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Manual del Moderno Torturador (Curso Básico por Correspondencia)

Manual del Moderno Torturador (Curso Básico por Correspondencia)
Al admitir, por fin, que sí conocía la trama de acoso sexual de Andrés García Viveros —lo que negó en varios momentos durante una entrevista que le hice el pasado 12 de mayo—, la candidata Claudia Rivera Vivanco entró en un desván oscuro de su épica, que es —o era— la de no mentir.
Al cambiar radicalmente su narrativa —agregando que ella misma le recomendó a la joven víctima del acoso que denunciara—, la presidenta municipal con licencia mintió abiertamente, además de que terminó por comerse sus palabras.
En catorce días pasó del “no sabía” al “sí sabía”, pero lo hizo de forma poco elegante.
Lo único que demostró es que en aras de salvarse no le importa mentir.
Y de qué manera.
(Sus subordinadas también se enteraron en su momento de esta trama de acoso sexual y violencia de género. Y también fueron cómplices de la revictimización. Y mintieron como su jefa. Y callaron. Y justificaron al agresor. Y se tomaron fotos con él para librarlo de las “calumnias” en su contra. Ellas, sí, las feministas puras de noble corazón).
En el audio que dio a conocer Arturo Rueda la noche de este miércoles aparece una Claudia Rivera en modo chantajista, que lejos de invitar a la víctima a denunciar a García Viveros, busca convencerla —con toda clase de tretas— que acepte las denuncias forzadas de éste.
(El aria de una ópera trágica —Sansón y Dalila (de Saint-Saëns), interpretada por la genial María Callas— se escucha como persistente música de fondo).
La chica acosada le comparte en un momento a Rivera Vivanco lo que su agresor le dijo:”Me está mandando la presidenta que te pida una disculpa, y si te pregunta le dices que me disculpé contigo”.
¿Cómo le respondió la defensora de las mujeres violentadas?
Chantajeándola en el tema laboral.
Y más: echándole en cara que ha aceptado sus disculpas varias veces en temas, ufff, como llegar tarde más dos veces a su trabajo:
“¿Por qué yo puedo aceptar varias disculpas? Porque te he aceptado varias, ¿eh? ¿Y por qué te costaría trabajo a ti aceptar una disculpa (del acosador)? ¿Por qué no estaríamos en la misma situación? (…) ¿Por qué yo puedo hacerlo y por qué alguien más de mi equipo —si yo he sido así, si yo he dado esa muestra— no lo podría hacer?”.
La traducción es brutal.
La víctima tendría la obligación moral de aceptar las disculpas forzadas de su acosador porque la entonces alcaldesa en funciones la ha disculpado a ella por algunas —mínimas— fallas laborales.
La trama no terminó ahí.
Las cosas se descompusieron aún más.
Como narra en la denuncia que interpuso en contra de Claudia Rivera y García Viveros el 8 de diciembre de 2020, la joven víctima enfrentó la furia de ambos que desembocó en su salida del ayuntamiento en el que trabajó como asistente personal de la hoy candidata.
Al fallar la intermediación de ésta, García Viveros, visiblemente molesto, amenazó a su víctima:
“Mejor no te pongas pendeja (me dijo), ni se te ocurra difundir nada, porque así como soy capaz de hacer cosas buenas, también hago cosas peores; hay mujeres que han desaparecido por eso”.
Una nueva reunión con Claudia Rivera terminó muy mal:
“Me dijo: ‘Ya tengo conocimiento de los mensajes, a mí no me vengas a contar tus cosas que ya lo sé, si tienes problemas arréglalo con él, a mí no me molestes; y ni se te ocurra denunciar o difundir los mensajes porque entonces sí es contra mí y mi gobierno y no vas a salir bien de ésta’”.
Lo que vino después ya lo hemos contado en este espacio varias veces:
La cambiaron de lugar de trabajo, la relegaron en un escritorio apartado, y sólo le permitían tomar agua —no café ni té, como a los demás trabajadores.
Tampoco podía levantarse, “ni siquiera para ir al baño”, y a sus compañeros les prohibieron dirigirle la palabra.
La convirtieron técnicamente en una paria.
El calvario terminó el 3 de junio de 2020, cuando fue despedida de manera fulminante, “y aunque no lo merecía” le “harían el favor” de pagarle dos semanas.
Como ella no quiso firmar la renuncia —pues atentaba contra sus más elementales derechos laborales—, la propia presidenta municipal instruyó a los policías que custodian el Palacio que le cerraran el paso.
¿El fin?
Acusarla de abandono de empleo.
¿Qué querían Claudia Rivera y García Vivanco con todo esto?
Impedir que la víctima hablara para que nadie tuviera noticias del infierno que vivió.
A partir del 10 de diciembre, cuando quien esto escribe reveló el doble acoso, las cosas para ellos se salieron de control.
Los últimos acontecimientos —la vinculación a proceso al acosador y el audio en el que la hoy candidata chantajea a la víctima— han venido a mover todo.
Cierro con una parte del diálogo exhibido por Rueda la noche del martes:
Con el aria dramática como música de fondo (“mi corazón se abre a tus ojos / como se abren las flores a los besos de la aurora”), Claudia Rivera le dice a la joven víctima:
“Esto se trata de confianza, Karina. Veme a los ojos… Porque si no, no estás confiando en mí. (…) ¡Necesitooo confiar en ti!”.
Ufff.
Qué sesión de tortura en el privado de la presidenta municipal.
Y todo a dos voces: la voz autoritaria y mandona de Claudia Rivera y la voz maravillosa y terrible de María Callas.
La Pista que Lleva a Gali y a Manzanilla. En aras de apagar el escándalo generado por la trama de acosador sexual protegido por Claudia Rivera —su candidata a la alcaldía de Puebla—, el ex gobernador José Antonio Gali y Fernando Manzanilla volvieron a recurrir al columnista Mario Maldonado, de El Universal.
No es la primera vez que lo hacen.
(En una ocasión anterior ya hablé del tema).
Lo cierto es que, como en el pasado reciente, el columnista maquila un esperpento plagado de mentiras y verdades a medias.
Y vuelve a repetir dos mentiras contundentes: que el hoy gobernador avaló con su voto de senador de la República la Reforma Energética de Peña Nieto y que, en consecuencia, recibió fuertes dádivas por ello.
Una rápida búsqueda en Google hubiese bastado para descubrir que hizo lo contrario.
Pero hay que apagar el escándalo…
Por cierto: no se necesita ser sabio para entender las razones por las que Gali y Manzanilla trajeron a Puebla una pobre franquicia de El Universal, misma que ha pasado francamente inadvertida.
Gracias a esa negociación, tienen las puertas abiertas en el espacio del columnista de marras.
Y ya se ve que muy seguido.
Los 25 Años de la Quinta. El 28 de mayo de 1996, día de San Germán, mi querido Carlo Pini y yo iniciamos esta columna que el hipócrita lector tiene ante sí.
Con los meses, me quedé solo al frente de la misma.
Fue en las páginas del histórico El Universal Puebla donde nació La Quinta Columna.
Desde su origen, este espacio empezó a contar historias, algo que no se acostumbraba en esos años.
La mayoría de las columnas de entonces recurría a los párrafos largos.
La Quinta Columna —inspirada en los versos de la poesía— recurrió a las frases breves y al punto y aparte.
Con el paso de los años, ese formato fue padre de decenas de nuevas columnas.
Hoy, todavía, ese estilo continúa multiplicándose.
Por desgracia, hay muchos esperpentos que circulan bajo ese cobijo con prosas porosas y faltas de ortografía.
¿Soy culpable en parte?
Seguramente.
¿Puedo evitar esa propagación?
No veo cómo.
Sea como sea, nueve gobernadores después, La Quinta Columna llega a los veinticinco años de edad.
Y ha sido publicada a lo largo de ese tiempo en nueve periódicos, ocho de los cuáles me han tenido a mí como director editorial.
¿Qué tiene que ver aquella muy lejana primera entrega con la que la que pongo a los ojos del lector en esta ocasión?
Un par de cosas:
El enfermizo afán de perseverar en la prosa (en sus ritmos, en sus matices, en sus sonidos), y la necesidad —igualmente enfermiza— de seguir contando historias.
Por cierto: gracias a esos 25 años de La Quinta Columna han surgido dos tomos de una novela llamada Un Día nos Moriremos Todos.
El primero, publicado en noviembre de 2017, se llama Miedo y Asco en Casa Puebla.
Y el segundo, proyectado para que aparezca en noviembre, llevará por título: Está Dicho que Nadie Debe Saber Nada.
Gracias siempre al hipócrita lector por ser parte de esta humilde y modesta columna.