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El gran fracaso de los Oples

El gran fracaso de los Oples

Las serpientes y escaleras

Por Ricardo Morales

La reforma electoral, a nivel federal, realizada en el 2014, la cual derivó en la creación del INE, para sustituir al IFE, tenía como principal objetivo, recuperar la confianza perdida, luego de que el entonces Instituto Federal Electoral, se prostituyera en manos del “maguito”, Luis Carlos Ugalde en el 2006.

Toda la confianza que el órgano ganó durante la gestión de José Woldenberg y su impecable actuación en el proceso electoral del año 2000, aderezado por la alternancia, el triunfo del PAN sobre el PRI, parecían conducir por fin a México por el camino de la democracia y la transparencia.

El “maguito” Ugalde, protegido de la maestra Elba Esther Gordillo, ocupó el lugar dejado por Woldenberg y ahí volvió el descrédito con la penosa actuación de este personaje, quien avaló el fraude perpetrado por Fox y su pandilla en contra de Andrés Manuel López Obrador, el cual encumbró a Felipe Calderón.

Leonardo Valdés, quien manejo al IFE del 2008 al 2014, en términos generales entregó mejores resultados, pero de nueva cuenta la actuación del órgano electoral quedó empañada por la elección del 2012, en donde triunfo el priista Enrique Peña Nieto, pero a un altísimo costo.

La confianza perdida obligó a una nueva reforma que le cambio el nombre al organismo para pasar de IFE a INE, pero que dentro de lo más significativo, pretendía, quitarles el control, de los órganos electorales a los gobernadores en los estados y devolver la confianza pérdida en las instituciones.

Ingenuamente se creyó que con esta reforma la confianza pérdida en las se iba a recuperar, lo cual no fue así.

Los órganos electorales en los estados, aun con la reforma quedaron en manos de los gobernadores y de los partidos políticos, dándole al traste a la ciudadanización de los mismos y por ende a la incipiente democratización del país.

La gran prueba de fuego para los órganos electorales locales (Oples) llegó en las pasadas elecciones celebradas en el Estado de México y Coahuila, en donde por lo reñido de las contiendas era vital una actuación impecable por parte de estos órganos para evitar los conflictos poselectorales, pero lastimosamente fracasaron.

Los Oples del Estado de México y de Coahuila quedaron en evidencia, ni son ciudadanos, ni están en manos de gente preparada, están integrados en su mayoría por burócratas gubernamentales y por representantes de partidos políticos.

Esta demás decir, que ninguno de los dos Oples, el del Estado de México y el de Coahuila, pasaron la prueba y hoy están metidos en graves problemas, acusados de haber alterados los resultados en ambas entidades para beneficiar al PRI.

Hoy, el sentir general es que los órganos electorales en ambos estados fallaron en su misión y lo mismo puede ocurrir en cualquier entidad en donde estas instituciones, están en el “ojo del huracán”, al estar integradas en su mayoría, repito, por gente que no es especializada en el tema.

Aún recuerdo como si fuera ayer, que la reforma electoral del 2014 tuvo como propósito fortalecer a las autoridades electorales, de tal modo que no quedarán dudas sobre su imparcialidad.

El punto primordial era definir si se debían eliminar o no a las autoridades electorales de los estados y conservar solo a la autoridad federal.

Al final quedó una mezcla de las dos propuestas que en nada abonó al perfeccionamiento de los procesos electorales en el país.

Ahora la gran pregunta es, si el propio Instituto Nacional Electoral (INE) está a la altura del gran reto que representa la organización del proceso electoral del 2018, la madre de todas las batallas, pero sobre todo si tendrá la credibilidad y la solides moral suficiente.