La madre que busca a su hijo bajo 18 toneladas de escombros desde hace 15 años
Cuando Rubiela Tejada piensa en su hijo desaparecido; piensa a la vez en una montaña de escombros y en la estridencia de una retroexcavadora arañando la tierra.
"Si me toca, me pongo a excavar yo misma, con mis manos".
Para llegar a la casa de Rubiela hay que colgarse en carro de las montañas del nororiente de Medellín, la segunda ciudad de Colombia, para arribar 30 minutos después casi a la cima, al barrio Bello Oriente.
Su hogar es una construcción de ladrillo sin revoque, un salón pequeño y unos muebles avejentados, pero con un orden y una simetría tales que los girasoles artificiales que adornan la sala de tan bien puestos parecen vivos y los cuadros con imágenes de sus hijos, milimétricamente alineados sobre la mesa, tienen el vidrio lustrado, reluciente.
Las fechas que aparecen sobre las fotos también guardan una extraña simetría.
John Alexander desapareció el 21 de agosto de 2002 en la Comuna 13.
Jonathan fue asesinado el 21 de agosto de 2011 cuando volvía de trabajar a su casa en la Comuna 13.
Y Rubiela lleva luchando 15 años para desenterrar a su hijo de donde cree que se lo llevaron: una columna de 18 toneladas de basuras y escombros.
Camino al barrio
La Comuna 13 es un enorme conglomerado de barrios en el oeste de Medellín que, desde 1995 y por más de una década, fue el epicentro de extensas batallas urbanas entre las milicias armadas de la guerrilla y los comandos paramilitares de extrema derecha por el control de las zonas más populares de la ciudad.
Se estima que en La Escombrera hay enterradas 92 personas.
Según la alcaldía, se estima que unas 2.000 personas murieron en medio de las confrontaciones, pero nadie conoce a ciencia cierta el número de desaparecidos. Uno de ellos es el hijo de Rubiela.
"Ese día estábamos comiendo con mis niños que estaban recién llegados de la escuela, yo me levanté a la cocina y unos hombres con la cara tapada entraron a la casa y se lo llevaron mientras yo le llenaba el plato. Tenía 17 años. Yo no pude hacer nada", relata.
Cuando salió a la calle para ver qué pasaba, era como si el mundo se hubiera acabado: no había nadie.
"Y esta es la hora que no, ni vivo ni muerto ha regresado", dice mientras aspira la última porción de un cigarrillo. Rubiela está operada de la rodilla izquierda que está toda amoratada. Apenas puede moverse y por eso elige quedarse en su balcón de barandilla y suelo sin alisar.
Y fuma. "Será lo único que no me podrán quitar".
Desde este balcón improvisado sobre cemento y escaleras puede ver a lo lejos los débiles destellos de luz que le llegan del barrio donde perdió a sus dos hijos y del que fue desterrada por la violencia. En la montaña de enfrente está la Comuna 13.
Después de que su hijo se desvaneció aquella tarde agosto, Rubiela decidió quedarse a luchar para encontrarlo junto a otras madres que también buscaban a los suyos.
Pero nueve años después, a su hijo Jonathan lo bajaron de la buseta cuando regresaba de su trabajo en la construcción, lo llevaron a un descampado y le metieron tres tiros.
"Después vinieron a decirme que me tenía que ir del barrio sino me quería quedar sin muchachitos", se lamenta mientras muestra una foto de Andrés, su tercer hijo, el menor. El sobreviviente.
