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Soliloquio

Final impredecible

Esta semana comenzó la cuenta regresiva de lo que será el último año de gobierno del Presidente Enrique Peña Nieto.

De un arranque promisorio tras la concertación política para detonar el Pacto por México, del que devinieron reformas estructurales que le daban otro horizonte al país, se pasó al desencanto por una secuencia de imprevistos. Y de errores.

Ahora, en la etapa de cierre y en un complejo entorno electoral, lo que prevalece es la incertidumbre.

El mandato de Peña Nieto ha sido de contrastes y vicisitudes.

El recuento de daños es interminable.

Del desplome internacional en el precio del petróleo, con su consecuente efecto en la economía, se pasó al incidente de la Casa Blanca, que lastimó la honorabilidad presidencial.

Luego el lamentable caso de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, aún sin resolver, y de ahí una cascada de eventos que uno a uno fueron menguando esfuerzos y opacando logros.

Las buenas noticias también cuentan, es cierto.

Hay avances sustanciales en muchas de las reformas, incluyendo la educativa que parecía desmoronarse ante la resistencia sindical; las cifras en la creación de empleos son históricas; la inversión extranjera es notable; la obra pública, amplia; somos una auténtica potencia turística.

Hay hechos tangibles, como la reducción en tarifas de gas LP, o incluso las eléctricas.

Todo ello y otros logros debieran ponderarse, pero la balanza ciudadana tiene otras premisas.

Lo que vale es la percepción.

Y más las realidades que agravian: la delincuencia organizada está en su apogeo; la inseguridad ofende.

El gasolinazo, que fue inevitable; la relación con Estados Unidos, con un Trump desaforado; el presunto espionaje telefónico; el socavón en Morelos y la eterna sospecha de actos de corrupción, cuyo corolario parece ser el caso Odebrecht.

Y luego el sismo del 19 de septiembre, que contribuyó al pesar colectivo, aunque fue detonante de una conciencia nacional que hacía falta florecer.

En este escenario zigzageante incide un proceso electoral que por su magnitud será histórico y que hace vislumbrar un 2018 también de época.

Por lo pronto, los partidos políticos dan la nota.

El PRI se define por uno no priista.

José Antonio Meade –apartidista y probo- ofrece un combate frontal a la corrupción y llama por acabar de una vez por todas con la idea de que México se tiene que reinventar cada seis años: “No hay que demolerlo todo, no hay que cambiarlo todo, apostamos por la experiencia y no por la ocurrencia”.

Alude desde luego a Andrés Manuel López Obrador, que lo llamó “pelele y señoritingo”.

“Se debe apostar por el conocimiento y no por el enfrentamiento, por la preparación y no por la improvisación, programas y no caprichos, instituciones y la ley, y no en las profecías”, dice.

Al mismo tiempo, López Obrador genera polémica al proponer la posibilidad de dar amnistía a líderes y capos del narcotráfico.

Con tal de alcanzar la paz en el país podría convocar un diálogo para otorgar amnistía a victimarios, siempre y cuando se cuente con la aprobación de las víctimas, ofrece.

Y mientras, sigue la expectativa sobre si el Frente Ciudadano será una realidad.

La opción sería más que un trabuco.

Final impredecible.