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Soliloquio

Días de guardar

Apenas “repuestos” de un largo periodo vacacional en el que se entrecruzó la llamada “Semana Santa”, y como si el entorno socioeconómico fuera lo pujante que se quisiera, entramos de lleno al quinto mes del año, plagado de días festivos, “puentes”, descansos tan obligados como absolutamente absurdos y sin razón.

Comienza mayo conmemorando 131 años del inicio del movimiento obrero en el mundo, y un centenario de que fuera elevado el concepto de trabajo a rango constitucional.

En efecto, nuestra Constitución de 1917 fue la primera en el mundo que tuvo esa categoría, lo que auguraba condiciones de privilegio para los trabajadores mexicanos, lo cual, al paso del años, resultó ser una más de las quimeras a las que ya nos hemos habituado.

Al paso de los años, y tras múltiples avatares, lo cierto es que ahora no hay nada para festejar.

Salvo muy contadas excepciones, la esencia del sindicalismo pujante en defensa de la clase trabajadora se ha extinguido.

Lo que ha prevalecido, por desgracia, es la figura del llamado “sindicalismo blanco”, el “charrismo” y la presencia de líderes que se han enriquecido al exceso con base en cuotas, venta de plazas y complicidades con los grupos del poder.

Ahí está el caso reciente de Ismael Flores, líder sindical de la CTM en Nuevo León, investigado por el SAT por evasión fiscal y enriquecimiento ilícito.

Muchos casos iguales o peores habrá en el país, es bien sabido de la corrupción, el abuso y la falta de transparencia en el sindicalismo nacional.

De los dirigentes sindicales de PEMEX, de los mineros, electricistas o de los maestros, mejor ni hablamos.

Hoy en día, la lucha obrera ha quedado relegada a la historia, la conciliación está reservada sólo para algunos y el trabajador enfrenta condiciones de una desprotección inusitada.

Todo ello se ha visto agravado en tiempos recientes, gracias a mecanismos infrahumanos, como el outsourcing, tan en boga por su efectividad a favor de los patrones y por la complicidad de la autoridad laboral.

Esa deformación ha hecho que actualmente haya más empresas que trabajadores. Se calcula que hay en el país más de cinco millones y medio de empresas, pero los trabajadores son apenas la mitad.

Este es el caso de Puebla, donde los trabajadores con representación sindical llegan apenas al 40 por ciento, mientras que el resto están bajo contratos irregulares y desventajosos para sus intereses, muchos de ellos sin prestaciones —salud y vivienda, principalmente—, y sin posibilidades de generar antigüedad para aspirar a una eventual pensión o jubilación.

Así pues, con sindicatos sometidos o de escasa afiliación, con demandas incumplidas como empleo con derechos, salarios dignos y estabilidad laboral, y con líderes envueltos en el desprestigio…

¿Qué es entonces lo que podemos festejar?

A dicha “celebración” por el Día del Trabajo, le sigue la conmemoración de la batalla de Puebla, cuya esencia fue la defensa de la soberanía nacional, hoy tan vituperada por un esquizofrénico que gobierna el país vecino.

Y luego, el tan venerado Día de la Madre.

Y después, el Día del maestro.

Todos ellos marcados inhábiles, qué más da.

Hay para eso y más.

Al oído

Por unas u otras razones, las filiales en Puebla de todos los partidos políticos cruzan por momentos de aguda dificultad y problemas graves de división interna, agravantes que deberán resolver con medidas quirúrgicas para afrontar el torbellino electoral del 2018.

El que lo haga mejor y a tiempo, será en consecuencia el que logre mayor ventaja.

¿Podrán hacerlo?