Priistas poblanos exigen el distanciamiento que (muchos de ellos) no ejercieron
A Puerta Cerrada
Por: Jorge Rodríguez
Sí y no.
Los priistas de Puebla tienen razón en querer descifrar el verdadero nivel de competencia electoral que impulsará el Comité Ejecutivo Nacional de su partido en contra del morenogalismo para los comicios de 2018.
Si pretenden entrarle a la contienda como candidatos a un cargo de elección popular, tienen derecho a saber si la pelea será de a de veras o si solo será parte de un montaje político previamente armado desde la capital del país, en el que Enrique Peña Nieto y Rafael Moreno Valle sean los principales artífices.
“¿Para qué tirarse a matar (en estricto sentido figurado) si en la cúpula se celebran acuerdos inconfesables, incluido el resultado de la elección?”, se preguntan los aspirantes del PRI en un genuino interés por conocer el margen de maniobra que habrá en la disputa del próximo año.
Por eso, cuestionar a Enrique Ochoa Reza sobre este tema en particular era un punto obligado para los “liderazgos” tricolores reunidos el miércoles en torno a su dirigente nacional.
Así lo hicieron.
Interrogaron lo que debían y recibieron en respuesta lo que ya sabían que iban a recibir: la negación.
El dirigente juró que no hay ni habrá pacto con Moreno Valle para ceder Puebla y descalificó a quienes, desde dentro o fuera del PRI, piensen y divulguen lo contrario.
Ochoa Reza no iba a reconocer jamás que el ex gobernador poblano es aliado político de su jefe, el Presidente, y que, en esas condiciones, era posible llevar a cabo un acuerdo de esa naturaleza.
Lo que hizo fue cumplir con el deber de contestar que “no”.
Donde los priistas poblanos no tienen razón es en tratar de culpar por adelantado al Presidente y al ocupante del CEN de una nueva y eventual tragedia electoral, cuando muchos de ellos fueron cómplices beneficiarios de Moreno Valle durante su mandato.
Antes de que Peña Nieto apareciera en escena, en diciembre de 2012, una buena parte de los priistas del estado ya se había puesto a las órdenes del entonces nuevo gobernador.
El saldo de esa perversa relación de complicidad es de dominio público.
En seis años, una horda de tricolores convenencieros ayudó a Moreno Valle a aniquilar a su propio partido.
Fernando Morales Martínez representa el caso más elocuente.
Pero el hijo del ex gobernador Melquiades Morales Flores ya está fuera del PRI.
El problema son aquellos que siguen dentro y que el miércoles compartieron el pan y la sal con Ochoa Reza, por cierto, muy indignados todos.
Entre los aspirantes que le exigen al priismo nacional un rompimiento real con Moreno Valle abundan antiguos aliados del ex gobernador.
Ellos saben quiénes son, lo que hicieron y lo que consiguieron a cambio.
Que ahora quieran olvidarlo es otra cosa.
Si los números de la elección local les resultan desfavorables, y si conservan un poco de congruencia, entenderán que la culpa habrá sido de todos, no solo de la cúpula.
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