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Salud mental en México: entre el acceso desigual y el auge del negocio del bienestar

La salud mental en México enfrenta importantes retos de acceso y financiamiento, mientras la industria del bienestar gana terreno con retiros, talleres y distintas prácticas de acompañamiento emocional

Foto: Amir selfish / Pexels

Foto: Amir selfish / Pexels

La atención a la salud mental en México enfrenta una brecha entre las necesidades de la población, la capacidad de los servicios públicos y el costo de las alternativas privadas, mientras crece una oferta comercial de bienestar que incluye retiros, talleres, acompañamientos y prácticas que no necesariamente sustituyen una atención psicológica o psiquiátrica profesional.

El fenómeno puede describirse como una forma de “gentrificación espiritual”, en la que prácticas asociadas con el bienestar emocional son convertidas en productos de consumo y, en algunos casos, comercializadas como soluciones para problemas que requieren atención clínica.

La situación ocurre pese a que la Ley General de Salud establece que la salud mental tiene carácter prioritario dentro de las políticas sanitarias y señala que el Estado debe garantizar el acceso universal, igualitario y equitativo a su atención. La legislación también establece que los servicios deben privilegiar un enfoque comunitario, integral e interdisciplinario, con respeto a los derechos humanos.

La brecha presupuestal en salud mental

El financiamiento continúa siendo uno de los principales retos. Un análisis del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP) citado en documentos legislativos señala que entre 2013 y 2021 México destinó, en promedio, 2.1 por ciento del gasto total en salud a salud mental. Para 2024, el presupuesto propuesto para este rubro equivalía a 1.3 por ciento del presupuesto destinado a salud de la población sin seguridad social.

La Organización Mundial de la Salud (OMS), por su parte, señala que el promedio mundial de gasto público en salud mental ronda el 2 por ciento de los presupuestos sanitarios, aunque existen grandes diferencias entre países.

A esta situación se suma una demanda considerable de atención. El Programa Sectorial de Salud 2025-2030 señala que en 2023, 14.9 por ciento de la población presentó sintomatología depresiva moderada o severa, mientras que durante 2024 se atendieron casi 400 mil casos de salud mental, principalmente relacionados con ansiedad y depresión.

Cuando el bienestar se convierte en mercancía

Ante las dificultades para acceder a atención profesional, el mercado del bienestar ofrece una amplia variedad de alternativas. Retiros, talleres, meditación, acompañamientos espirituales, constelaciones familiares, sesiones de “energía” y otras prácticas pueden formar parte de las opciones que algunas personas buscan para enfrentar situaciones de estrés o malestar emocional.

El problema aparece cuando estas actividades se presentan como sustitutos de tratamientos psicológicos o psiquiátricos, particularmente frente a trastornos que requieren valoración y seguimiento profesional.

Los costos también pueden representar una barrera. Como referencia de mercado, distintas plataformas y servicios privados consultados en 2026 ubican las sesiones de psicología en México aproximadamente entre 500 y mil 500 pesos, aunque existen opciones de menor y mayor costo dependiendo de la modalidad, ciudad y experiencia profesional.

El riesgo de sustituir atención profesional

La oferta de bienestar no es necesariamente equivalente a una intervención clínica. Un retiro, taller o práctica de bienestar no sustituye por sí mismo una evaluación psicológica o psiquiátrica, especialmente cuando existen síntomas persistentes o un diagnóstico previo.

La propia legislación mexicana establece que la atención de salud mental debe ser integral e interdisciplinaria y contempla acciones de prevención, atención y recuperación.

Por ello, uno de los principales riesgos aparece cuando una persona abandona un tratamiento profesional para recurrir exclusivamente a prácticas sin respaldo clínico o cuando recibe recomendaciones médicas de personas que no cuentan con las facultades profesionales correspondientes.

El auge del wellness refleja así una discusión más amplia: el bienestar emocional no debería depender exclusivamente de la capacidad de pago ni quedar reducido a un producto de consumo. Mientras persistan las brechas de acceso, el desafío para las instituciones será ampliar los servicios de salud mental y garantizar que las personas puedan recibir atención profesional, oportuna y con respeto a sus derechos.

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