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El País de los Anormales (2 Casos: La UDLAP y el Tribunal Electoral)

Foto: EsImagen

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En un país normal —con instituciones normales, con funcionarios normales—, no existiría un rector como Luis Ernesto Derbez, quien contribuyó a enviar a paraísos fiscales más de 700 millones de dólares y se puso a crear empresas para asesorar en el tema educativo a la misma rectoría que usufructuó durante varios años.

Personajes tan anormales como éste no caben en los países normales.
Son inimaginables, vaya.
En ese mismo país normal no existiría un magistrado como José Luis Vargas, a quien la Unidad de Inteligencia Financiera le ha detectado irregularidades brutales que sonrojarían a un ciudadano anormal.
No existirían tampoco sus compañeros magistrados, que han hecho del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación un negocio redondo para vender a precios millonarios los votos y los veredictos.
El ciudadano normal de un país normal no aceptaría que todos estos parias hagan lo que hacen, por ejemplo, en el Tribunal o la Universidad de las Américas Puebla.
Una universidad normal no toleraría ser tratada como vaca.
Una vaca exprimida hasta el exceso, con las ubres secas y dolidas.
Derbez ha venido tratando así a la Udlap: como una vaca lechera sometida a una ordeña sanguinaria.
Una vaca normal no aceptaría ser tratada de esa manera.
De ningún modo.
Movería la cola en señal de enojo.
Mugiría.
Se tiraría al piso.
Pero una vaca anormal —una universidad anormal— aceptaría sumisamente ese trato criminal.
No diría nada.
Murmuraría en los cafés.
Firmaría desplegados en apoyo de su victimario.
Luego, en la oscuridad de su corral, se lamería las ubres dañadas y lloraría lágrimas de sangre.
En un país normal, los tribunales electorales se rigen bajo ciertas reglas metidas en el saco de una normalidad democrática.
En esos países no se acostumbra que los magistrados sometan a los tribunales como víctimas de la trata de personas.
Es inconcebible un trato así.
La normalidad democrática no concebiría que el Magistrado Billetes fuese presidente de un tribunal electoral orientado a la prostitución cotidiana.
Sería como si la cándida Eréndira —la de la abuela desalmada— aceptara como algo normal que ésta la prostituya todas las noches —con sus días— con decenas de libertinos y cierta clase de faunos.
No es normal que una mujer deba tener coitos no deseados.
No es normal que la abuela de esa mujer la obligue a tenerlos por decenas.
No es normal que esa clase de magistrados pongan, todos los días, en posición de chivito en precipicio a un tribunal sometido al suplicio de los tacones de aguja, y los perfumes y los ligueros baratos.
No es normal que ese chivito en precipicio sea la imagen emblemática de la justicia electoral en México.
No es normal que la vaca ordeñada por Derbez ande por el campo haciendo ¡mu! y moviendo la cola mientras de las ubres escurre sangre y algo parecido a la palabra pus.
No es normal que ese chivito en precipicio tenga los ojos saltones de tanto pánico y terror.
¡No es normal, señores!
¡No es normal, dulces y bendecidas señoras!