Días buenos tras un ictus
La Quinta Columna por Mario Alberto Mejía
El año pasado, a mediados de abril, mientras conducía mi New Beetle porla5 de Mayo tuve un ictus.
En otras palabras: perdí la memoria reciente por unas horas.
Recordaba, sí, con precisión de relojero, pasajesenteros de Piedra de Sol, de Octavio Paz, pero no sabía cómo llegara mi casa.
Desde la Ciudad de México - donde se encontraba firmando el contrato de la novela que este año publicó-, Alejandra (Gómez Macchia) me fue guiando, vía telefónica, hasta el sitio desde donde redacto estas líneas.
Más tarde, junto con Gerardo Islas, me condujo a un aparato que hace resonancias magnéticas.
Ahí me enteré que había tenido cuatro microinfartos cerebrales de 7 milímetros de diámetro cada uno.
Pensé que mi cerebro había pasado a mejor vida y que nunca más volvería a escribir.
La primera vez que me senté después del ictus ante un ordenador tuve algo más que pánico.
No sabía qué saldría del contacto de mis dedos índices con las teclas.
En tres meses escribí dos libros de poemas (tenía años de no hacer uno solo) y con el tiempo redacté una novelita sobre los políticos poblanos que todos los días aparece en 24 HORAS PUEBLA.
Hace cuatro meses me fue cedida la tarea de crear este diario en su edición de papel yen internet.
Del ictus ya [lime acuerdo.
Espero solamente que no me visite de nuevo.
Si lo hace, deseo que me permita disfrutar del gozo pleno de la escritura y la lectura.
Con eso me basta para que lo demás suceda como ha venido sucediendo.
