Adiós al Tren Maya, a Dos Bocas y al Aeropuerto
La Quinta Columna
Mario Alberto Mejía
Hace unos días la vida era otra.
El mundo, tal y como lo conocimos, ya no existe.
El propio presidente López Obrador empieza a saberlo.
No hay nada más viejo hoy en día que hablar de la refinería en Dos Bocas, el Tren Maya y el aeropuerto Felipe Ángeles, en la base militar de Santa Lucía.
El país favorito de los inversionistas extranjeros, México, se fue por el WC.
Qué rápido envejeció todo.
El propio Marcelo Ebrard lo dijo tras anunciar la Emergencia Nacional:
“Si los empresarios no nos ayudan en estos treinta días vamos a tener una crisis económica que durará más de un año. Y habrá más pobres y desempleo”.
No obstante, el presidente dijo este martes por la mañana que cuando todo esto haya pasado —cuando la guerra por fin termine—, convocará a una jornada de besos y abrazos en el zócalo de la Ciudad de México.
Qué rápido envejecen las cosas, las palabras.
Apenas se dicen, ya tienen moho.
Ebrard echó otro cubeta de agua fría la noche del lunes, cuando comparó la situación actual con el terremoto de 1985.
Y vaya que sabe lo que dice, pues esos días terribles los vivió en el Programa de Renovación de la Vivienda Popular.
El gobierno de Miguel de la Madrid terminó el día del temblor: 19 de septiembre de 1985.
Vimos entonces a un presidente horrorizado por el desastre, un presidente ausente.
Ya no iba él a los actos importantes.
Enviaba a dolidos emisarios.
López-Gatell tiene la cara de víctima ideal.
A alguien habrá de culpar cuando esto empiece a descontrolarse.
Estamos en guerra, dicen los que saben.
En consecuencia: habrá que activar una economía de guerra.
Y luego: de post guerra.
Muchos desean en redes el fracaso de López Obrador.
No es mi caso.
Ojalá me equivoque y nos equivoquemos todos, y la estrategia del dejar hacer-dejar pasar funcione quirúrgicamente.
Ojalá el escenario ominoso que nos pintan economistas como Santiago Levy y Carlos Urzúa no se confirme.
Ojalá que JP Morgan falle en su pronóstico de que el Producto Interno Bruto de México se desplomará este año hasta en 7 por ciento.
Ojalá que nuestros muertos por el Covid-19 sean los menos y que el sistema de salud no colapse por la falta de insumos.
Ojalá, ufff.
Ojalá.
Si AMLO derrota la crisis que se ve en el mediano plazo, votaré por él para que nos gobierne cuando menos las siguientes cuatro décadas.
Y hasta lo llamaré “hermano en Cristo”, como le dice la mamá del Chapo.
Día 16 de la Cuarentena. Me entero de que cuando menos estaremos treinta días más en cautiverio.
Sumados a mis dieciséis días, serán cuarentaiséis los que seguiré viviendo mi exilio interior.
Toda una vida.
Leo y escribo más que antes.
Tundo teclas.
Veo series y documentales.
Un tema me obsesiona en los diarios y en las redes: el terrible virus que nació en el mercado de mariscos de un pueblo chino.
Ya nadie anda en las calles, salvo los vendedores de gelatinas, tacos y gorditas.
Los clientes se han evaporado.
Desaparecieron de un día a otro.
¿Quién consume ahora los jugos de naranja o las pollas de los puestos informales?
¿A quién auxilia el viene-viene?
El mundo se ha vuelto un poema de Octavio Paz:
Calles vacías, luces tuertas.
En una esquina,
el espectro de un perro.
Busca, en la basura,
un hueso fantasma.
¿A qué lugar fuimos a dar todos?
¿Cuál fue nuestro error?
¿Qué dejamos de hacer para que este encierro se diera?
Otra vez la voz de Paz:
El bien, quisimos el bien:
enderezar al mundo.
No nos faltó entereza:
nos faltó humildad.
Lo que quisimos no lo quisimos con inocencia.
En la televisión quedan los John Ackerman sin discurso y las Sabinas Berman desfiguradas.
Qué rápido se acabó el optimismo.
Las benditas redes sociales dejaron de serlo: hoy se han teñido de maldad, asegura el presidente.
¿Gibrán Ramírez y las focas aplaudidoras, qué se hicieron?
el escorpión meloso y con bonete,
el tigre con chistera, presidente
del Club Vegetariano y la Cruz Roja, el burro pedagogo, el cocodrilo
metido a redentor, padre de pueblos, el Jefe, el tiburón, el arquitecto
del porvenir, el cerdo uniformado
Todos ellos perdieron la sonrisa.
Una mueca les cambió el rostro.
El vocero Lopez-Gatell entró a la casa de los espantos.
Sus ojos desorbitados lo dicen todo.
¿Adónde se fueron los cuatroteístas?
¿Tan rápido se acabó la fiesta?
