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Amigos y Enemigos (El Odio como Certeza)

Amigos y Enemigos (El Odio como Certeza)

Por Mario Alberto Mejía

La Quinta Columna

Mi concepto de la amistad nació la tarde en la que corrí a Toñito Navarro de mi fiesta de seis años de edad.

Yo estaba vestido de charro cuando llegaron Toñito y su mamá.

Corrí al portón de entrada y le pregunté por mi regalo.

Toñito me miró como miran los niños de seis años: entre sorprendido y asustado.

—No traje regalo —dijo desde un abrigo gris tomado de la mano de ella.

—¡Entonces no puedes entrar! —cerré la discusión.

Y me regresé donde estaban los niños que sí habían llevado regalos.

Toñito Navarro y su mamá caminaron rumbo a su casa invadidos por una tristeza milenaria, similar a la neblina que cubría las calles de Huauchinango en los años sesenta.

Al enterarse del agravio, mi mamá corrió detrás de ellos.

Los alcanzó y los convenció de volver sobre sus propios pasos.

La mamá de Toñito se parecía a la actriz Irasema Dilán.

Era alta, delgada, rubia.

(“Ojos inusitados de sulfato de cobre”, diría el poeta).

Entraron a la fiesta, pero ya nada fue igual.

Algo se había roto entre Toñito Navarro y yo.

Esa noche, inconscientemente, hice mi primer razonamiento intelectual del sentido de la amistad.

Muchos amigos he ganado desde entonces.

A algunos los perdí en el camino.

Otros más me perdieron a mí.

Con varios logré rescatar conversaciones interrumpidas por los vaivenes del tiempo o de la adicción política, que es como esa neblina de los años sesenta en Huauchinango.

Varios optaron por arribar a ese estado opuesto a la amistad: la enemistad.

Y desde ahí han alimentado odios abiertos, pero oscuros.

Odios parecidos a la palabra mierda.

Algo he aprendido con los años, quizás en homenaje a esa ruptura con Toñito Navarro:

Odiar es la peor forma de perder el tiempo.

Se echa a perder el alma y se fracturan los mejores sentimientos.

El que odia vive para desearle mal al objeto de su mal humor.

Y así pasará los años: obsesionado en que le vaya de la peor forma posible.

(López Obrador es, a su manera, el objeto de odio de sus contrincantes. Él ya nada tiene que perder. Sus odiadores, en cambio, sí. Su odio, enorme, los consume).

Más allá de la tesis sobre los amigos y los enemigos en la política —trazada por Carl Schmitt, “el gran pintor del poder”, en palabras de Silva Herzog-Marquez—, la conversación es el hierro marcador de las grandes amistades.

Los amigos, pues, terminan reconociéndose en el otro: en sus pasiones, en sus lecturas, en sus guiños, incluso.

Conversar es divino, pero es también un arte en desuso.

En estos días en que la incertidumbre corre como moneda simple, y en que la guerra y sus tambores resuenan en lo alto, me vino la visión de Toñito Navarro y de su hermosa madre caminando de regreso a casa entre la neblina del Huauchinango de los años sesenta.

He ahí la estampa ideal del desencuentro que generó un muy elevado sentido de la amistad, mismo que pongo en manos del hipócrita lector como una ofrenda sencilla.

Son tiempos de canallas, sí, pero siempre, en algún lugar, habrá una voz que quiera encontrarse con otra para meterse en una conversación larga y generosa, vino y queso de por medio.

Fin de Semana en la Sierra. Mucha gente cree que el virus que vino de China —vía una sopa de murciélago en el mercado de Wuhan— no existe.

De hecho, están convencidos de su inexistencia.

Juran que Trump inventó el covid para adueñarse del mundo o que los hombres más ricos del planeta buscan distraernos para incrementar brutalmente su riqueza.

Cosa curiosa:

Son los mismos que creen que Martha Érika Alonso y Rafael Moreno Valle viven en un chalet suizo o que Pedro Infante y Elvis Presley cantan en un mariachi de Garibaldi.

Y contra eso, ufff, no hay absolutamente nada que hacer.