descubierto el caso.
A partir de allí, el triunfo legal de la escritora y periodista los va a seguir hasta la muerte.
Por todo esto y por más resulta ridículo intentar defender lo indefendible, como se dice en el argot político.
No es posible que a estas alturas el caso existan personajes como Ramón Fernández Solana, coordinador de la campaña del candidato priista al gobierno del estado, Alberto Jiménez Merino, que escupan declaraciones como las de ayer.
Si Ramón tuviera tantita inteligencia evitaría salir públicamente a decir que la denuncia de Lydia Cacho es un garrote político en contra del PRI.
Más bien los que están temblando son los priistas y los marinistas, quienes no han asimilado la gravedad del caso y su responsabilidad 14 años después.
¿No es de locos lo que hacen y responden?
¿Qué no era más fácil aceptar los errores y ofrecer disculpas desde hace 14 años?
Los priistas no entienden.
Ahora, nuevamente por su soberbia, se les volvió a poner enfrente su peor pesadilla.
Ni hablar, su candidato está destinado al fracaso.
En twitter: @poncharelazo
