Claves para Entender por qué a Mario Marín no lo Perdonan
La Quinta Columna por Mario Alberto Mejía
A diez años de que detonó el caso Marín-Cacho -este domingo se cumplen en todo lo alto-, el exgobernador Mario Marín Torres hizo una nueva aparición en público en el contexto del informe de actividades de Pepe Chedraui como presidente del Comité Municipal del PRI en Puebla.
Con Marín pasan dos cosas: o lo odian o lo aman.
Entre los primeros con los que se topó a su regreso del infierno estaban algunos conocidos que compartieron con él la primera fila: Melquiades Morales y Lucero Saldaña.
Esta última fue una de las primeras que acudieron a defender a Lydia Cacho al Cereso de San Miguel, una vez que Marín mandó por ella a Cancún, Quintana Roo.
La propia Cacho reconoció la intervención de la hoy senadora -en 2006 también lo era-, lo que provocó la furia del entonces gobernador.
Lucero fue hecha a un lado por el marinismo en los actos oficiales a partir de entonces.
No obstante, continuó con su carrera política y logró con los años regresar al Senado.
El Senado... Ese espacio al que Marín quiere llegar en 2018.
Por eso este miércoles acudió a dejarse ver a un acto del PRI.
Lo malo, lo lamentable, es que los suyos -los priistas- no lo ven con buenos ojos.
El saludo con Lucero fue todo lo frío que puede ser el saludo entre un gobernador que le dio varios coscorrones a "una vieja cabrona" y una defensora de esa "vieja cabrona".
Ya se nos olvidó -sobre todo a los priistas- que Marín humilló a muchas mujeres en la persona de Lydia Cacho.
Vea el hipócrita lector: Primero ordenó detenerla, sin citatorios de por medio, a unos pasos de su oficina de Cancún.
Luego la trajo por tierra en un vehículo pequeño plagado de incomodidades con judiciales que no cesaron de hostigarla y amenazarla.
La propia periodista y activista aseguró que fue víctima de tortura psicológica a lo largo del trayecto.
Marín tuvo que haber consentido o sugerido que le dijeran que la iban a lanzar al mar.
Además, Lydia Cacho hizo el largo recorrido con una enfermedad a cuestas.
Ya en Puebla, y a sugerencia de Kamel Nacif, hubo una orden que estuvo a punto de cumplirse: que la metieran con "las locas y las tortilleras".
Todas estas ofensas las recibió la mujer a la que la senadora priista defendió -en su momento- a contracorriente de sus compañeras de partido, quienes, en su mayoría, guardaron un silencio lamentable.
Marín, pues, llegó al acto priista y saludó fríamente a Lucero Saldaña y a Melquiades Morales.
O mejor dicho: Melquiades Morales saludó fríamente a Mario Marín.
A través de varios personeros, Marín buscó en noviembre pasado un encuentro con don Melquiades.
¿El fin? Dejar en claro que entre ellos no hay conflictos.
Los personeros intentaron armar la reunión.
No contaban con que don Melquiades no sólo no estaba interesado: le repugnó la sola idea.
Entre ellos hay un mar de diferencia.
Uno puede caminar por las calles de Puebla saludando a todo mundo.
El otro tiene que andar con sus escoltas en camionetas blindadas.
Uno es querido.
El otro es repudiado.
Esa pequeña diferencia se vio este miércoles en el contexto del informe de Pepe Chedraui.
Ese solo matiz marca la diferencia.
Hoy que están por iniciar las campañas por la gubernatura de un año, 10 meses, 16 días, Mario Marín ya está preparado para recorrer el estado y ganar adeptos y simpatías.
Los adictos a él juran que la gente ya olvidó los agravios cometidos a lo largo de un sexenio.
Están en lo suyo.
Son sus adictos.
Para eso les pagó.
Mal harían si no defendieran al patrón.
Otros, como Lucero y don Melquiades, prefieren alejarse de él o saludarlo de paso: de rapidito.
¿Quiénes son los más? ¿Quiénes son los menos?
