La cuarentena: un lujo para algunos; relato hacia la ausencia
El Covid-19 ha provocado ciertos cambios en mi colonia, como la ausencia de estudiantes, algunas personas con cubrebocas, el cierre del único bar, gente arreglando las entradas de sus casas y menos afluencia de peatones por la noche. Salvo ello, todo sigue igual.
Aquí, las personas siguen haciendo sus compras, los trabajadores del agua purificada y del gas LP continúan sus rutas, los muchachos pasean a sus perros, algunos ciudadanos recorren las calles para recoger basura que pueden reciclar, vendedores de fruta, tamales o de pan recorren las calles con unidades móviles, como pasaba antes del Coronavirus.
Los comercios establecidos continúan abiertos porque, de lo contrario, este mes no podrán pagar la renta. De hecho, sé de una arrendadora de la zona que no va a descontar ni un peso a sus inquilinos de 3 negocios porque justifica que ella continúa con sus mismos gastos. Así que los comerciantes a los que les alquila, deben seguir pagando los casi 4 mil pesos que les cobra por mes.
Esta misma semana llegó, para los colonos y, obvio, para los comercios establecidos, el recibo que envía la Comisión Federal de Electricidad (CFE), por cierto, sin algún descuento o mención de una prórroga de pago. Olvídenlo, estos negocios están atrapados en sus gastos. Viven al día y no van a cerrar. No existe forma de que se queden en casa y hagan la aclamada cuarentena.
Por ejemplo, hay una miscelánea que atiende una señora muy amable. Ella está asustada porque un cliente le ha dicho que el gobierno va a mandar a cerrar todos los comercios y que la infección alcanzará a gran parte de la población. Ella no tiene acceso a Internet, e ignoraba que la venta de alimentos -que ella hace- es una actividad esencial y, aunque fuera el apocalipsis, todos necesitamos comer.
Su temor es porque no tiene otro ingreso económico y debe pagar servicios y rentas de su negocio y de su hogar. No tiene becas ni pensión. Nada para sobrevivir sin su comercio. Para ella, sería un lujo hacer cuarentena.
Lo mismo pasa con las pollerías, carnicerías, verdulerías, restaurantes, tortillerías, peluquerías, talacherías o vulcanizadoras, lavanderías, lavados de autos, papelerías, dulcerías y todos los negocios que perviven en la zona. Lo más que pudieron fue cerrar por Viernes Santo.
Ya, la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex) confirmaba que, 98 de cada 100 empresas van al día. Los comercios de mi colonia son parte de la estadística.
RELATO HACIA LA AUSENCIA
Un día de estos, no importa cuál porque la cuarentena los ha reducido a una dinámica similar, tuve que ir a pagar el servicio de Internet porque las empresas de telecomunicaciones no perdonan, menos la de Carlos Slim. En mis pequeñas salidas a la "civilización" (léase en tono sarcástico; me refiero al primer cuadro de la ciudad) me doy cuenta de que mi colonia tiene una vida normal, comparada con la de la zona céntrica.
Abordo el transporte público que me lleva al Centro Histórico de Puebla -que tiene 10 mil comercios establecidos, hoy con al menos una cuarta parte cerrados- y la situación va cambiando conforme avanza el vehículo. Apenas hemos circulado 10 cuadras. Ya se nota la diferencia porque menos gente aborda el vehículo.
Todavía en los barrios La Luz o Analco, caminan personas y se aprecian comercios abiertos, como una sucursal bancaria, un Oxxo, dos panaderías y una farmacia. Cuando llego al Bulevar 5 de Mayo, percibo la "sana distancia", el "quédate en casa" y demás recomendaciones.
La circulación de vehículos motores es igual o más baja que en un domingo. Se ha esfumado el olor a palomitas de mantequilla que desprendía el Cinépolis Bulevar y se percibía desde el Centro Escolar Niños Héroes de Chapultepec, donde, por cierto, no hay niños ni jóvenes.
Desde ahí se empieza a sentir la pandemia. Uno avanza y ve menos gente, tanto en la calle como en los comercios abiertos que prefieren dar la batalla antes de entregarse a la nada.
Me encuentro a un conocido. Cruzamos algunas palabras y celebramos el aire que respiramos en nuestra salida porque ambos estamos acostumbrados a trabajar en la calle, a hablar con la gente, a caminar e ir a cafés a escribir. Ahora lo hacemos desde nuestros hogares.
Cada quien sigue su camino. Veo más negocios cerrados. De hecho, uno de los cafés que frecuentaba con gente cercana tiene cerradas sus puertas de madera, pero no es el único. Avanzo y veo escuelas cerradas, restaurantes con poca gente, hoteles que antes tenían sus letreros de "Open", pero ahora con el antónimo de esa palabra, en español.
Me encuentro a algunos comerciantes informales. Uno de ellos llama mi atención porque decidió adaptarse a las necesidades del mercado. Vende cubrebocas reutilizables y tiene varios colores en existencia.
A lo lejos veo el zócalo, muy vacío. No tengo a qué ir y sigo mi ruta. Para pagar mis servicios debo hacer fila, con un metro de distancia del otro cliente. Entro y me proporcionan gel antibacterial que parece más un jabón. Mis manos estuvieron pegajosas por 2 minutos. Mejor, discretamente, uso mi gel de bolsillo, que llevo conmigo desde antes del Covid-19.
Salgo del lugar y sigue pareciendo un día inhábil. Las librerías de Avenida Reforma están cerradas y aunque la gente transita, lo hace con más rapidez que en días habituales. No hay aparadores para entretener la mirada.
Me sorprende que El Corona (que yo conocía como Salón Corona) esté abierto. Ahí estuve comiendo hace como 3 años. Eran otros tiempos, pero también Semana Santa. En ese entonces, no relacionaba el nombre del restaurante -donde venden alcohol- con un virus.
Como sea, avanzo y veo más locales y escuelas cerradas. Por supuesto, los templos de mi camino, también están amurallados.
Luego llego a la parada del Metrobús y el ambiente es todavía más solitario en la estación del Paseo Bravo. Las unidades tienen espacios para sentarse, pero no van vacías.
Tiempo después, termino mis diligencias y regreso a casa. Apenas son las 4 de la tarde. En mi camino veo a algunas personas que no dejan de trabajar. Se trata de jardineros que arreglan los camellones de la 11 Sur. Tampoco el personal del IMSS puede dar tregua y hacer cuarentena.
Vuelvo a mi colonia. Veo a personas paseando a sus perros. En mi calle me encuentro al menos a dos vecinos arreglando sus casas (jardinería y portones). Los nubarrones anuncian una lluvia que nunca llega, pero al menos dan un fondo contrastante, atractivo y lúgubre a las jacarandas que estarán allí, floreciendo como cada primavera, mientras pasa la pandemia.
