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El Gobernador Barbosa y los Calderones de Agua Dulce

El Gobernador Barbosa y los Calderones de Agua Dulce

El gobernador Miguel Barbosa no aplaude cuando, en la entronización del más reciente ayuntamiento de Puebla, una voz femenina —sumamente gritona y acelerada— presenta a un personaje impresentable: el ex presidente Felipe Calderón.

En respuesta, éste se mantendrá hablando por celular una vez que el gobernador toma la palabra para reflexionar sobre dos temas recurrentes en el gobierno del panista: corrupción y desigualdad.

Presente a lo largo de siete u ocho tomas de posesión en dos días, el gobernador improvisará ante personajes de todos los sectores un discurso hilado y coherente que tiene que ver con el combate que ha hecho desde el primer día en contra de los corruptos.

Algunos se moverán en sus asientos ligeramente indispuestos.

Otros más se harán los desentendidos.

Lo cierto es que todos —absolutamente todos— aplaudirán los discursos, y algunos hasta se pondrán de pie para hacerlo.

Frente a defensores de José Antonio Gali y Luis Ernesto Derbez —entre otros perseguidos—, el gobernador Barbosa confirmará su vocación de perseverar en el combate a las irregularidades y a quienes las cometen.

Incluso, pondrá nerviosos a varios expresidentes municipales al hacerles el llamado a los entrantes a combatir cualquier tufo de corrupción en el pasado reciente.

Dueño de una serenidad pasmosa —dueño también de la escena—, el gobernador hablará ante el cada vez más débil yunquismo poblano de los valores de su gobierno, mismos que los integrantes del Club de la Simulación no comparten.

Lo que vimos en estos días fue el ejercicio de poder de un hombre que ha venido combatiendo la corrupción desde el primer día de su gobierno.

Y ese hombre no tuvo empacho en acudir a escenarios donde podría sentirse incómodo por la presencia de tantos calderones de agua dulce.

Al contrario: se solazó en su tolerancia y en la ironía a la que es tan adicto, y habló muy claro del ejercicio de un gobierno de izquierda, y de los dones de éste.

Sus contrarios —Calderón incluido— no tuvieron más remedio que aplaudir.

Otro punto que destacó en sus discursos fue la ausencia de operación en los órganos electorales, a diferencia del pasado reciente, cuando lo que

sobresalía era la manipulación hasta de los resultados.

También se dijo ajeno a algunos mitos geniales que han venido propagando los derrotados: la confabulación desde el poder para enviar al basurero de la historia a quienes todos conocemos.

Frente a muchos frívolos y fantoches, el gobernador criticó la frivolidad y la fantochería.

Frente a los simuladores de siempre, cuestionó la simulación.

Frente a los timoratos, se movió como en su casa.

Fue un ejercicio inédito, pues, de reflexión y crítica puntual.

¿Hubo heridos?

Claro que los hubo.

Y lesionados.

Y dolidos.

Un ejemplo: cuando habló de que Claudia Rivera dejó una mafia en el tema de la seguridad en Puebla.

O cuando dijo que los corruptos tienen que ir a la cárcel.

Fue, en síntesis, un recorrido brutal por la Puebla surrealista al final de una pandemia de muchos rostros.