Pemex jubila al líder sindical Roberto Castro y su familia no quiere dejar el poder
Cuitlatlán
Por: Fermín Alejandro García
El miércoles pasado terminaron 44 años de cacicazgo en la sección 46 del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM), con sede en el complejo petroquímico de San Martín Texmelucan, ya que ese día le concedieron la jubilación a Roberto Castro Lozada, el eterno y poderoso dirigente de esta organización. Sin embargo, las cosas no concluye ahí, ya que su familia encabezada por su hijo Javier Castro Vargas está luchando por imponer al sucesor del patriarca, pese a que existe una disposición de la cúpula nacional del STPRM de que no sea así.
Dicho de otra manera, Castro Lozada ya dejó de ser dirigente y miembro activo del STPRM, pero se sigue aferrando a conservar el poder que detentó desde 1972 sin ninguna oposición y en el que nunca ha rendido cuentas del manejo de las cuotas de los trabajadores, los cuantiosos bienes del sindicato y las obras que Petróleos Mexicanos (Pemex) le permitió realizar a la agrupación gremial.
Las tres últimas semanas en el cargo de secretario del Interior de la sección 46 del STPRM –que es el segundo puesto en importancia, pero que desde ahí controlaba al sindicato– se dedicó a recorrer todas las áreas de Pemex para despedirse de los trabajadores y sacar su consentimiento a un acuerdo que le permite irse del cargo sin rendir cuentas del manejo financiero de la organización.
Roberto Castro Lozada en 1972 saltó de ser un simple trabajador del área de Contabilidad de Pemex a dirigente del sindicato. A lo largo de los últimos 44 años se reeligió en cinco ocasiones como secretario general y en otras tantas, ocupó la Secretaría del Interior, para aparentar que había democracia interna y había cambio de dirigentes.
Entre los años de 1989 y 1990 estuvo nueve meses fuera del poder y oculto en Estados Unidos, ya que ante la caída del otrora dueño del STRPM, Joaquín Hernández Galicia alias “La Quina”, se desató una persecución contra todos sus hombres de confianza. Castro pudo regresar a México y a Texmelucan hasta que recibió el perdón de Carlos Salinas de Gortari.
Castro desconoció su lealtad a “La Quina” y eso le permitió regresar al poder, pero sobre todo que se dejara de investigar un presunto quebranto que una auditoría destapó en la sección 46 del STPRM por el orden de 6 mil 800 millones de viejos pesos.
A lo largo de los años posteriores, Castro fue implacable para no tolerar la más mínima disidencia o cuestionamiento a su gestión. Hizo una limpia de todos los trabajadores críticos. Con el único que no pudo fue con Rubén Quintero, quien era uno de los más rabiosos y radicales opositores al cacicazgo de los petroleros.
Hace aproximadamente 15 años Roberto Castro y Rubén Quintero llegaron a un acuerdo, mediante el cual el segundo de ellos se desistía de toda posición crítica a cambio de compartir el poder.
Durante más de década y media, Quintero y Castro cada trienio se rotaban los dos en los puestos de la Secretaría General y la Secretaría del Interior. Aunque en la práctica, quien mandaba era Roberto Castro, sin importar en qué posición le tocara estar.
Ahora Rubén Quintero se ha aferrado a la determinación de que él decidirá quien ocupará el cargo que deja vacante Roberto Castro, ya que se siente con el derecho de volverse en el nuevo cacique.
Se sabe que Roberto Castro no ha logrado la aceptación de la cúpula nacional del STPRM de poner a su sucesor.Por eso se respira un aire de tensión en la sección 46 del STPRM por la disputa que existe entre Quintero y la familia de Castro, ya que se dice que el hijo del viejo cacique tiene apostado un grupo de choque para evitar que esta semana se lleve acabo la asamblea extraordinaria en donde se nombraría al sustituto del viejo dirigente.
Es un pleito que resulta ajeno al grueso de los trabajadores de Pemex, quienes opinan que Quintero tiene el control del sindicato y la familia de Roberto Castro ya sólo está tirando patadas de ahogado.
Aun así hay un clima de miedo, ya que el asunto podría acabarse resolviendo de manera violenta, tal como ocurría cuando alguien quería levantar la voz contra Roberto Castro.
Hace un año, por el mes de junio, fue cuando se escuchó por primera vez que Castro se proponía jubilarse. En aquel entonces dispuso que el segundo de sus hijos, Javier Castro Vargas, de 30 años de edad, fuera su sucesor. Por esa razón este hombre, sin tener una representación sindical relevante, se dedicó a recorrer todas las áreas de Pemex para repartir regalos entre los trabajadores.
Se quería que el relevo fuera en octubre de 2015 y que la secretaría general recayera en Javier Castro, pese a carece de trayectoria en la agrupación gremial.
Esa propuesta no gustó en la cúpula del STPRM; por eso primero obligaron al cacique a que retirar a su hijo de estar haciendo proselitismo y dejara de aspirar a ser secretario general.
Luego se pospuso la jubilación de Castro, la cual se produjo la semana pasada.
Ahora hay intentos de que se vaya con las manos vacías y no pueda nombrar a quien lo sucederá.
