Sismo y esperanza
La historia contemporánea registra el sismo del 19 de septiembre de 1985 –mucho más devastador que el de hace una semana-, como un parteaguas de la vida nacional.
En aquella ocasión el gobierno no tuvo la capacidad de reaccionar ante el desastre y frente a su inexplicable y pasmosa actitud surgió como detonante una sociedad civil asombrosamente organizada.
En secuela se produjeron también las primeras expresiones críticas que por su vigor lograron romper los diques oficiales que durante mucho tiempo habían contenido muchos de nuestros derechos fundamentales, entre ellos, el de la participación social y la libre expresión de las ideas.
Aquél terremoto cimbró también las estructuras institucionales y como torrente incontenible, devinieron nuevos y renovados aires en el ámbito político, económico y social.
Aprendimos entonces que una sociedad organizada era capaz de generar contrapesos, influir en decisiones torales y, de manera creciente, provocar cambios para el beneficio colectivo.
Aunque no lo suficiente, algo hemos avanzado desde entonces con la presencia de nuevos actores sociales y de múltiples organizaciones civiles, especialmente en los ámbitos de los derechos humanos, la igualdad de género, la impartición de justicia y en la lucha contra la corrupción y la impunidad.
Pese a ello, en todos los niveles de gobierno continúa prevaleciendo el modelo de un sistema centralista y autoritario, resistente a la movilidad social; viejas prácticas que no ha sido posible erradicar.
Es muy deseable ahora que la tragedia replicada por quién sabe qué maldita razón un 19 de septiembre, sirva nuevamente para remover la conciencia nacional, y haga que mediante la muy activa participación ciudadana se generen cambios radicales que nos lleven a mejores escenarios de equidad, justicia social y de verdadera democracia.
No es una utopía.
Las manifestaciones ciudadanas ante el sismo del pasado martes son evidencia suficiente para suponerlo.
Ahí están, tan patéticas como simbólicas, las entonaciones instintivas del Himno nacional o del “Cielito lindo” al pie de las zonas colapsadas, así como por doquier las cadenas humanas removiendo escombros, llevando víveres, ofreciendo auxilio por iniciativa propia, natural, hermanada.
Esas ejemplares escenas han ocurrido no solo en la ciudad de México, más adiestrada en siniestros de gran escala, sino también, afortunadamente, en el ámbito de la entidad poblana, especialmente con el anónimo concurso de jóvenes de todos los estratos.
Y en este intempestivo despertar ciudadano, más allá de la puntual reacción de gobiernos y de la labor de los cuerpos oficiales que ciertamente han hecho bien su tarea –militares, marinos, policías, brigadistas, bomberos, rescatistas-, esta vez ha destacado el rol de un copioso contingente en el que deberíamos enfocar nuestra mirada, y también nuestra esperanza: los jóvenes.
Esta generación no vivió el sismo del ’85 pero lo tuvo como referente; estaba en sus venas y en su heredada conciencia.
Hoy, como entonces, el terremoto ha sido la punzada para hacerlos reaccionar de su letargo, de su aparente indiferencia respecto al cotidiano acontecer.
Esto ocurre justo en un momento crucial de la vida nacional: la víspera de un proceso electoral inédito, el más gran de la historia, que hasta ahora venía transcurriendo entre vanas disputas partidistas.
El clima preelectoral no era el deseable ante la irritación generalizada y una evidente desconfianza hacia las instituciones, además de un rechazo sistemático hacía la política y los partidos y frente a repetidos episodios de violencia, corrupción e impunidad.
A toda esa turbulencia anímica se suma un evidente extravío en la valorización de los valores básicos, pilares de toda sociedad: familia, respeto, igualdad, dignidad, moral, ética, lealtad, honestidad.
Ojala entonces que toda esa fuerza solidaria y espontánea expresada por los jóvenes; que esa extraordinaria movilización y ese amor a los demás y a un país herido por caprichos de la naturaleza, pudiera ahora en verdad.
Ser encauzado con atingencia en otros retos comunes y, en especial, en una participación activa en el proceso que se avecina.
Existen las vías para ello; la elección del 2018 tiene suficientes cauces para una auténtica participación social.
El ejercicio del voto será fundamental, porque de su resultado se definirá el país para los años por venir.
Sea esta una convocatoria para que los jóvenes, que son mayoría en el país, y para el resto de la ciudadanía, a efecto de que participen todos activamente y que el día de la jornada electoral ejerzan su voto libre, razonado, responsable y cabalmente informado, para proyectar la Nación al rumbo y destino que queremos todos.
Esa actitud solidaria con el país y con la sociedad mediante el sufragio sería la mejor manera de sacar provecho de la tragedia que hoy nos duele y acongoja y de la que, ojala, podamos juntos y pronto superar de la mejor manera.
AL OÍDO
A diferencia del sismo de 1985 en el que se resquebrajaron las comunicaciones, esta vez hubo una fluidez extraordinaria usada en la mayoría de los casos con extremo provecho a través de las redes sociales.
Si bien hubo abusos e inmundicias que nunca faltan, los millones de mensajes transmitidos en diferentes formatos y plataformas fueron constantes, útiles y encomiables.
Queda para la anécdota el caso grotesco, casi mitológico de la inexistente niña Frida Sofía que sirvió a la televisión para atraer la atención de un público en los días postreros del sismo ávido de informes valederos…y de esperanzas.
Desconozco si hubo ingenuidad, torpeza o perversa intención, lo cierto que el incidente confirma cabalmente que no fueron acatados los valores básicos del periodismo y de todo ejercicio honesto de la comunicación, incluyendo lo que a redes sociales compete: antes de revelar un suceso, toda versión debe ser sometida a la investigación, certeza, responsabilidad y, sobre todo, a una rigurosa confirmación y corroboración de datos.
Por lo demás, la labor de los medios merece ser reconocida en cuanto fueron puntuales relatores y vehículo de información pertinente sobre los hechos trágicos que deseamos no vuelvan a repetirse jamás.
