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En Memoria de otro Amigo Muerto en esta Guerra

En Memoria de otro Amigo Muerto en esta Guerra

Beatriz Gutiierrez Müller fue la primera que me habló de Rodrigo López Sainz de Juambelz.

Me estaba contando un pasaje de la fundación de Página Regional, de Enrique Gaucher.
De pronto, me dijo: “le pregunté a Enrique quién era ese personaje de sombrero que se veía a unos metros, en una zona semioscura, envuelto por el humo de su habano”.
Gaucher le contestó sonriendo:
“Es Rodrigo López Sainz. Es mi socio en el proyecto”.
Años después, Enrique Núñez me llevó con él.
La noche que lo conocí fue delirante.
Ocurrió en el restaurante La Noria.
A los cinco minutos, tras pedir el primer vodka de varios, sentí que conocía a Rodrigo de toda la vida.
No era un empresario común y corriente.
Era un corazón metido en lo que hacía.
Ambos éramos del 56, y en esa primavera de 1999 teníamos 43 años de edad.
Hablábamos un lenguaje similar cargado de símbolos (como son las conversaciones de nuestra generación).
Desde el primer momento nos hicimos amigos, porque —como lo sugirió Núñez en su más reciente columna— teníamos un proyecto que cambiaría nuestras vidas.
Juntos creamos dos productos que también eran puro corazón.
Corazón y tripas.
Corazón, tripas y sesos.
Me refiero a la revista Intolerancia, primero, y a Intolerancia Diario, después.
Subirse a ese proyecto fue como abordar la Nave de los Locos.
Una nave echada al mar, sin rumbo, sin brújula y sin más objetivo que el de compartir la animación del viaje.
(Ése sigue siendo para mí el ánimo que me guía en los proyectos periodísticos que emprendo).
Sin animación no hay viaje.
Y esa animación tiene que ver con la ilusión.
Rodrigo siempre decía que le daba mucha ilusión ver la revista en los huesos, cuando se empezaba a armar.
Y luego: ver la revista en la rotativa.
Y, finalmente, ver la revista ya impresa, circulando, leída y comentada por los lectores.
¿Y qué decir del diario?
Todas las noches me hablaba para hacer juntos la cabeza principal.
Era amigo de sus amigos.
Lo fue desde que lo conozco.
Un día que en mi columna toqué (de touché, en francés) a Adolfo Karam, me habló para reclamarme.
“A mis amigos no se les debe pegar en el periódico”, me dijo.
“Pues entonces hazme la lista de tus amigos. La lista de los intocables”, le respondí con cierta ironía.
Una carcajada suya cerró la discusión.
Con los años ambos salimos de Intolerancia.
Yo, primero.
Nos dejamos de ver.
Las agendas se llenaron de moho y cochambre.
Nos volvimos a ver un día que me invitó a comer con don Melquiades Morales en El Desafuero.
Me sorprendió su invitación pero me gustó.
De ahí surgió otra cita en otro restaurante de la colonia La Paz, muy cerca de donde estaba su oficina.
Ahí conocí al doctor Alejandro Tabe, con quien hice migas inmediatamente.
También conocí al capitán Polo, quien, cuando Rodrigo no quería ponerse en los controles, pilotaba el avión de cuatro plazas.
También llegó, en primerísimo lugar, mi entrañable Andrea López Sainz, su hija mayor, con quien tuve una gran relación desde los años de la revista Intolerancia.
(De esos años recuerdo a Óscar de Juambelz, entre otros, primo de Rodrigo y generador de ideas finas e inteligentes).
Nuevas comidas vinieron.
Muchas conversaciones.
Una tarde, Rodrigo, el doctor Tabe, Andrea y otras personas fueron a comer a mi casa.
Lo recibí con la música de Alfredo Zitarrosa, que tanto le gustó en alguna época.
Un par de días en su rancho, un vuelo con él en los controles y varias comidas más cerraron esta historia.
Sentí que algo en él se había movido después de que, vía el doctor Tabe, le inyectaron células madre.
El mismo Rodrigo pero más vital que nunca, más generoso, era el que ahora presidía las mesas en las que comíamos.
Por Ernesto Echeguren supe de su muerte.
Y luego, por Alejandro Tabe (en el teléfono), me enteré de los detalles.
Llorando, metido en su dolor —que es el mío—, el doctor me hizo ver en unos minutos todo lo que los amigos de Rodrigo habíamos perdido con su ausencia.
Lo voy a extrañar en las mesas de conversaciones.
Ya lo empecé a hacer desde el momento mismo que supe de su muerte.
Descanse siempre en paz.
Nota Bene. Antes del Covid teníamos un mapa de gente entrañable.
Hoy ese mapa está desapareciendo.
¿Cuántas veces nos ha dolido el corazón en los últimos meses al enterarnos de la muerte de alguien entrañable?
Ya perdimos la cuenta.
Un día nos moriremos todos, sí, pero qué terrible es la ausencia de los otros.