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El Helicóptero Carcacha de los Moreno Valle

El Helicóptero Carcacha de los Moreno Valle

Por Mario Alberto Mejía

La Quinta Columna

15 meses después del siniestro en el que perdieron la vida Martha Erika Alonso y Rafael Moreno Valle por fin hay un dictamen.

"El helicóptero no debió haber volado el 24 de diciembre de 2018", dijo el viernes Jiménez Espriú, titular de la SCT.

Sostiene el dictamen: "Desde el 17 de diciembre el helicóptero (Agusta) no estaba aeronavegable".

No obstante, jura, voló treintaiún veces más.

En otras palabras, siempre de acuerdo con el multicitado dictamen, el helicóptero estaba hecho un asco.

Inservible.

Totalmente descompuesto.

Con los tornillos sueltos.

Rafael Moreno Valle era implacable en el tema de la excelencia.

No admitía errores.

La duda mata: ¿Por qué abordó un aparato en esas condiciones?

En conclusión —siempre de acuerdo con Jiménez Espriú—: la empresa Servicios Aéreos del Altiplano (SAASA) operó criminalmente el helicóptero en el que murieron Martha Erika Alonso y Moreno Valle.

El dictamen determinó también que Roberto Cope Obregón, capitán de la aeronave, y Marco Antonio Tavera Romero, primer oficial, estaban enterados de que el helicóptero era una carcacha, y aún así lo pilotaron.

Todos sabían que el Agusta estaba en pésimas condiciones para volar: la empresa, el taller que le daba servicio y los pilotos.

Los únicos que lo ignoraban eran, ufff, Martha Érika y Moreno Valle.

Día 13 de la cuarentena. Voy a Superama Zavaleta.

Está lleno.

Todos portan tapabocas y guantes.

Parecen astronautas rusos perdidos en algún planeta.

Miran a los otros como posibles portadores del maldito virus.

Los ojos de pánico hablan de sus horas más recientes.

Horas de horror y desconcierto.

Los carritos van llenos de papel de baño, gel para manos y latas de caviar y de chiles La Morena.

Nadie lleva jamones ni perecederos.

Parecen zombies salidos de una película de El Santo.

Uno de ellos tose debajo de su tapabocas.

Tose escandalosamente, y da miedo.

Todos, yo incluido, nos alejamos de él como si tuviera lepra.

Cada uno guarda el metro de distancia obligatorio para no invadir la nube tóxica del otro.

Las cajeras son potenciales sospechosas.

Las señoras de guantes y tapabocas las ven con disimulo.

Siempre las han visto así, pero ahora más.

Ya no están los “cerillos”, esos ancianos que guardaban la mercancía en bolsitas de plástico ya prohibidas.

Todo es autoservicio.

Los astronautas rusos bajan por la escalera eléctrica y suben a sus camionetas de lujo.

No hablan.

Musitan.

Tosen.

Sueltan la amarillenta flema en su tapabocas húmedo.

Llevan sus ojos de pánico a otras zonas en las que tampoco confían en nadie.

Día 14 de la cuarentena. Para tranquilizarme, leo la revista Proceso y descubro horrorizado que 40 millones de mexicanos vamos a desarrollar síntomas de coronavirus y a quebrar en nuestras finanzas personales.

Cosa curiosa: son dos fuentes distintas las que cita Proceso, por lo que ese número —40— se vuelve emblemático.

Si somos casi 120 millones de mexicanos —según el INEGI—, la tercera parte de los habitantes recibiremos el doble coletazo del COVID-19.

(Me incluyó para no pasar por optimista).

Es decir: uno de cada 3 mexicanos nos veremos afectados en la salud y en el bolsillo, en la enfermedad y en el dinero.

Proceso no dice que seremos los mismos necesariamente los que estaremos en esa situación, pero en un ejercicio de pesimismo no suena mal que la doble desgracia caiga sobre idénticas personas.

¿Qué harán los 80 millones sanos y salvos?

Irán a esquiar a Vail o a Whistler, y nos verán con binoculares a lo lejos para no contaminarse.

Algo no me cuadra: si hay 53 millones de pobres en el país, ¿cómo se repartirá la doble desgracia?

¿Otra vez las vacas flacas caerán en el mismo corral?

Cierro la revista Proceso porque ahora sí ya me deprimí.

La Muerte del Poeta. Cada vez que muere un poeta algo se muere alrededor nuestro.

Algo más que la muerte del poeta.

De Roberto Martínez Garcilazo me quedo con su generosidad, con algunos versos, con esa carcajada inacabada, con su mano de amigo, con las indulgencias de Lupita —su querida y amada esposa— y con esas grandes comidas que tuvimos en su casa y en la mía.

Luego sobrevino la ausencia.

(Inexplicable, como todas las ausencias).

Pensé en buscarlo varias veces.

No lo hice.

Debí llegar hasta su casa de la 6 oriente, en la calle de los Gallos, y abrazarlo.

Y luego entrar al hogar que construyó con tanto amor con Lupita y con sus hijos.

Debí llevar una botella de vino y beberlo con ellos para celebrar nuestra amistad.

Pero no lo hice.

Hoy lo lamento.

Su muerte me duele en el esternón y en la rodilla derecha.

Descansa en paz, querido poeta.