Dilema de AMLO para Puebla: evitar el “graquismo” o hacer una amplia alianza política
Cuitlatlán
Por Fermín Alejandro García
En Puebla, Andrés Manuel López Obrador enfrenta un complicado dilema: elegir entre evitar lo que en Morena le llaman el “graquismo”, que consiste en hacer aliados y que éstos después traicionan al lopezobradorismo, o en decidirse a abrir las puertas del Partido Movimiento de Regeneración Nacional para que entren destacados priistas, ex morenovallistas y ex colabores de izquierda que le permitirían armar una estructura electoral sólida para enfrentar los comicios de 2018, pero que son vistos como personajes ajenos a la lucha ideológica que el tabasqueño ha estado librando desde el año 2000.
¿Qué es “el graquismo”? Es un término acuñado entre miembros de la dirigencia nacional de Morena para hablar de políticos que han ganado importantes plazas electorales por el impulso que recibieron de Andrés Manuel López Obrador, y que una vez instalados en el poder le han dado la espalda al líder de Morena, para acabarse aliando con el PAN o con el PRI, además de convertirse en furibundos anti–lopezobradoristas.
Es claro que ese término surgió directamente por el comportamiento del actual gobernador de Morelos, Graco Ramírez Garrido Abreu, quien durante muchos años fue un opositor de izquierda en su estado, pero sin posibilidades de conquistar el gobierno de esa entidad.
En el año 2012 Graco Ramírez, aprovechando que había una ciudadanía cansada de la corrupción de los gobiernos del PRI y del PAN, que convirtieron esa parte del país en un bastión de un par de cárteles del narcotráfico, y por el impulso decidido que le dio López Obrador, pudo arrasar en la renovación de la titularidad del Poder Ejecutivo.
Una vez instalado en el poder, Graco Ramírez echó a andar un gobierno ajeno a las propuestas centrales del movimiento lopezobradorista. En Morelos la mayoría del electorado votó por el PRD por la expectativa de que la presente administración estatal estaría basada en los principios ideológicos enarbolados por López Obrador, desde que fue jefe de Gobierno del Distrito Federal, lo cual no ocurrió así. El mandatario morelense lleva una administración errática, sin cumplir con el cambio prometido, que se ha enfrentado con la sociedad civil y no ha podido frenar el clima de inseguridad.
Para salvar “el pellejo”, Graco Ramírez encabeza la lista de gobernadores que se han unido al PRI y el PAN para buscar frenar el avance electoral de López Obrador, la cual es una iniciativa que se dice habría sido diseñada por el ex presidente Carlos Salinas de Gortari y el panista Diego Fernández de Cevallos. Uno de los principales operadores de ese frente es el ex gobernador de Puebla Rafael Moreno Valle Rosas.
Graco Ramírez le debe la gubernatura a López Obrador, pero fue de los primeros gobernadores, luego de la última elección presidencial, que desataron una ola de ataques contra el tabasqueño, llamándolo “líder mesiánico” y tildándolo de ser una amenaza en contra de la estabilidad del país. Es el mismo discurso que enarboló el PAN en las contiendas de los años 2006 y 2012, pero que ahora cobra relevancia por venir de la boca de un destacado miembro del PRD.
Se dice que a Graco Ramírez le habrían ofrecido que el PRI y el PAN le ayudarán a que uno de sus parientes o un político controlado por él pueda ganar la siguiente gubernatura de Morelos y de esa manera le garanticen impunidad. El precio de ese arreglo es que se dedique a atacar a Andrés Manuel López Obrador.
Y como Graco Ramírez han actuado Arturo Núñez Jiménez, el gobernador de Tabasco, y Miguel Ángel Mancera, el jefe de Gobierno de la Ciudad de México. Ambos no hubieran podido llegar al poder sin el respaldo de Andrés Manuel López Obrador, y ahora son incondicionales de Los Pinos y se dejan usar para atacar a Morena y a su líder nacional.
Ahora, para el caso de Puebla, López Obrador enfrenta el dilema de evitar un “graquismo” o de unir todo tipo de fuerzas políticas para ganar la próxima elección. No es un asunto menor ni sencillo.
El universo de aspirantes que estarían buscando ser el próximo candidato de Morena a la gubernatura se ha ensanchado a siete figuras: los priistas Enrique Doger Guerrero, Javier López Zavala y Alejandro Armenta Mier; el líder de los senadores del PRD, Luis Miguel Barbosa Huerta; el edil de San Pedro Cholula, José Juan Espinosa Torres, y los miembros de Morena Abraham Quirós y Rodrigo Abdala.
De esos siete, ¿quiénes son garantía de que una vez instalados en Casa Puebla o en otro cargo relevante de elección popular –como senador o alcalde de la capital– tendrán congruencia con los principios de Morena y lealtad para con López Obrador?
A poco más de la mitad de esos personajes se les percibe que están buscando ser el candidato de Morena simplemente por ser la fuerza política que está mejor posicionada en el ánimo de la mayoría del electorado. Es decir, es la única vía que los podría llevar a la conquista del poder político. Pero en realidad son ajenos a los principios ideológicos del Movimiento de Regeneración Nacional.
Ante esa circunstancia se anticipa que si alguno de ellos gana la gubernatura y López Obrador no sale triunfante en la contienda presidencial, podría acabar siendo una imitación de Graco Ramírez y darle la espalda al dirigente de Morena.
Al mismo tiempo, en el círculo cercano de López Obrador se tiene plena conciencia de que se necesita hacer alianzas políticas para generar un ejercito de brigadistas que cuiden las casillas y evitar un fraude electoral como el del año 2012. Puebla es un estado prioritario para que Morena gane la elección presidencial, por ser una de cuatro entidades que más sufragios aportan en el país.
Se dice que por este dilema de elegir entre evitar un “graquismo” o aceptar la necesidad de hacer alianzas, López Obrador se abstiene de hacer cualquier definición de quién podría ser el candidato de Morena a gobernador de Puebla.
Hasta finales de este año habrá de desenredar la madeja el líder de Morena para decidir qué derrotero tomar en el caso de Puebla.
