Del malestar a la rapiña
Superada al menos en apariencia la tempestad que empañó la semana previa, lo pertinente ahora es el recuento ponderado para tratar de explicar cómo fue que se pasó del malestar social al vandalismo, a la vulgar rapiña.
No habría en teoría razón que lo justifique, por más que se sostenga que los vergonzosos actos de saqueo a comercios que atestiguamos durante los días recientes son iguales o peores que los frecuentes atracos al erario por parte de muchos de nuestros gobernantes.
O que se diga ahora que acaso algunos trataron de manifestar y vaciar así su hastío por los excesos de los hombres del poder, por la corrupción, la impunidad y otros males de nuestro devenir actual.
Esos y otros argumentos que se oyen a diario pudieran ser causas, se entendería, pero nunca llegarán a ser razones.
El uso de la violencia y la comisión de delitos jamás podrán legitimar una inconformidad, por justa que sea.
No hay, en ningún caso, parangón que lo sustente.
Eso tendrá que dilucidarse a ciencia cierta, habrá tiempo para ello, y lo deseable además de una explicación razonable, sería que se procediera también conforme a la ley para preservar la ley, el Estado de derecho.
Mientras tanto tendríamos que reconocer que en esa vorágine, amplios segmentos de la sociedad fueron presa de una inédita psicosis colectiva que contribuyó a generar un clima de caos casi incontrolable.
De la indignación se pasó a los bloqueos.
Del enojo, al robo.
De la rabia, al saqueo.
Del malestar social, al pillaje.
De la protesta, al vandalismo.
Ese ambiente de confusión e inseguridad tuvo saldos de consideración, pero sus consecuencias pudieron ser mayores, más allá del daño patrimonial causado.
Ese es el riesgo, esa debiera ser la lección.
Imprescindible acotar que las redes sociales fueron el canal por donde transitó la incitación y el desconcierto.
Nada mejor que el anonimato y el poderío de la información digital para transmitir zozobra, propiciar confusión, infundir el miedo.
Acciones concertadas, maquiavélicas.
Conspiración de corte terrorista, si se atiene a la definición: “…creación de un clima de terror e inseguridad susceptible de intimidar a los adversarios o a la población en general; sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror”.
Sobre el tema, Jesús Reyes Heroles habría dicho que “el terrorismo no sólo va contra el gobierno, va en contra de la sociedad entera; lo que busca es desquiciar para que ocurra lo peor. Para el terrorista lo mejor es siempre que ocurra lo peor: exacerbar los ánimos, incitar a la violencia, atemorizar, producir histeria social, desquiciar los valores, lograr que la sociedad no funcione”.
Esa fue la pretensión.
Así lo han acreditado grupos especializados de la policía cibernética, al revelar que descubrieron casi mil 500 cuentas apócrifas que emitieron noticias falsas y rumores para incitar al saqueo y la rebelión mediante redes sociales y el WhatsApp.
¿Qué manos mecieron la cuna?
Algunas lo fueron de grupos anarquistas, que no faltan en momentos de inestabilidad social, propensos al río revuelto.
Pero la mayoría, por supuesto, son de grupos políticos de filiación partidista que tienen en la mira la sucesión del 2018.
Con el tiempo se sabrá; tienen nombre y apellido.
Como sociedad debiéramos cerrar el paso a esas andanadas, no volver a caer en la tentación de la estridencia, no ser su carnada ni escuchar sus campanadas subversivas.
Al oído
Mientras que para el Senador Javier Lozano el 2016 fue apenas “regular”, el diputado federal Eukid Castañón lo calificó como de “logros”.
Ambos panistas dieron su definición en una sola palabra en el programa especial “2016, el año que fue” que se transmitió la noche del pasado domingo, bajo la conducción del periodista Joaquín López-Dóriga.
