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Cucharaditas de Arsénico de AMLO a Bartlett

Cucharaditas de Arsénico de AMLO a Bartlett

Por Mario Alberto Mejía

La Quinta Columna

Andrés Manuel López Obrador es un político que maneja las entrelíneas de una manera brillante.

Aunque su estilo suele ser directo, fajador, agresivo, de pronto opta por el guiño de ojo, que no necesariamente lleva flores sino arsénico.

Eso fue precisamente lo que hizo el domingo pasado en las entrelíneas de un largo texto denominado “Algunas lecciones de la pandemia Covid-19”.

Vea el hipócrita lector.

Hay una parte en la que le guiña el ojo a la Corporación Bartlett S.A. de C.V., cuyos presidentes del Consejo de Administración son Manuel Bartlett y León Manuel Bartlett.

Padre e hijo.

Como esa película inolvidable protagonizada por Fernando Soler y Pedro Infante: “No desearás a la mujer de tu hijo”.

El guiño cargado de arsénico es brutal:

“Otra falla que ha quedado de manifiesto es la poca solidaridad que existe en el mundo para adquirir equipo y medicamentos para la salud. La especulación y el lucro en este aspecto ha llegado a niveles vergonzosos. Un ventilador que antes del COVID-19 costaba en promedio 10 mil dólares, ahora se vende hasta en 100 mil dólares y lo peor es que, debido a la escasez, hay acaparamiento tanto de los gobiernos como de las empresas que los producen”.

En el contexto del escándalo de los carísimos ventiladores —protagonizado por los Bartlett—, hay más de un guiño en unas cuantas líneas.

Yo conté cinco cucharaditas de arsénico cuando menos.

“Poca solidaridad (…) especulación (…) lucro (…) niveles vergonzosos (…) acaparamiento”.

La referencia es obvia: ventiladores que ahora se venden en 100 mil dólares cuando antes valían 10 mil.

(El Consorcio en realidad vendió cada ventilador al IMSS de Hidalgo en un millón y medio de pesos. Es decir, un poco menos de los cien mil dólares citados por el presidente).

En cualquier país democrático, Manuel Bartlett ya hubiera renunciado a su cargo.

Pero estamos en México, y la secretaria de la Función Pública (la señora Ackerman) terminará exonerando al clan.

No podría ser de otra manera.

Otro Negocito. En mi novela Miedo y Asco en Casa Puebla, publicada en noviembre de 2017, hay un capítulo singular que retrata singulares mecanismos de operación de dos personajes.

Le comparto al hipócrita lector las siguientes líneas:

Leo Manuel Fraudlett empezó a viajar a Puebla de manera regular.

El gobernador lo había sentado con un importante empresario mueblero para que lo hiciera socio en un lucrativo negocio de muebles rústicos ubicado en Chipilo. Llegó temprano para comer con su papá y cerrar el acuerdo con Antonio Hibrahim.

—¿Sigues practicando box con Julio César Chávez?

—Sí, papá, pero ya casi no.

—¿Cómo está tu novia?

—¿Quién?

—La güerita de ojos grises.

—Katia. Ya no ando con ella. Ahora estoy con Priscila.

—¿Quién es ella?

—Sobrina de Pedro Aspe.

—¿Ah sí?

La charla giró hacia donde Leo Manuel quería que girara.

—¿Por qué no le dices a Hibrahim que mejor lo veo aquí para que tú estés presente?

—¿Dónde quedaron de verse?

—En Chipilo.

—Ja. No vayas. Que él venga, ¿eh?

Una hora más tarde, Hibrahim estaba en Casa Puebla.

—¿Para qué soy bueno, señor gobernador?

—Nada, Toño. Leo está aquí para que de una vez acordemos los términos de la sociedad, ¿verdad?

—Usted dígame cómo le hacemos.

—Dale a mi hijo el cuarenta por ciento y yo te garantizo que el negocio marchará sobre ruedas, ¿eh?

—¿El cuarenta por ciento, señor?

—El cuarenta. ¿Ya saben dónde van a instalar el taller?

—Mi tío Jaime Aguilar Álvarez me presta una fábrica abandonada que tiene en Iztapalapa. Es enorme —dijo Leo Manuel.

—No se diga más, Toño. Ya está todo, ¿verdad? Urge que mandes a tus mejores hombres para que empiecen a trabajar allá.

—Muy bien, señor gobernador, aunque tengo algunas dudas.

—¿Dudas conmigo? Arréglalas con Mario Torrín y con don Dinero. Ellos que se encarguen de resolverlas, ¿eh?