Doña Florero y el Presidente López Obrador
La ausencia de López Obrador en la Mañanera del lunes 25 de enero es una metáfora cruel de lo que sucedería en el país si una mayor desgracia ocurriera: que el presidente de México fuera víctima mortal del covid como claman a punta de tuitazos muchos de los enanos que se mueven en la oposición política de este país.
La ex ministra Olga Sánchez Cordero, secretaria de Gobernación, ocupó su lugar —como lo haría en ese no deseado escenario—, y desde el primer momento evidenció tres cosas: que no sabe improvisar, que lee muy mal y que comunica peor.
Con el rostro de una canción de Cri-Crí (“Abre el ropero, abuelita”), la señora Sánchez Cordero dijo unas palabras perturbadoras que evidenciaron la poderosa razón del apodo que carga desde hace dos años: El Florero.
¿Qué dijo la abuelita de Palacio Nacional?
Que “el presidente de todas y todos es uno: el presidente López Obrador. Y debe quedar claro que se encuentra en pleno ejercicio de sus funciones”.
Nadie en su sano juicio y con su área de broca bien montada tendría dudas de quién es el presidente de México.
Y es que un contagio no lo quita del lugar que se ganó luego de enfrentar un fraude y una compra-venta de la Presidencia.
¿Qué quiso decir con eso de que “el presidente es uno: López Obrador”?
De eso no hay la menor duda.
(Y no venía al caso decirlo).
De lo que sí hay duda —y mucha— es de lo que hace en la principal oficina del Palacio de Covián (donde despacha nuestra Prudencia Griffel de medio pelo).
Es claro que no atiende temas de la política interior.
(Para eso está Marcelo Ebrard, encargado también de la política exterior).
Tampoco es enlace con los gobernadores.
(Como lo fueron los Moya Palencia, los Bartlett y los Gutiérrez Barrios).
Su función es una:
Es el Florero del gabinete del presidente López Obrador.
(¡Feministas, absténganse de culparme de misógino!).
¿Y qué función tiene un florero?, se preguntará el hipócrita lector.
La respuesta es simple:
Un florero tiene una función de ornato.
Sólo ésa.
Y a veces sirve para albergar flores.
(De ahí su nombre).
No es el jarrón chino del español Felipe González, quien decía que un ex presidente era precisamente como un jarrón chino: caro y estorboso.
No.
En este caso no.
El Florero no es caro ni estorboso.
Simplemente está ahí como un adorno.
Un inútil y prescindible adorno.
Imaginemos una desgracia brutal —que en el caso de la muy limitada oposición es un vulgar deseo—: el presidente muere como consecuencia del covid.
¿Quién lo sustituiría en la Presidencia?
No Monreal (qué alivio), no el presidente de la Corte, no Ebrard.
Doña Florero sería la presidenta de un país para entonces turbulento.
Entonces sí chillaríamos todos.
Y es que conduciría el timón como la Mañanera de este lunes:
De manera errática, hecha un montón de nervios, con ganas de salir corriendo.
Y así no se gobierna un país.
Por el bien de todos esperemos que el covid que asalta al presidente sea superado pronto y que la normalidad regrese a este país.
