Hace tiempo vi uno de esos espacios televisivos –me resisto a llamarlos documentales– que dicen defender la idea de que los gobiernos poseen y ocultan pruebas de la existencia de vida alienígena. Y digo “dicen defender”, porque en realidad no lo defienden; el programa era como un calentón sin sexo: una sucesión de cliffhangers que prometían revelar pruebas después de la publicidad, pero sin llegar nunca a mostrarlas, mientras por la pantalla desfilaba una serie de verdades a medias y especulaciones cien por cien irrefutables, con cero por cien de fundamento.
Entre las primeras, contaban lo de aquella famosa imagen (ver más abajo) tomada por el rover Spirit y que mostraba lo que parecía una figura humanoide; pero se olvidaban de contar que, según la escala de la foto, el presunto alienígena medía solo unos centímetros, por lo que como mucho podría ser el Playmobil que se le cayó a un marcianito.
En cuanto a las segundas, contaban también la vieja historia de la famosa “cara” de la región de Cidonia fotografiada por la Viking 1 en 1976 (ver también más abajo). Pero respecto a las nuevas imágenes de esa formación en alta resolución obtenidas en años recientes por otras varias sondas, y que no muestran nada que se parezca ni siquiera al rostro del Hombre Elefante, tenían la explicación oportuna: la cara fue destruida deliberadamente mediante un preciso bombardeo láser (o algo así, pero igual me estoy dejando llevar) para ocultar la verdad.
Y sin embargo, sabemos que todos esos argumentos calan. ¿He dicho ya que la guerra contra las pseudociencias no puede ganarse?
Lo más curioso de todo es que, si los explotadores de estas patrañas se preocuparan por informarse sobre la ciencia real, descubrirían que hay argumentos mucho más interesantes, basados en pruebas auténticas, y que son suficientes para dejarle a uno rascándose la barbilla.
Hace tiempo vi uno de esos espacios televisivos –me resisto a llamarlos documentales– que dicen defender la idea de que los gobiernos poseen y ocultan pruebas de la existencia de vida alienígena. Y digo “dicen defender”, porque en realidad no lo defienden; el programa era como un calentón sin sexo: una sucesión de cliffhangers que prometían revelar pruebas después de la publicidad, pero sin llegar nunca a mostrarlas, mientras por la pantalla desfilaba una serie de verdades a medias y especulaciones cien por cien irrefutables, con cero por cien de fundamento.
Entre las primeras, contaban lo de aquella famosa imagen (ver más abajo) tomada por el rover Spirit y que mostraba lo que parecía una figura humanoide; pero se olvidaban de contar que, según la escala de la foto, el presunto alienígena medía solo unos centímetros, por lo que como mucho podría ser el Playmobil que se le cayó a un marcianito.
En cuanto a las segundas, contaban también la vieja historia de la famosa “cara” de la región de Cidonia fotografiada por la Viking 1 en 1976 (ver también más abajo). Pero respecto a las nuevas imágenes de esa formación en alta resolución obtenidas en años recientes por otras varias sondas, y que no muestran nada que se parezca ni siquiera al rostro del Hombre Elefante, tenían la explicación oportuna: la cara fue destruida deliberadamente mediante un preciso bombardeo láser (o algo así, pero igual me estoy dejando llevar) para ocultar la verdad.
Y sin embargo, sabemos que todos esos argumentos calan. ¿He dicho ya que la guerra contra las pseudociencias no puede ganarse?
Lo más curioso de todo es que, si los explotadores de estas patrañas se preocuparan por informarse sobre la ciencia real, descubrirían que hay argumentos mucho más interesantes, basados en pruebas auténticas, y que son suficientes para dejarle a uno rascándose la barbilla.
Voy a contarles una historia. En 1976, dos sondas consiguieron por fin posarse sobre la superficie de Marte en perfecto estado de funcionamiento, después de varios intentos frustrados. Eran las Viking 1 y 2 de la NASA. Aquellos dos aparatos gemelos eran una apuesta a todo trapo: iban equipados con cuatro experimentos biológicos con el fin de esclarecer a la primera y de una vez si había vida en Marte. Vida microbiana, por supuesto; era ya evidente que de la otra no la había.
Uno de los experimentos de las Viking, el de Liberación Marcada o Labeled Release (LR), consistía en tomar una muestra de suelo y añadirle nutrientes. Si había microbios allí, debían comerse la pitanza suministrada por las sondas y producir a cambio minúsculos eructos de CO2. Gracias a que los nutrientes llevaban carbono-14, el experimento detectaría una posible liberación de este isótopo radioactivo en forma de CO2.
Pues bien, el resultado fue positivo: las dos Viking, las dos, detectaron liberación de CO2 de sendas muestras de suelo en lugares diferentes. Es más: al tratar las muestras con calor para esterilizarlas, la presunta actividad biológica desaparecía.
Aquello habría llenado las primeras páginas de los periódicos del mundo con el titular “Hay vida en Marte”, si no hubiera sido por otro resultado contrario. Otro experimento de las sondas llamado Cromatógrafo de Gases – Espectrómetro de Masas (GCMS, en inglés), destinado a detectar materia orgánica, salió negativo. La ausencia de compuestos de carbono en el suelo de Marte fue una sorpresa para los investigadores. Pero sobre todo, echaba por tierra los resultados del LR: sin materia orgánica, era imposible la presencia de vida.
La conclusión final aceptada por la mayoría de los científicos fue que el resultado del LR era un falso positivo. Pero las explicaciones propuestas no convencieron a todos, y nunca se dio carpetazo definitivo a los experimentos de las Viking.
Así pasaron 38 años, y saltamos hasta 2014. En diciembre de ese año, la NASA confirmaba que el rover Curiosity había realizado “la primera detección definitiva de moléculas orgánicas en Marte”. “Aunque el equipo no puede concluir que hubo vida en el cráter Gale [donde el Curiosity hizo su análisis], el descubrimiento muestra que el entorno antiguo ofreció un suministro de moléculas orgánicas reducidas para uso como ladrillos básicos de la vida y fuente de energía para la vida”, decía la NASA.
Entrando en detalles: lo que el Curiosity detectó fueron cortas cadenas simples de carbono y cloro, correspondientes a moléculas que en la Tierra no se encuentran de forma natural, sino que forman parte de algunos procesos industriales. Pero los investigadores no estaban seguros de que esos compuestos de cloro se encontraran tal cual en la superficie marciana; dado que en el suelo de Marte se han encontrado anteriormente perclorato, un compuesto de cloro muy oxidante, pudiera ser que las moléculas orgánicas originales no contuvieran cloro (es decir, que fueran moléculas más parecidas a las de los seres vivos), y que este se hubiera unido a ellas durante la reacción dentro del propio experimento del Curiosity.
Este detalle es importante, porque el perclorato podría ser también la causa de la oxidación de los nutrientes de las Viking para producir CO2. Es decir, puede que este no tuviera un origen bioquímico, sino simplemente químico. O en otras palabras, no biológico, sino geológico. De hecho, en realidad las Viking sí encontraron algo orgánico: compuestos simples de cloro con un solo átomo de carbono. Entonces se pensó que era una simple contaminación terrestre de los aparatos, porque aún no se conocía la presencia del perclorato. Pero ahora podría entenderse que aquellas moléculas eran realmente marcianas, fuera su origen biológico o no.
¿Y por qué el Curiosity ha podido detectar lo que las Viking no encontraron? La respuesta es muy sencilla: los instrumentos del Curiosity son más potentes y sensibles. En cambio, el nuevo rover no está equipado con experimentos biológicos. Después de las Viking no ha vuelto a posarse en Marte una sola sonda equipada para detectar vida, por lo que aquellos experimentos nunca han podido repetirse.
Resumiendo todo lo anterior: en 1976, un experimento pareció detectar vida en Marte. El resultado fue descartado porque no se encontró materia orgánica, pero después ese impedimento ha desaparecido. Es más: el pasado diciembre, durante una reunión científica, una investigadora del equipo del Curiosity dijo estar convencida de que las moléculas orgánicas están “por todo Marte”. También se han encontrado bocanadas de metano en la atmósfera marciana, un gas que podría proceder de procesos químicos, pero que en la Tierra tiene sobre todo un origen biológico.
Resumiendo el resumen, nos quedan dos posibilidades: o todos los descubrimientos anteriores se deben a un afortunado cúmulo de reacciones químicas, lo cual no es descartable… o realmente hay vida en Marte. Hoy ya nadie podría sensatamente calificar esta opción como imposible. Entre lo simplemente posible y lo muy probable, quédense con lo que prefieran; a día de hoy nadie podrá rebatírselo. Algunos de los investigadores encargados en su día de los experimentos biológicos de las Viking aún siguen defendiendo que encontraron vida en Marte.
Y ahora viene la mala noticia: tal vez nunca lo sepamos con certeza. Actualmente, y hasta donde sé, no hay planificada ni una sola misión a Marte expresamente diseñada para buscar vida. Aún peor: con la puesta en marcha de los protocolos de protección planetaria, ahora se evita específicamente enviar sondas a los lugares donde se cree que pudiera existir vida, para evitar una contaminación de origen terrestre que pudiera llevar a su extinción.