Día de Muertos: el 29 de octubre, la familia espera a quienes murieron ahogados
Por un instante, Teresa imaginó que Daniel estaba sentado al otro lado de la mesa, escuchándola con aquella sonrisa que siempre aparecía cuando ella se preocupaba demasiado
Foto: Especial
La tarde caía lentamente sobre la casa de los Salgado. En el patio, el aroma del copal comenzaba a mezclarse con el de las flores de cempasúchil, mientras una hilera de pétalos anaranjados marcaba el camino desde la puerta hasta el altar. Teresa acomodó por tercera vez el vaso de agua que había colocado junto a una fotografía de su hijo Daniel. No quería que faltara nada.
Hacía cuatro años que el muchacho había muerto en el río. Tenía 24 años y había salido una mañana de verano con unos amigos. Un cambio repentino en la corriente convirtió aquella jornada en una tragedia. Desde entonces, octubre era para Teresa un mes de recuerdos que llegaban sin avisar: una canción, una camisa olvidada en el armario o el sonido del agua al caer sobre las piedras.
Su hija Mariana, que había regresado a casa para ayudar con los preparativos, la observaba en silencio.
—¿Crees que pueda encontrar el camino? –preguntó Teresa mientras encendía una veladora.
Mariana tomó su mano.
—Si sabe que aquí lo esperamos, mamá, seguro encontrará la forma de volver.
En muchas comunidades de México existe la creencia de que el 29 de octubre regresan las almas de las personas que murieron ahogadas. Como parte de las tradiciones populares que rodean al Día de Muertos, algunas familias preparan ofrendas para recibir a sus seres queridos, guiadas por la esperanza de reencontrarse simbólicamente con quienes ya no están.
Los Salgado habían decidido mantener esa costumbre. Sobre la mesa colocaron la fotografía de Daniel, su pan favorito, un plato con tamales, mandarinas y un pequeño recipiente con agua. Teresa insistió en poner también una camisa azul que él solía usar cuando acompañaba a su madre al mercado. Mariana añadió una pulsera de hilo que su hermano nunca se quitaba.
—Decía que el agua le gustaba porque nunca se quedaba quieta –recordó Teresa–. Desde niño podía pasar horas mirando el río.
La frase quedó suspendida entre ambas. Durante mucho tiempo, hablar de Daniel había sido difícil. Su nombre provocaba lágrimas, silencios incómodos y una tristeza que parecía no tener salida. Sin embargo, preparar la ofrenda les permitía recordarlo de otra manera: no solamente por la forma en que murió, sino por las bromas que hacía durante la comida, su afición por el fútbol y la costumbre de llegar los domingos con algo dulce para compartir.
Al caer la noche, las veladoras iluminaron los rostros de las fotografías. Afuera, el viento movía las ramas de un árbol y hacía temblar la flama de una vela. Teresa se sentó frente al altar y comenzó a contarle a su hijo las novedades de la familia. Le habló del trabajo de Mariana, de una gotera que todavía no reparaban y del perro del vecino que seguía entrando al patio sin permiso.
Por un instante, imaginó que Daniel estaba sentado al otro lado de la mesa, escuchándola con aquella sonrisa que siempre aparecía cuando ella se preocupaba demasiado.
No escucharon pasos ni vieron una sombra cruzar la puerta. Tampoco hubo una señal que pudiera demostrar que el muchacho había regresado. Pero, mientras permanecían juntas frente a la ofrenda, madre e hija sintieron que podían hablar de él sin que el dolor ocupara todo el espacio.
Antes de dormir, Teresa volvió a mirar el vaso de agua. Lo había colocado allí porque, según la tradición, las almas necesitan encontrar una ofrenda que las reciba. También porque, en su corazón, seguía siendo la madre que esperaba a su hijo después de una larga jornada.
—Aquí está tu casa, Daniel –susurró–. Aquí siempre vas a tener un lugar.
La veladora continuó encendida mientras la noche avanzaba. Y aunque al amanecer la fotografía seguiría inmóvil y la silla de Daniel permanecería vacía, algo habría cambiado: por unas horas, la familia pudo imaginar el regreso, recordar la vida y encontrar consuelo en una tradición que mantiene vivos los vínculos con quienes partieron.
Porque, en el Día de Muertos, una ofrenda no borra la ausencia. Es una manera de decir que el amor permanece, incluso cuando ya no es posible abrazar a quien se extraña.