Día de Muertos: el 28 de octubre, la familia espera el regreso de Mateo
Al caer la noche, los Velázquez se sientan cerca del altar, hablan de las bromas de Mateo, de las canciones que ponía a todo volumen y de aquella vez que llegó empapado por la lluvia...
Foto: Especial
Desde que cayó la tarde, la casa de los Velázquez huele a cempasúchil, copal y café recién hecho. En la mesa del comedor, junto a una fotografía de Mateo, hay un vaso con agua, un plato con sus tacos favoritos, una veladora encendida y un casco negro que nadie se ha atrevido a guardar.
Han pasado dos años desde que Mateo murió en un accidente de motocicleta, cuando volvía a casa después del trabajo. La llamada llegó entrada la noche y, desde entonces, para su familia hay fechas que pesan más que otras. El 28 de octubre es una de ellas: según una creencia popular extendida en algunas regiones de México, ese día regresan las almas de quienes perdieron la vida de manera repentina o en un accidente.
Su madre, Elena, comenzó a preparar la ofrenda desde temprano. Limpió el marco de la fotografía, acomodó las flores naranjas y siguió con la mirada el camino de pétalos que va desde la puerta hasta el altar. Dice que no sabe si las almas vuelven de verdad, pero cada año deja todo listo, por si acaso. Para ella, recordar también es una forma de mantener abierta la puerta.
—A Mateo le gustaba llegar y preguntar qué había de comer –cuenta mientras coloca el plato sobre el mantel–. Por eso le pongo algo que le gustaba. No quiero que esta casa se quede sin su lugar.
Su hermana menor, Sofía, agrega una pequeña figura de papel junto al vaso de agua. Después enciende otra veladora y revisa que la ventana quede entreabierta. No espera escuchar pasos ni ver una sombra cruzar el pasillo. Le basta imaginar, por un momento, que su hermano encuentra el camino de regreso guiado por el aroma del cempasúchil.
Por si acaso...
En la fotografía, Mateo sonríe con la misma expresión que tenía cuando salía a dar una vuelta en la moto. El casco, colocado a un lado, conserva algunas marcas de uso. Durante meses, la familia no pudo mirarlo sin recordar el accidente; ahora forma parte de la ofrenda, no como símbolo de la tragedia, sino como una pieza de la vida que compartieron con él.
Al caer la noche, los Velázquez se sientan cerca del altar. Hablan de las bromas de Mateo, de las canciones que ponía a todo volumen y de aquella vez que llegó empapado por la lluvia, pero aun así se quedó en la cocina contando cómo le había ido. Por un rato, la conversación no gira alrededor de la última llamada ni de lo que no alcanzaron a decirle. Gira alrededor de todo lo que sí vivieron juntos.
La tradición del 28 de octubre no se practica de la misma manera en todo el país ni forma parte de una fecha oficial del calendario de Día de Muertos. Para muchas familias, sin embargo, es una jornada para recordar a quienes murieron de forma inesperada y dedicarles una ofrenda antes de las fechas principales de la celebración.
Una última flor
Elena acomoda una última flor frente al retrato y apaga la luz del comedor. Deja que las veladoras iluminen la mesa y mira hacia la entrada, como hacía cuando Mateo tardaba en volver.
No sabe si esa noche regresará su hijo. Pero, mientras la llama tiembla y el aroma de las flores llena la casa, lo recuerda llegando, dejando las llaves sobre la mesa y preguntando qué hay de cenar. Y por unas horas, en ese hogar, Mateo vuelve a tener un lugar esperándolo.