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Una Novelita por entregas

Una Novelita por entregas

Mario Alberto Mejía /@QuintaMam

CVII

(Llamadas telefónicas, 20/12/05)

Luis Arellano Casas, empresario textil metido al negocio de la talavera, recibió una llamada de Schara Kamil mientras comía en Los Conjurados. Tuvo que salir del restaurante para que no se perdiera la llamada.

—¡Mi Schara!

—¡Casitas! Dime algo que me sorprenda, papá.

—Háblale a El Góber. Él es muy sensible a esos temas con los periodistas. Los odia. Háblale para agradecerle su intervención con esta señora Lydia Cacho.

—¿Tú crees?

—Yo sé lo que te digo.

—Pues le voy a hablar para agradecerle y felicitarlo.

—Te lo va a tomar a bien.

—Sale, Casitas. Le llamo en este momento. El invierno entraba con fuerza. Aunque había sol en las calles había en el ambiente un aire frío. Schara, perfectamente abrigado, marcó un número desde su celular. Una secretaria le respondió. Pidió hablar con Aristóteles Torrín. Una musiquita apareció en la línea. De pronto se escuchó la voz del gobernador.

—Quiúbole, Schara.

—Mi góber precioso.

—Mi héroe, chingao.

—No, tú eres el héroe de esta película, papá.

—Pues ya ayer le acabé de darle un pinche coscorrón a esta vieja cabrona. Le dije que aquí en Puebla se respeta la ley y no hay impunidad y quien comete un delito se llama delincuente. Y que no se quiera hacer la víctima y no quiera estar aprovechando para hacerse publicidad. Ya le mandé un mensaje a ver cómo nos contesta. Pero es que nos ha estado jode y jode, así que se lleve su coscorrón y que aprendan otros cabrones y otras.

—Ya sé, y es que estos cabrones siguen sacando mamadas y mamadas. Pero yo hice una declaración. Fui a la televisión.

—Ah, qué bueno. ¿Allá en México o acá en Puebla?

—Aquí, pero dijeron que la iban a mandar allá. Salió aquí. Y yo en el Milenio le dije, si lo quieres leer, le dije, pus al señor gobernador no le tembló la mano.

—Ni nos tiembla ni nos temblará.

—Pinche bola de ratas. ¿Qué han hecho? Qué asquerosidad es esto, ¿eh?

—No… se sienten Dios en el poder.

—Así es. Yo te hablé para darte las gracias. Sé que te metí en un problema pero…

—No’mbre, a mí me gustan esos temas. Coincido contigo en que, jijos de la chingada, en esos temas… digo… no somos santos, desde luego, pero si alguien tiene pruebas que las presente. Y si no que se calle la boca.

—Oye, pero en algo tan vergonzoso, mi distinguido. Porque es vergonzoso.

—Así es.

—Y yo para darte las gracias te tengo aquí una botella bellísima de un coñac que no sé adónde te la mando.

—Pues a Casa Puebla.

—Yo te la quería dar personalmente, pero estás todo ocupado.

—Mándamela a Casa Aguayo, para echármela.

—¿Te la vas a echar? Pues entonces te voy a mandar dos, no una.