El fantasma de la Suprema Corte
La Quinta Columna
Mario Alberto Mejía
¿En qué momento Mario Marín Torres perdió el control de su cuarto de máquinas y enfiló como un Titanic sin reflejos hacia una zona de icebergs que lo dejaría en calidad de paria de la política? ¿En qué momento escuchó las últimas notas de la orquesta del Titanic al tiempo que veía inevitablemente cómo en ese momento perdía su capital político, su futuro inmediato, sus años de poder en Casa Puebla? El 14 de febrero de 2006, Marín creyó -gracias a sus pésimos amigos y asesores- que el caso Lydia Cacho pasaría pronto y que al poco tiempo la gente estaría hablando de otro tema.
Por eso para él ese Día de San Valentín fue un día normal. "No leo chismes", declaró ufano.
La falta de reflejos lo llevó a una condición peor que asimiló como propia cuando López-Dóriga y Loret de Mola lo exhibieron en televisión nacional como una escoria del priismo.
Los primeros signos de la debacle no los leyó en la prensa local, donde sus alcahuetes y mantenidos primero ignoraron la nota y luego quisieron revertirla con sus mediocres argucias cargadas de mentiras y medias verdades.
Fue la prensa nacional la que le hizo ver el tamaño del boquete a su Titanic.
En el cuarto de máquinas todo era un ir y venir desesperado, mientras en el salón de fiestas nuestro héroe de la película transitaba con una copa de champaña rose entre los dedos.
La primera traición vino de Roberto Madrazo Pintado, candidato del PRI a la Presidencia de la República, que empezó a cabildear con los gobernadores de su partido en aras de que fueran estos los que defenestraran a Marín.
"A nadie le conviene un escándalo de esta naturaleza en plena campaña. Menos a mí", dicen que admitió Roberto Madrazo ante los suyos.
En un primer momento, los gobernadores estuvieron de acuerdo, pero hubo uno entre ellos -Enrique Peña Nieto, del Estado de México- que tuvo una reflexión que pronto sirvió como una llanta en el océano para el gobernador de Puebla: "Si ahorita cae Marín después caeremos todos nosotros".
En ese momento, Madrazo se quedó solo y exhibido.
Y algo más: vulnerado, absolutamente, en el mar proceloso de los tiempos electorales.
El tiempo y sus nuevos enemigos como Marín le cobraron la afrenta y lo enviaron a un tercer lugar en la contienda.
Repudiado públicamente -tenía que salir de los restaurantes por la cocina-, Mario Marín acudió a Los Pinos para negociar.
Su interlocutor fue Carlos Abascal, secretario de Gobernación, quien lo escuchó como un cura escucha a los pecadores.
Entonces el partido en el poder, el PAN, encontró una solución: lo ayudarían a condición de que Marín entregara la plaza poblana -bajara los brazos- en aras de que Felipe Calderón triunfara en cada rincón del estado.
En esa negociación participaron, además, Manuel Espino, a la sazón presidente del Comité Ejecutivo Nacional del PAN, y Eduardo Rivera Pérez, dirigente del PAN en la entidad.
Los tres se reunieron en la habitación de un hotel para arreglar los últimos detalles.
Marín pidió un pequeño favor en ese mar de deslealtades: que los panistas dejaran de exhibirlo en público como lo habían venido haciendo.
Así ocurrió.
Incluso los panistas más beligerantes dejaron de tocar a Marín en los medios de comunicación.
El resultado fue inmejorable para las dos partes: Marín enfrentó con éxito los ataques en las cámaras de Senadores y Diputados -no lo tocaron ni con el pétalo de una "urgente y obvia resolución"- y Calderón se impuso tranquilamente en el estado.
Pero la guerra no había terminado.
Faltaba la peor: la de la Suprema Corte de Justicia.
Una vez que Felipe Calderón llegó a Los Pinos, olvidó sus promesas de campaña.
Una en particular: la de meter a la cárcel a su gobernador aliado.
Los operadores de Marín empezaron a cabildear con los ministros de la Corte.
La mitad estaba en la bolsa.
La otra mitad, no.
Mariano Azuela vio con muy buenos ojos que a un lado de Ciudad Judicial el obsequioso gobernador construyera una zona para los magistrados y jueces federales.
En pleno caso Cacho-Marín, Azuela y otros ministros vinieron a inaugurar la sede y sólo tuvieron elogios para él.
Apoyándose en un bufete jurídico encabezado por Alonso Aguilar Zínser, el gobernador inició la guerra de las cifras en la Corte.
La ministra Olga Sánchez Cordero, que había venido siendo tan dura y tan congruente en sus votaciones, tiró el arpa a las doce menos quince y pasó a reconocer que el delito que Marín había cometido en contra de la periodista en realidad "no era tan grave".
Ya sin condena de la Corte, nuestro personaje creyó que podría volver a gobernar su estado.
No fue así.
Su mala fama pública no pudieron limpiarla los ministros adictos y la condena moral lo acompañó hasta el final de su sexenio.
Hoy en día la gente sigue recordando esa conversación que un día de invierno sostuvo con el empresario Kamel Nacif, misma que lo mantiene en calidad de paria de la política nacional.
