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Soliloquio

¿Y si gana Trump?

Sabemos todos que Donald Trump es un político improvisado, poco racional y extremadamente impulsivo.

También que es un demagogo, mesiánico y mentiroso.

Que es discriminatorio, racista, misógino y sexista.

Y que no cumple con su obligación de pagar impuestos.

Aun con esas agravantes, el republicano podría ser a partir de hoy el próximo Presidente de los Estados Unidos.

La posibilidad es real y persiste aunque en las encuestas de la víspera el magnate se ubique apenas cuatro puntos abajo respecto a la candidata demócrata Hillary Clinton, destensada ya por la exoneración de última hora que le concedió el FBI.

Si Trump gana las elección presidencial no será el final del mundo, pero sólo pensar en las secuelas genera preocupación, escozor y hasta miedo.

Para los mexicanos, en tiempos de crisis y en la víspera de una contienda electoral, los daños económicos, políticos y sociales podrían ser demoledores.

¿Cómo habría que afrontar la relación con un mandatario que nos percibe como criminales y violadores, que prevé replantear los tratados comerciales y que está convencido en la necesidad de construir un muro entre ambas fronteras?

Para imaginarse cuáles serían los escenarios ante esa eventualidad, habría que revisar los argumentos centrales en los que Trump basó su campaña electoral y con los que logró convencer a un amplio segmento del electorado.

Con verdades a medias, en sus líneas discursivas tuvo la habilidad de dibujar un país en descomposición, con baja tasa de empleo, poco crecimiento, altos índices de inseguridad, flujos migratorios de alto riesgo y una política exterior errónea que le ha hecho perder la supremacía internacional de antaño.

Bajo esas premisas, con la frecuente consigna de un “Créanme” pleno de inaudito egocentrismo, Trump se erigió como el promotor del cambio, capaz de resolver todos los problemas del país y, sobre todo, para recobrar la grandeza perdida, el orgullo americano.

“Yo restauraré la ley y el orden, sólo yo puedo hacerlo, yo soy vuestra voz”.

A lo que a México atañe, causa intranquilidad la obstinación de Donald Trump por construir un muro fronterizo para impedir el paso de migrantes, a quienes califica de violadores y asesinos, factor de amenaza para la seguridad de su país.

De llegar a la Casa Blanca, si bien no podría en automático regresar a los 11 millones de inmigrantes, al menos emprendería contra ellos una feroz persecución, con la gravedad que todo ello implica.

Ha dicho además que el muro lo pagarían los mexicanos y no necesariamente con financiamiento directo, sino con recursos que retendría de las divisas, lo que en la práctica, aun siendo ilegal, estaría dentro del ámbito de lo posible.

Por otro lado, prometió replantear el Tratado de Libre Comercio, ya que a su juicio es el peor en la historia de su país y sólo beneficia a México, además que advirtió que “castigaría” a empresas que trasladen su producción a México (como sería el caso de firmas automotrices), además que frenaría la llegada de productos mediante la imposición de altos aranceles.

De aplicarse, esas medidas tendrían un alto impacto económico si se considera que nuestro país tiene a Estados Unidos como su principal socio comercial y es el destino de casi el 80 por ciento de nuestras exportaciones.

En ese contexto, Trump entorpecería también otros muchos acuerdos bilaterales en los que hay mutua cooperación y que con el tiempo han acreditado beneficios tangibles en ambos lados de la frontera.

¿Qué esperar entonces ante tal acoso?

Tan sólo que a final de cuentas prevalezca la razón y el sano juicio.

Es cierto que la disputa electoral será muy reñida y es muy probable que en el conteo final ambos candidatos registrarán una votación directa similar, incluso es posible que el republicano pudiera lograr una ligera ventaja.

En ese caso, la esperanza es que Hillary Clinton alcance el triunfo final adjudicándose los estados clave, como California, Florida, Ohio, Pensilvania y Nueva York.

Ese es nuestro pronóstico en medio de la incertidumbre y con la única certeza de haber atestiguado un proceso electoral inaudito, con dos candidatos singulares y poco populares que gravitaron en una campaña salpicada de insultos, diatribas y amenazas.

Así la vieron los propios estadounidenses: seis de cada diez quedaron insatisfechos, sumamente estresados.

Y más aún: casi dos terceras partes reconocieron estar avergonzados por el “triste espectáculo político” y dijeron sentirse menos orgullosos de su país.

Mal augurio que todo eso ocurra en un país que presume de madurez política, y que históricamente se vanaglorie como el paladín universal de la democracia.

Mala señal, sin duda.