La Prueba Covid (y lo que Aconteció Después de Hacérmela)
Por Mario Alberto Mejía
La Quinta Columna
Un amigo me sugirió que me hiciera la prueba del Covid-19.
Me negué al principio por el clásico temor a resultar positivo.
Finalmente me convenció, y en sus propias oficinas me aplicaron el célebre test.
Una eficiente doctora me clavó una aguja delgadísima en el dedo gordo de la mano derecha.
Apareció la sangre????
Tomó una muestra y la colocó en un pequeño aparato.
“En quince minutos sabremos si es positivo o no”, me dijo.
Tic tac, tic tac...
El reloj ???? siguió su curso.
Pensé en todas las veces que he tenido contacto con la gente.
Imaginé lo peor: salgo positivo, me refugio en la palabra incertidumbre, rento una covacha para aislarme, me lleno de Paracetamol y glutato, escribo mi testamento, me apuro a terminar el segundo tomo de la saga Un Día Nos Moriremos Todos, me refugio en los libros que siempre quise leer, armo mis últimos poemas, empiezo a despedirme de la gente que quiero, bebo mis últimas gotas de vino y de tequila, elijo la ropa con la que me incinerarán, y termino finalmente por esperar el rostro pálido y frío de la calaca flaca.
Pensaba en todo eso cuando la doctora me dijo: “Es negativo. Felicidades”.
Pensé en todas las veces que no usé cubreboca ni guardé la sana distancia por creer, como AMLO, en mi fuerza moral, y me arrepentí de corazón.
Respiré profundo.
Le agradecí a mi amigo por quitarme ese sosiego.
Salí a la calle.
Vi el cielo más azul que nunca, más luminoso.
Respiré la polución como quien respira ozono.
Agradecí a San Ezra Pound y a la Guadalupana no ser parte de las estadística maquilladas de López-Gatell.
Me prometí ser mejor persona.
Empecé a flotar.
Llegué a mi casa, y redacté, jubiloso, estas humildes y muy modestas líneas.
No temo decirlo: soy un hombre feliz.
Nota Bene: Sabines decía que morir significaba hacerse a un lado.
Monsiváis tenía una argumentación más terrible:
La muerte me quitaría, dijo, la posibilidad de leer un buen libro, de ver cine, de escribir, de conversar por teléfono, de comer un buen guiso, y de todas las cosas que tanto me gusta hacer.
Uno no piensa en la muerte hasta que le hacen una prueba de covid.
Ahí cambia todo.
Cambia —oh, sí— hasta la relación que tenemos con nosotros mismos.
La Palafoxiana y su Tóxico Director. Eraclio Zepeda se refería a la Palafoxiana como la "Paloufoxiana" reconociéndole a Pedro Ángel Palou Pérez el rescate que hizo de ésta.
Muchos años la biblioteca estuvo bajo la dirección de Estela Galicia quien le tuvo un amor impresionante.
Luego comenzó su descuido en el sexenio de Mario Marín pero el trabajo de Diana Isabel Jaramillo logró que la Palafoxiana volviera a retomar un buen cauce.
Ahora se quejan los investigadores de la mala atención que reciben del actual director, Alexis Hellmer, quien ha presentado un currículum más inflado que un globo de helio.
Priva el desorden mientras él se promueve dando entrevistas aquí y allá.
Al tiempo que se dice maestro de lenguas muertas en varias universidades, ha aparecido en escandalosas páginas electrónicas en las que está medianamente cotizado.
(Algunos lo recomiendan pese a lo breve de sus cualidades).
Ojalá las autoridades de cultura tomen medidas urgentes antes que todo lo que el profesor Palou hizo por esa histórica biblioteca se venga definitivamente abajo.
