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¿Qué comen hoy los mexicanos? Los cambios en la dieta que transformaron sus hábitos y su salud

Más productos industrializados, mayor presencia de azúcares y grasas y menor consumo de leguminosas marcan parte de la transición alimentaria del país

Foto: Especial

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La alimentación en México ha experimentado una transformación profunda durante las últimas seis décadas. La dieta basada en maíz, frijol, chile, verduras y otros alimentos tradicionales convive cada vez más con productos industrializados, bebidas azucaradas y comidas de preparación rápida, en un cambio que ha modificado tanto los hábitos cotidianos como los desafíos de salud pública.

Un estudio publicado en marzo de 2026 en la revista científica Obesity Facts, elaborado a partir de datos de las hojas de balance alimentario de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), documentó cambios importantes entre 1960 y 2020: la disponibilidad energética alimentaria aumentó en casi 900 kilocalorías diarias por persona, mientras que la proporción de energía procedente de las grasas creció nueve puntos porcentuales.

La investigación también identificó una disminución en el consumo de leguminosas y un incremento en la presencia de carne, aceites vegetales, azúcares y edulcorantes.

Estas cifras describen la disponibilidad de alimentos y los cambios en la composición de la dieta a escala nacional; no significan que cada mexicano consuma diariamente 900 calorías adicionales. Sin embargo, permiten dimensionar la magnitud de la transformación alimentaria del país.

De la dieta tradicional a los alimentos industrializados

Durante generaciones, la cocina mexicana se organizó alrededor de ingredientes como el maíz, el frijol, las calabazas, el chile y otros productos de origen vegetal. Preparaciones como las tortillas, los frijoles de olla, los caldos y los guisos regionales constituyeron una parte fundamental de la alimentación cotidiana.

Esa tradición no ha desaparecido, pero ahora comparte espacio con una oferta mucho más amplia de alimentos preparados, botanas empaquetadas, cereales azucarados, galletas, sopas instantáneas y bebidas endulzadas.

La transformación responde a distintos factores: la urbanización, la expansión de los supermercados, la publicidad, los cambios en las jornadas laborales y la búsqueda de alimentos fáciles de transportar o preparar. El precio y la disponibilidad también influyen en las decisiones de compra de las familias.

El Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) ha advertido que los productos ultraprocesados pueden desplazar alimentos frescos o mínimamente procesados. Se trata de productos elaborados mediante procesos industriales, generalmente con ingredientes refinados y aditivos, que suelen estar formulados para facilitar su consumo y prolongar su conservación.

Esto no significa que todos los alimentos procesados sean iguales ni que cualquier producto envasado sea perjudicial. El problema aparece cuando los productos con exceso de azúcares, sodio o grasas desplazan de manera habitual opciones con mayor valor nutricional.

Bebidas azucaradas, pocas verduras y menos leguminosas

Los datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) permiten observar cómo se refleja esta transición en los hábitos de la población.

Un análisis de la Ensanut Continua 2020-2022, publicado en la revista Salud Pública de México, encontró que más de 76% de la población estudiada consumía bebidas endulzadas, mientras que el consumo habitual de leguminosas no superaba 26% en ninguno de los grupos de edad analizados.

El mismo estudio encontró que menos de 30% de la población menor de 20 años consumía verduras, mientras que las botanas, los dulces y los postres tenían una presencia importante entre niñas, niños y adolescentes.

Estos resultados revelan una contradicción: México conserva una gastronomía reconocida por su diversidad de ingredientes vegetales, pero eso no garantiza que las familias incorporen suficientes verduras, frutas y leguminosas a su alimentación cotidiana.

La Secretaría de Salud también ha señalado que el maíz mantiene un lugar central en la dieta nacional. En su información sobre alimentación saludable, reportó un consumo anual per cápita de 331.9 kilogramos de maíz y de nueve kilogramos de frijol, cifras que ilustran la importancia de los alimentos tradicionales, aunque no describen por sí solas la calidad general de la dieta.

El cambio no consiste en que los mexicanos hayan abandonado por completo su cocina tradicional, sino en que esta convive con una oferta industrializada cada vez más presente en la vida diaria.

El costo de comer también influye

Las decisiones alimentarias no dependen únicamente del conocimiento sobre nutrición. El dinero disponible, el tiempo para cocinar y la cercanía de los establecimientos donde se venden alimentos condicionan lo que llega a la mesa.

La Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2024, del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), mostró que los hogares mexicanos destinaron 37.7% de su gasto corriente monetario a alimentos, bebidas y tabaco, uno de los principales rubros de su presupuesto.

El reporte también identificó el consumo de alimentos fuera del hogar entre los principales conceptos específicos de gasto trimestral. En 2024, este rubro registró un promedio de 3 mil 896 pesos por hogar, frente a 3 mil 268 pesos en 2022.

El dato no demuestra por sí solo que las familias coman peor, pero sí ayuda a entender el peso de la alimentación fuera de casa en la economía doméstica. Para quienes pasan muchas horas fuera del hogar, comprar comida preparada puede ser una necesidad práctica, aunque la calidad nutricional de las opciones disponibles varíe considerablemente.

A esto se suman las diferencias entre regiones y niveles de ingreso. Comer de manera saludable no depende exclusivamente de la voluntad individual: también requiere acceso físico y económico a alimentos nutritivos.

Sobrepeso y obesidad: las consecuencias de una dieta en transición

El deterioro de la calidad de la alimentación es uno de los factores relacionados con el aumento de las enfermedades crónicas, aunque no es el único. La actividad física, el sueño, las condiciones sociales y otros factores también influyen en la salud.

El estudio histórico publicado en Obesity Facts reportó, con base en las estimaciones que utilizó, prevalencias de sobrepeso u obesidad de 72.4% en adultos, 42.9% en adolescentes, 37.4% en escolares y 7.8% en menores de cinco años. Estas cifras corresponden a la fuente y a los grupos de edad analizados por los autores, por lo que deben interpretarse según su metodología y periodo de referencia.

Por su parte, el INSP ha advertido sobre la presencia de productos ultraprocesados desde edades tempranas. En abril de 2024, el instituto informó que estos productos aportaban 39% de las calorías consumidas por niñas y niños menores de cinco años, de acuerdo con los datos presentados por especialistas en un encuentro sobre publicidad digital y salud infantil.

La preocupación no se limita al peso corporal. Una alimentación de baja calidad puede dificultar la ingesta suficiente de fibra, vitaminas y minerales, al tiempo que aumenta la exposición a cantidades elevadas de azúcares, sodio y grasas poco saludables.

Por ello, las instituciones sanitarias insisten en que la prevención requiere cambios en los patrones de consumo, además de acciones públicas que faciliten elecciones alimentarias más saludables.

Etiquetado y nuevas guías alimentarias: ¿qué se está haciendo?

México ha impulsado medidas para que la población identifique con mayor facilidad los productos que contienen cantidades excesivas de determinados nutrimentos. Una de ellas es el etiquetado frontal de advertencia, que incorpora sellos negros para señalar excesos de calorías, azúcares, sodio, grasas saturadas y grasas trans, según corresponda.

Una investigación publicada en Salud Pública de México, que comparó resultados de la Ensanut de 2021 y 2024, encontró un aumento de 12 puntos porcentuales en la comprensión objetiva del sistema de etiquetado frontal. También observó una mejora de 15.5 puntos porcentuales en la identificación del sello de exceso de calorías en bebidas endulzadas.

Los resultados sugieren que la información nutricional puede ayudar a los consumidores a reconocer los riesgos de determinados productos, aunque comprender una etiqueta no garantiza que una persona cambie sus hábitos de compra.

En octubre de 2025, la Secretaría de Salud presentó las Guías Alimentarias Saludables y Sostenibles para la Población Mexicana, con el respaldo de organismos como la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la FAO. Su orientación es clara: priorizar alimentos frescos o mínimamente procesados, aumentar el consumo de verduras, frutas y leguminosas, preferir agua simple y reducir los productos ultraprocesados y las bebidas azucaradas.

El reto consiste en traducir estas recomendaciones en opciones accesibles para todos los hogares, así como mejorar los entornos donde las personas compran, preparan y consumen sus alimentos.

Recuperar el equilibrio sin renunciar a la cocina mexicana

La evolución de la dieta nacional no puede explicarse como una simple sustitución de la comida tradicional por productos industrializados. Los datos muestran una realidad más compleja: persisten alimentos fundamentales de la gastronomía mexicana, pero también han aumentado la presencia de grasas y azúcares y los desafíos relacionados con la calidad nutricional.

Recuperar el equilibrio no exige abandonar las costumbres culinarias, sino fortalecerlas con preparaciones variadas, verduras, frutas, frijoles y otras leguminosas, además de moderar las bebidas azucaradas y los productos con exceso de sodio, azúcares o grasas.

La pregunta sobre cuánto ha cambiado la alimentación de los mexicanos también obliga a pensar en qué condiciones permiten comer mejor. El acceso a alimentos nutritivos, el tiempo disponible para cocinar, los precios y la educación alimentaria son parte de una misma discusión.

México enfrenta así un doble desafío: preservar la riqueza de su cultura gastronómica y construir entornos en los que una alimentación saludable sea una posibilidad cotidiana, no un privilegio condicionado por el ingreso o el lugar donde se vive.