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Arturo Rueda y su Noche de un Día Difícil

Arturo Rueda y su Noche de un Día Difícil

Mario Alberto Mejía / La Quintacolumna

Esta es una de las entregas más difíciles que he escrito en los casi 19 años de La Quinta Columna.

El tema no podía ser otro: Arturo Rueda y el affaire en el que está metido hasta el tuétano.

Tengo emociones encontradas con la denuncia que hizo pública Jorge Estefan Chidiac sobre un video en el que aparece el director de Cambio practicando uno de los oficios más viejos del mundo: la extorsión.

La razón todos la saben: Rueda es mi amigo desde hace más de diez años y admiro y respeto al intelectual que vive en él y que es capaz de polemizar con agudeza durante horas enteras.

Por eso —no podía ser de otra manera— me cuesta tanto trabajo digerir al Rueda que aparece en el video.

Tardé horas enteras en pensar cómo arrancaría las líneas que el hipócrita lector tiene ante sí.

Me esperé a ver su programa de los Troles en espera de que exhibiera pruebas contundentes que negaran tajantemente las imágenes presentadas en una rueda de prensa por el candidato del PRI-Verde a la diputación federal por el distrito con cabecera en Izúcar de Matamoros.

Y es que a lo largo de varios tuits, Arturo aseguró que durante el programa mostraría las pruebas que nunca llegaron.

En lugar de eso, en distintos momentos a lo largo del día recurrió a diversas estrategias para negar lo que el video exhibe.

Primero aseguró que el video estaba editado.

Luego dijo que quien lo había querido sobornar había sido Estefan.

Finalmente se refugió en el choteo de algunas de las frases que ya son célebres en ese territorio oscuro de la canalla periodística.

Dos de estas: “Mi negocio es administrar la reputación de los políticos” y “no vendo tlacoyos”.

En el programa “Juego de Troles” se jactó de que Juan Luis Cebrián, periodista español y académico de la lengua, había escrito en sus “Cartas a un joven periodista” que el oficio de este era el de “administrar la reputación de los políticos” y que en el “video editado” Estefan lo había hecho decir otra cosa.

Lo cierto es que Cebrián no afirma en ninguna parte de su libro tamaña tontería.

Y es que el solo hecho de “administrar” una reputación suena a trata de personas o algo parecido.

Me cuesta trabajo reconocer, pues, al Rueda del video de Estefan.

No encuentro ahí al amigo entrañable con el que no me topo desde hace mucho tiempo.

(En su lugar me he encontrado a un periodista esclavo de su prepotencia y de su ego robusto).

El Rueda del video es brutalmente frío y cínico y calculador.

Es un Rueda que va a hacer negocios a la casa de un amigo que, me consta, ha sabido serlo en todo tipo de circunstancias.

Un Rueda muy lejano y ajeno a aquel con el que compartí la emoción de enfrentar a Mario Marín en el momento de su mayor poder.

O el Rueda que solidariamente fue a defenderme durante la presentación de un libelo en la ex librería Profética.

No es ese Rueda al que vi en el video.

No es ese Rueda al que quiero ver.

Habrá quien me reproche estas palabras dedicadas al amigo que fue y que perdí en el camino.

(Nunca supe por qué y en qué momento).

¿Qué hago?

¿Meto las manos al fuego por un tema indefendible?

¿Hago como que no pasó gran cosa?

¿Me mofo de sus expresiones y las banalizo?

Prefiero quedarme con el Rueda con el que polemizaba durante horas enteras y al que admiraba por su talento e ironía.

Pero ese Rueda, por desgracia, no es tema hoy de esta columna.