Último minuto
Jueves, 24 de Septiembre de 2026
Puebla 16°C
Reto Diario | Noticias de Puebla
Ver Episodio Completo

Portada del Día

Cargando Portada...

La Puerta Giratoria del Infierno (el Covid-19 en Puebla)

La Puerta Giratoria del Infierno (el Covid-19 en Puebla)

Por Mario Alberto Mejía

La Quinta Columna

La mentira vende políticamente más que la verdad.

López-Gatell, por ejemplo, ha venido mintiendo como parte de una estrategia.

Y no tiene empacho en hacerlo.

Hace tiempo que dejó de ser científico para convertirse en un propagandista.

Por eso nadie le cree.

El gobernador Miguel Barbosa prefiere decir la verdad en el tema de Covid-19.

Podría mentir para beneficiarse políticamente, pero prefiere hablar con la verdad.

(Esa verdad desnuda que es más cruda que un keppe crudo).

Podría poner el semáforo en color naranja y darles gusto a los organismos empresariales y dueños de restaurantes.

Podría decir que no hay riesgos sanitarios y maquillar las cifras.

(Las mentiras hacen crecer en las encuestas a quienes las dicen).

Aunque sabe que hay un costo político, el gobernador decidió desde el primer día hablar con la verdad.

Eso le ha acarreado algunos conflictos con la Federación.

(A nadie, ni a la 4T, le gusta la verdad a secas).

El gobernador prefiere tener el semáforo en rojo porque una reactivación económica echada a andar sobre las rodillas no beneficia a nadie.

(Ni a quienes hoy la piden a gritos).

Son varios los lugares donde las autoridades han terminado por recular debido a los rebrotes.

(¿Tiene sentido dar un paso, equivocarse y dar marcha atrás?).

Recular es un verbo maldito.

(Sólo lo supera otro: perjudicar).

El gobernador Barbosa ha optado por no ganar simpatías.

(Nunca han estado en su agenda).

Gobernar es un oficio duro, difícil, sobre todo cuando se ponderan la ley y el orden.

Hacer como que se gobierna es más fácil, pero es también muy peligroso.

Sobre todo en el contexto de una emergencia sanitaria.

Pongamos que por razones políticas el gobernador cambia el color del semáforo para satisfacer a esa opinión pública que se ha desquiciado debido al feroz confinamiento.

Pongamos que el fin de semana empiezan a abrir los restaurantes y las plazas comerciales.

Pongamos que la gente se agolpa y deja de cumplir con las normas sanitarias de la sana distancia y el cubrebocas.

Pongamos que todo vuelve a la normalidad.

(El infierno es parte de esa trama).

¿Cuáles serían las consecuencias?

¿Cuáles los efectos inmediatos?

No hay que ser López-Gatell para saberlo.

Todo se colapsaría.

El virus que vino de China viajaría en un tren bala.

Los contagios irían al alza.

Los hospitales públicos entrarían en una crisis impensable.

¿Vale la pena el riesgo?

¿Qué ocurriría después?

Todos volveríamos a confinarnos al tiempo que restaurantes y centros comerciales cerrarían sus puertas de nuevo.

¿Tiene sentido jalarle la cola al voluble Satanás?

Gobernar es un oficio duro que requiere sacrificios.

(Los gobiernos blandos gustan al principio pero después decepcionan para siempre).

El dejar hacer-dejar pasar es un sueño romántico que no se aplica a los días que corren.

Días de riesgos, de duelo, de incertidumbre.

¿La pena de vivir así vale la pena?

Ciertamente no.

Jamás.

Pero no hay otra ruta por lo pronto.