El Pueblo Utópico del Presidente López Obrador
Por Mario Alberto Mejía
La Quinta Columna
El país que ve el presidente López Obrador está en las comunidades más que en las ciudades.
Está en el campo más que en el pavimento.
Y ahí, entre cerros y montes, el coronavirus simplemente no existe.
Es, cuando mucho, una anécdota que se platica en la sobremesa.
En Papatlazolco, por ejemplo, junta auxiliar de Huauchinango, la gente va y viene sin caretas —esa parafernalia en la que se meten las señoras burguesas cuando van a City Market—, sin frasquitos de gel importados, sin miedo, sin angustias.
Y es que ahí no hay covid-19.
Las cifras no mienten.
No hay un solo habitante contagiado y mucho menos muerto.
Lo mismo pasa en Papatlatla, en Patoltecoya, en Xaltepec, en San Miguel y en el resto de las juntas auxiliares.
Las cinco personas fallecidas en todo el municipio entre abril y mayo reflejan muy bien lo que está ocurriendo.
Las versiones alarmistas que circulan en la prensa poblana se caen por su propio peso, pues confunden el municipio de Huauchinango con el distrito local o federal.
Por si fuera poco, el primer cuadro de la ciudad está bloqueado.
Simplemente no hay paso.
El jardín luce vacío desde hace varias semanas y las calles principales no tienen el flujo vehicular del pasado reciente.
La mayoría de las cinco muertes —¡cinco!— tuvo su origen en el mercado municipal.
Hasta ahí llegó el contagio.
Y hay una razón de peso:
Los comerciantes tienen que viajar a otros mercados o tianguis para traer productos.
Uno de ellos trajo, además, un virus.
Un virus que viajó por avión de Wuhan —en China— al mundo entero.
El mercado, faltaba más, ha sido sanitizado varias veces, y la población ya recibió la alerta.
Fuera de eso, el pueblo utópico de López Obrador sí existe: está en las juntas auxiliares.
Ahí la gente no conoce el miedo pues no hay nada de lo cual contagiarse.
Sólo existe un riesgo indudable:
Los paisanos que viven y trabajan en Estados Unidos, mismos que mandan sus remesas mes con mes.
Pero ese riesgo no ha cruzado la frontera, una vez que está confinado en el país de Trump.
Mientras tanto, sin López-Gatell en los escasos televisores, la gente va de aquí para allá, sin salir de sus comunidades, y sin ese artefacto burgués llamado miedo.
Aunque, eso sí, el ayuntamiento de Gustavo Vargas Cabrera no se confía y toma las precauciones de rigor.
Aquí sí tienen sentido los abrazos a los que convocó el presidente al inicio de la crisis sanitaria y la frase del gobernador Miguel Barbosa:
“De coronavirus sólo se enferman los ricos”.
Filomena y los Banqueros Voraces. Filomena Solano Alvarado, originaria de Xochinanacatlán, Tlaola, Puebla, es beneficiaria de uno de los programas estrella del presidente López Obrador: Sembrando vida.
Ella, al igual que unos 230 mil beneficiarios más, recibe 5 mil pesos mensuales.
El programa es de los más noble, pues está dirigido a rescatar el campo y apoyar a los productores: “Significa producción, significa empleos, significa arraigar a los campesinos a sus lugares de origen. Significa mejorar, proteger el medio ambiente, reconstruir el tejido social”.
Todo va bien mientras el dinero no se disperse a través de los bancos.
Y es que éstos cobran comisiones brutales.
Filomena, por ejemplo, ve mensualmente cómo BBVA, el banco al que acude para recoger el recurso, se queda con poco más de 800 pesos por los conceptos de comisión e IVA.
Sobre todo del primero.
Si esos 800 pesos los multiplicamos por 230 mil la cantidad marea.
Y eso es cada mes.
Qué afortunados los beneficiarios, sí, pero también los banqueros.
Lo bueno es que los neoliberales ya se fueron.
