Último minuto
Viernes, 25 de Septiembre de 2026
Puebla 14°C
Reto Diario | Noticias de Puebla
Ver Episodio Completo

Portada del Día

Cargando Portada...

El AMLO que Quisiéramos Todos

El AMLO que Quisiéramos Todos

Mario Alberto Mejía

La Quinta Columna

Podría estar en desacuerdo con el presidente López Obrador en cuanto a las medidas económicas que dio a conocer para enfrentar la crisis del virus que vino de China.

(Técnicamente estoy en desacuerdo).

Podría burlarme de sus honores a la bandera en solitario, o del himno nacional cantado —¡ahora sí cantó!— en el enorme patio de Palacio.

Podría decir que su informe es el acto surrealista más rotundo que he visto en la vida desde que monsieur Bartlett inauguró una enorme plaza comercial en su doble calidad de socio de la misma y gobernador.

Podría, en serio, pero no lo hago.

Y le digo mis razones al hipócrita lector.

Porque tan sólo imaginar que si AMLO fracasa en esta guerra regresarán Felipe Calderón y los suyos prefiero apostarle mi escaso capital al presidente.

Porque una vuelta al pasado de ese tamaño sería ofensiva para quienes aún le tenemos cierto respeto al sentido común.

No voté por AMLO.

De hecho: en las tres últimas elecciones no voté por AMLO.

Y ya sincerándonos: sólo he votado una vez en mi vida.Tenía 20 años y ya desconfiaba de las elecciones mexicanas.

No obstante, fui a las urnas.

Cuando me dieron la boleta sólo estaba López Portillo en su calidad de candidato del PRI, candidato del PARM y candidato del PPS.

El PAN no presentó candidato y el Partido Comunista Mexicano vivía en la ilegalidad.

(Esa elección fue otro gran acto surrealista).

Estaba por anular mi voto cuando vi que había otra opción: la de votar por el candidato que uno quisiera.

Voté entonces por el poeta Octavio Paz.

Regreso al presente.

No voté por AMLO.

No obstante, y aunque suene mal, lo prefiero a él que a los que conspiran en su contra.

Con los ojos cerrados.

Aunque tengo que aceptar que me caería mejor si actuara como el primer ministro de Canadá, quien, sin tanta alharaca, abrazó a su pueblo a través de un video y anunció acciones cruciales que salvarán a ese país —y sobre todo a su gente— de un quebranto económico brutal.

Ese AMLO nos caería mejor a mí y a muchos otros mexicanos.

Calderón y su rapiña —en la que figura una columnista de la que he hablado últimamente en este espacio— no nos merecen ni el más vulgar de los respetos.

Día 22 de la Cuarentena. Veo el informe del presidente López Obrador. A la par, voy leyendo los tuits que surgen. Lo critican porque está solo en el enorme patio de Palacio Nacional. Si el lugar estuviera lleno de invitados lo criticarían por desafiar la cuarentena.

López Obrador es un presidente polémico. Lo amas o lo odias. Mi vecina, por ejemplo, lo detesta. Ella tiene una camioneta Lincoln blanca y una lengua muy suelta. Se siente la princesa Margarita: esa pobre mujer —muy divertida— que envidió durante muchos años a su hermana Isabel, la reina de Inglaterra. Mi vecina no es divertida, pero envidia a todo mundo pese a que tiene una camioneta Lincoln blanca. (Yo envidio profundamente su camioneta, pero ella no lo sabe).

Mi vecina, pues, odia al presidente. ¿Cómo lo sé? Porque cuando estoy escribiendo o leyendo en el jardín escuchó una voz como trompeta de Dizzy Gillespie. Una voz que me recuerda la de mi tía Virgen cuando regañaba a sus enfermeras por un aborto mal practicado. Una voz como la que tiene en Twitter el ex presidente Calderón o la columnista Lourdes Mendoza: tipluda, desafinada, ruidosa. Con esa voz, mi vecina despedaza honras. (La mía la despedazó desde hace años). Ahora quiere acabar con el presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos (como le dice Lord Molécula). O nuestro “hermano en Cristo” (como le dice la mamá del Chapo).

Odia al presidente mi vecina. Odia también a don Juanito (el jardinero), a don Paulino (que es bueno como el pan), y a su esposo (que maneja un carrito muy modesto). Al presidente, por ejemplo, lo odia por no usar trajes de marca. Odia sus corbatas, sus zapatos (dice que no se los bolea) y las mangas largas de sus sacos. Odia su tonito tabasqueño, la lentitud de sus palabras, y ese ataque permanente a los conservadores.

Mi vecina es conservadora, faltaba más. Añora a don Porfirio (aunque no lo conoció) y a la princesa Margarita, la que odiaba a la reina de Inglaterra.

En este momento, aunque no la veo, siento que mira mi jardín, mi laurel, mis perritas y mis enredaderas con la mitad del odio que guardo para mí. (Diría Sabines)