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El Feminicidio como Arma Electoral

El Feminicidio como Arma Electoral

La Quinta Columna por Mario Alberto Mejía

 Cosa curiosa: los mismos que lucran cada vez que pueden con la muerte de un menor en Chalchihuapan son los indignados espontáneos que reclaman la alerta de género en Puebla en el tema de los feminicidios.

Algunos de ellos -oh, contradicción- son desde hace años usuarios destacados de escorts de todo tipo: mexicanas modestas provenientes de poblaciones alejadas y rusas o húngaras que seguramente forman parte de las mafias internacionales de tratantes de personas.

(No dudaron en participar con el mismísimo Mario Marín en esas bacanales. Y no lo hicieron una vez.

Fueron varias y notables las jornadas que dedicaron a esos fines).

Sus tuits hablan por ellos mismos.

Son homofóbicos, sexistas y machistas.

Sus expresiones públicas están más cerca del Gori Guerrero y El Cavernario Galindo que de José Woldemberg o Jesús Silva Herzog Márquez.

Piden a gritos la alerta de género porque siguen el guión que les dictan desde una oficina de la Sedatu en México.

Que Juan Carlos Lastiri promueva esas campañas en estas épocas electorales tiene una "justificación partidista", pero que le hagan el coro nuestros personajes vulgariza todavía más un tema serio y repugnante como el de los asesinatos de mujeres.

Sergio González Rodríguez publicó en 2002 un libro excepcional: Huesos en el desierto (Anagrama, España).

Durante seis años fue investigando y armando minuciosamente una galería terrible: la de los cientos de feminicidios que se dieron en los años noventa en Ciudad Juárez, Chihuahua.

(La corona en esa materia la tiene actualmente un estado netamente priista: Edomex).

González Rodríguez nos recuerda en su libro que al inicio del siglo XXI en México, por cada nueve hombres víctimas de homicidio doloso se mata a una mujer; "en Ciudad Juárez, Chihuahua, en la frontera norte con Estados Unidos, la proporción aumenta a cuatro asesinadas".

Según el autor, en una década hubo más de 300 mujeres asesinadas, 30 de ellas formaban parte de "una trama compleja de violencia sexual, cantinas, bares, bandas delincuenciales e inculpaciones mutuas entre diversos protagonistas de la vida colectiva".

El término feminicidio prácticamente nació también en esa orgía de horror colectivo que generó un "impulso de normalizar la barbarie en las sociedades contemporáneas".

¿De qué se hablaba en las mesas presididas por el entonces gobernador Marín en Casa Puebla en las que abundaban amigos, socios, periodistas y alcohol? Una buena parte de la conversación giraba sobre las prostitutas VIP, y todo en el contexto de un lenguaje que de entrada las discriminaba.

En ese tipo de expresiones se cocina el caldo de cultivo de la violencia contra las mujeres.

¿Qué clase de sociedad es esa en la que vemos con una normalidad asquerosa los crímenes de odio? En 1996, en Huauchinango, un primo de quien esto escribe fue asesinado brutalmente por el delito de ser gay.

Los asesinos hundieron en su cuerpo unos desarmadores alrededor de doscientas veces.

Cuando la gente se enteró hubo voces estúpidas que exclamaron: "¡Él se lo buscó!".

Las mujeres que han sido asesinadas por sus novios o parejas en los últimos meses fueron sacrificadas también por una sociedad que vuelve a la víctima doblemente víctima.

Los comentarios dolosos no han escaseado en esta trama.

Lo que no se vale es que cantemos el coro que nos quieren imponer aquellos que no tienen el menor respeto por las mujeres y que sólo buscan lucrar electoralmente.

Usar a las víctimas para ganar votos es una nueva agresión contra ellas.

Es como escupir sobre sus cadáveres.