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Alejandro Armenta, entre la indefinición y el oportunismo político

Alejandro Armenta, entre la indefinición y el oportunismo político

Cuitlatlán

Por Fermín Alejandro García

Los que conocen de cerca a Alejandro Armenta Mier saben que su principal problema es que es un político irascible e indeciso, sin convicciones, que es crítico en ciertos momentos y luego se retracta. Por eso en el presente no sabe decidir si entrar al Partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) o quedarse en el PRI. Esa condición provocó que hace siete años no fuera candidato a la gubernatura del estado o la alcaldía de Puebla, pese que tenía el respaldo de la entonces dirigente nacional del tricolor, Beatriz Paredes Rangel.

A eso se debe que esté dando el espectáculo de acudir a la ciudad de México a un acto público de Morena, de tomarse una foto sonriente con Andrés Manuel López Obrador y firme un acuerdo con esa fuerza política, para después aclarar que no deja el PRI y que no apoya a López Obrador en su proyecto de ser candidato presidencial. Dicho de otra manera, el legislador tiene una revoltura de pensamientos y no sabe poner orden a sus ideas.

Y se exhibe como un político que se acerca a Morena para presionar al PRI, y que al final lo único que le interesa es obtener una candidatura de alguna de esas dos fuerzas políticas. Lo cual lo coloca como un mercenario, un personaje que no tiene convicciones.

En el acto del domingo pasado estuvieron tres poblanos destacados: los senadores Luis Miguel Barbosa Huerta y Manuel Bartlett Díaz, además de Alejandro Armenta Mier. Los dos primeros son políticos de izquierda, que están de lleno con Morena, más allá de que si obtienen o no una candidatura u otra posición, y sin importarles el riesgo de que Andrés Manuel López Obrador pierda su tercera búsqueda de la presidencia de la República. Mientras que el priista actúa como un adolescente, que va a un evento político y no sabe si le gusta o no le gusta.

Esa condición le quitó a Armenta una oportunidad inmejorable. Fuentes confiables narran la siguiente historia:

Un día visitó Puebla la entonces presidente nacional del PRI, Beatriz Paredes Rangel, para entrevistarse con quien era titular del Poder Ejecutivo, Mario Marín Torres, y expresarle que no estaba de acuerdo en que su grupo político acaparara las dos principales candidaturas del proceso electoral de 2010, al postular a Javier López Zavala como aspirante a la gubernatura y Mario Montero Serrano a la alcaldía de la ciudad de Puebla.

Paredes fue contundente: con ambos candidatos, del mismo grupo marinista, se provocaría una rebelión del electorado y de amplios sectores del propio PRI contra la facción política del entonces gobernador de Puebla.

Le dijo a Marín hasta el cansancio que era una dupla muy impopular, que iba solamente a beneficiar al candidato opositor al marinismo: Rafael Moreno Valle Rosas.

Ante la negativa de Marín de escuchar los argumentos de Beatriz Paredes, quien había impulsado la fallida postulación de Blanca Alcalá, la presidente del PRI le advirtió al gobernador que si no hacía cambios en las candidaturas el partido no apoyaría las campañas electorales de Puebla.

Marín le dijo a Beatriz Paredes que si tenía un mejor candidato que López Zavala o Montero Serrano, que no fuera Blanca Alcalá o Enrique Doger –quienes gozaban del odio marinista–, que pusiera su nombre sobre la mesa y discutieran la viabilidad de postularlo.

El gobernador quedó sorprendido cuando de inmediato la ex mandataria de Tlaxcala le dijo que la mejor opción era Alejandro Armenta Mier, entonces presidente estatal del PRI, quien era un político joven, con un discurso fresco, sin escándalos de corrupción y que no era identificado como una continuidad del marinismo.

Para salir del paso, Marín le dijo a Beatriz Paredes que Armenta debía pelear por alguna de las dos candidaturas en juego. Que si demostraba tener la capacidad, entonces él cedía y permitía que se le postulara en alguna de las dos posiciones en cuestión.

Beatriz Paredes, luego de hablar con Marín, le comunicó a Alejandro Armenta que buscara imponerse como candidato.

Un testigo de ese episodio narra que Armenta aceptó la propuesta de Beatriz Paredes, que definió una estrategia para posicionarse, para a continuación no hacer nada y quedarse callado durante el resto del proceso electoral de 2010.

Con el paso de las semanas, Beatriz Paredes se desencantó de Armenta al percatarse que no había intentado colocarse como candidato a gobernador o alcalde de la capital.

Al final la presidente nacional del PRI se olvidó del proceso electoral de Puebla. Le dijo a Marín que él sería el único responsable del resultado final de la contienda. Desde ese momento la priista se deslindó de la derrota que acabó sufriendo el tricolor.

Luego del proceso electoral de 2010, Armenta se dedicó a decirle a todo mundo que Mario Marín le retiró el saludo a lo largo de casi todo el proceso electoral de ese año.

Que advirtió desde un principio de las debilidades de las candidaturas de Javier López Zavala y Mario Montero.

Que supo de las encuestas en las que el PRI perdió 10 puntos de popularidad cuando cuajó la alianza entre el PAN y el PRD, en torno a Moreno Valle como candidato a gobernador, y que de ahí en adelante el tricolor ya nunca pudo reponerse en los índices de intención del voto.

El problema de todas esas observaciones es que Armenta nunca hizo nada para rebelarse contra la manera en que se llevó al PRI a la derrota en 2010.

Porque siempre es un político indeciso, que no sabe tomar rumbo. Tal como ahora que se toma una foto con López Obrador, pero un día después se retracta y dice que no lo apoya.