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Está Dicho que Nadie Debe Saber Absolutamente Nada

Foto: Archivo

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¿Por qué jamás sabremos qué pasó la noche en la que 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecieron?

Porque fueron asesinados e incinerados en la zona militar ubicada en la región.
Esto lo publicó la periodista Anabel Hernández hace algunos años en un libro sobre el tema.
La mezquindad de sus colegas hizo que el caso no tomara los niveles que merecía.
El gobierno de Peña Nieto tampoco hizo nada para juzgar a los verdaderos criminales.
Los jóvenes de Ayotzinapa no murieron a manos de Los Rojos o Guerreros Unidos.
Fue el ejército asentado en la zona quien tomó el control de las cosas.
Con la 4T, el silencio siguió prevaleciendo.
Y es que el Ejército mexicano pasó a tener un papel protagónico.
El general Cienfuegos sabe demasiado sobre el tema.
Por eso era importante sacarlo de las garras estadunidenses antes de que terminara hablando.
Hoy, en su residencia, lejos de la justicia yanqui, el general duerme el sueño de los injustos.
Los padres de los desaparecidos morirán sin que se les haga justicia.
Desde el gobierno, Alejandro Encinas es el encargado de desviar la atención.
Sí, claro, faltaba más: Tomás Zerón debe ser castigado.
Y también Murillo Karam.
Y hasta algunos altos mandos de la entonces Policía Federal.
Pero los responsables principales no están en la mira de las investigaciones.
Sería un escándalo.
No se puede acabar con la luna de miel con los hombres de verde.
Ellos no lo permitirían.
El ejército, otra vez, asesinó a jóvenes estudiantes.
Ya lo hizo en 1968.
Está dicho que nadie debe saber nada.
En la Muerte de Efrén Montoya. Se ha muerto como de rayo / Efrén Montoya, / a quien tanto quería.
Primero se fue Inmaculada —la hermosa Inmaculada—, su mamá.
Muchas charlas a la luz de la inteligencia tuve con ella. Y a veces con los dos. Ambos convertían la noche en día.
Y viceversa.
Los quise con la generosidad de las verdaderas amistades. Sin recato. Con la mirada más amplia posible: con un corazón —puro músculo— en la mano.
Años enteros de conversaciones con Efrén. Y de pronto, ufff, el silencio. La ausencia. De él sabía, a veces, por amigos en común.
¿Qué se dice en momentos como ésos?
Los tópicos previsibles. Las lagunas mentales. Las querencias.
Hoy —cuando Efrén ya era un personaje de ese pasado oculto—, regresó a la conversación de otra manera: en calidad de “¿supiste que falleció Efrén?”.
No hubo necesidad de preguntar por su apellido. Sabía que el Efrén que había muerto era el mismo que una tarde hizo una pasta brutal en el departamento de Hugo Jácome.
El Efrén de la voz grave e inteligente que me derrotó en todos los partidos de tenis que jugamos.
El Efrén Montoya del cigarro inevitable en la boca.
Otra vez tuve la sensación aquélla de las cubas libres: cuando buscas un crepúsculo perdido en la inmensidad de la noche.
Descansa siempre en paz, querido amigo.