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La misteriosa desaparición de Marín el día que le estalló el Lydiagate

La misteriosa desaparición de Marín el día que le estalló el Lydiagate

Se dice que ante un escándalo mediático de grandes dimensiones, es fundamental una reacción contundente las primeras 24 horas. Eso es precisamente lo que no hizo Mario Marín Torres el 14 de febrero de 2006 cuando le estalló el Lydiagate, que fue un tsunami político, pues de manera misteriosa ese día el entonces gobernador de Puebla optó por incomunicarse y desaparecer. Ni sus más cercanos colaboradores supieron de su paradero y cuando regresó de un vuelo, ignoró la información de esa crisis que hoy en día lo tiene tras las rejas.

Marín Torres nunca quiso decirles a sus colaboradores dónde estuvo ese día, que lo llevó a desconectarse de todo, a tal grado que cuando retorno a Casa Puebla, la entonces residencia oficial del gobernador en turno, ignoraba que ese día del amor y la amistad se había convertido en uno de los políticos más aborrecidos del México contemporáneo.

Una fuente confiable que atestiguó desde el interior del gobierno el desencadenamiento de una de las mayores crisis políticas del estado de Puebla, narró lo siguiente:

En la edición del 14 de febrero de 2006, la nota de ocho columnas de La Jornada enunciaba: “Al descubierto, la conjura en contra de Lydia Cacho”, en la que se reproducían las conversaciones telefónicas de Mario Marín y el empresario Kamel Nacif Borge, en las cuales quedaba descubierta la conjura oficial para detener ilegalmente a la periodista –el 16 de diciembre de 2005– y para después intentar violarla o matarla en el penal de San Miguel, como parte de una venganza del segundo de ellos, por haber sido exhibido en su cercanía con el pedófilo Jean Succar Kury.

La tragedia de Marín inició por una falla imperdonable de su equipo de comunicación que no le supo informar al mandatario del contenido de la nota de La Jornada.

Ese día, Marín fue a un acto público –era el informe del alcalde Enrique Doger Guerrero– en el Centro de Convenciones de San Francisco y su noción de lo publicado por La Jornada era creer que se había mencionado en una columna que había unas grabaciones entre él y Nacif.

Por eso cuando le preguntaron del tema, se redujo a declarar cortante y despectivamente: “No leo chismes”.

Minutos más tarde de dar esa declaración, Marín se dirigió al helipuerto de Casa Puebla y tomó un vuelo con un rumbo desconocido incluso para su equipo de colaboradores.

Marín se marchó sin llevarse un teléfono satelital que siempre usaba para estar comunicado en cualquier parte de la geografía del estado, sin importar que no hubiera cubertura de la telefonía celular.

Su entonces vocero Valentín Meneses Rojas, que ese día celebraba su onomástico, a los pocos minutos de que Marín partió empezó a percibir el escándalo que estaba creciendo, pues las grabaciones ya las había reproducido Carmen Aristegui en la estación de radio W FM, que se trasmitía en cadena nacional.

Ese martes le habían preparado una comilona a Valentín Meneses, quien la tuvo que abandonar para reanudar la labor que la absorbió ese día: marcar cada minuto a los números telefónicos de Marín y evadir la ola de llamadas de medios de comunicación locales, nacionales y hasta internacionales que exigían una respuesta del gobierno del estado de Puebla.

Cada hora que pasaba, crecía el número de medios de comunicación que replicaban las llamadas entre Kamel Nacif y Mario Marín Torres, que para ese entonces ya lo empezaban a llamar con el mote “el góber precioso”.

Se dice que el helicóptero en que Marín dejó la ciudad de Puebla habría retornado a la residencia oficial entre las 9 y las 10 de la noche.

Cuando al gobernador le quisieron enterar de la crisis política que ya caminaba a pasos agigantados, lo único que habría respondido: “Eso lo vemos mañana, no pasa nada”.

“El primer priista del estado de Puebla”, tal como se les decía a los gobernadores del tricolor, se despertó al día siguiente sin saber que el vacío que había generado en las últimas horas lo convirtieron en el hombre más aborrecido de la política mexicana, que lo llevó a ser un “impresentable”.

Semanas después Mario Marín Torres salía corriendo de Casa Lamm en la Ciudad de México cuando un grupo de ciudadanos lo identificaron y a gritos lo denostaron, lo cuestionaron, le reclamaron su misoginia.

Nunca quiso decirles ni a sus más íntimos, dónde se fue a extraviar el día que más se necesitaba su presencia al frente del gobierno de Puebla.

¿Hoy en el penal de Cancún, Quintana Roo, se acordará que hizo ese día?