La identidad de las “corcholatas”, en este contexto, es importante, pero no fundamental, como se ha visto en los casos de Gabriel Biestro Medinilla, Héctor Sánchez Sánchez y Melitón Lozano Pérez, quienes vivieron un brevísimo periodo de gloria por la fuerza del aparato que los cobijó, pero no por méritos propios y personales.
Esa misma fuerza los encumbró y luego los desechó.
Barbosa ha sido deliberadamente claro para exhibir ante los integrantes de la clase política dónde se encuentra su poder.
Las reglas para el relevo de dirigencia en Morena le permitieron tomar el control del partido y así lo hizo, sin vacilar, para poner en las posiciones de mando a dos de sus operadores: Olga Romero Garci-Crespo y Agustín Guerrero Castillo, con quienes tiene de enlace al director general de gobierno de la Secretaría de Gobernación, Julio Miguel Huerta Gómez.
Ese fue un paso trascendente en el camino trazado hacia el control de su propia sucesión.
Sin embargo, lo que ocurre ahora mismo con Claudia Sheinbaum Pardo asoma como el punto más importante de su estrategia.
El caso de la jefa de Gobierno de la Ciudad de México expone el plan del mandatario poblano para tratar de ganar la designación del próximo candidato a gobernador, ya sea hombre o mujer.
Vea usted.
Las asambleas informativas de apoyo a Sheinbaum celebradas en el estado no emanan de la estructura de Morena, tampoco del músculo de las “corcholatas” restantes, que es artificial, sino que provienen de la estructura del gobernador, que, justamente por ser lo que es, dispone de los recursos necesarios para realizarlas, a través de sus operadores metidos en el partido.
Eso mismo sucedió en torno al mitin con fachada de conferencia magistral que se llevó a cabo el sábado en el Centro Expositor, con Sheinbaum como invitada especial.
No fue Morena, tampoco la BUAP, a la que se le atribuyó la convocatoria, mucho menos los aspirantes, sentados en primera fila, quienes hicieron posible ese acto.
De nueva cuenta fue el gobernador, que de esa forma concretó un esfuerzo para decirle a la jefa de gobierno, “corcholata”, a su vez, de Andrés Manuel López Obrador, que tiene los medios que ella requiere para hacerle ganar la contienda presidencial en Puebla.
Esa es la aportación que le ofrece el inquilino de Casa Aguayo a Sheinbaum, con el propósito de verse retribuido una vez que tenga que postularse candidato a gobernador.
Según se ve, la jefa de Gobierno capitalina ha aceptado la alianza con Miguel Barbosa.
Seguramente no le ha dicho que apoyará a quien él quiera, pero al recibir su respaldo, al montarse en la estructura estatal para apuntalar su proyecto, se verá moralmente obligada a, por lo menos, escuchar sus apreciaciones.
Dentro de la lógica barbosista, no importa el candidato, sino el poder que se encuentre detrás de él, los recursos de los que se dispongan, sumados a la marca, para arroparlo y hacerlo ganador.
Por eso da lo mismo una “corcholata” u otra.
Al final, en este razonamiento, lo que importa es el aparato.
La presumible alianza de Sheinbaum con Barbosa debe preocupar a Alejandro Armenta e Ignacio Mier, que así ven mermada su capacidad de negociación política con aquella aspirante que parece ser la preferida del presidente López Obrador, y por tanto, la virtual precandidata.
Twitter: @jorgerdzc
