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Soliloquio

Mujeres violentadas

El pasado fin de semana se conmemoró el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, instaurado por la Asamblea General de las Naciones Unidas desde de 1999 con una convocatoria a gobiernos, organizaciones internacionales y organizaciones no gubernamentales para promover actividades dirigidas a sensibilizar a la opinión pública sobre el problema de la violencia contra la mujer.

Se consideró desde entonces que la violencia contra las mujeres “se ha convertido en un problema estructural con el objeto de mantener o incrementar su subordinación al género masculino”.

Se trata, refirió la ONU, de “un problema social presente tanto en el ámbito doméstico como en el público, en diferentes vertientes: física, sexual, psicológica, económica, cultural y otras, que no está confinado a una cultura, región o país determinado, ni tampoco a grupos específicos de mujeres en la sociedad”.

Bajo esas premisas, la directora regional de ONU Mujeres para las Américas y el Caribe, Luiza Carvalho, ha propuesto para luchar contra la violencia hacia las mujeres “avanzar no sólo en la educación y la prevención, sino a ofrecer respuestas adecuadas de la justicia que eviten la impunidad”.

Por ello, advierte que la equidad de género “pasa necesariamente por transformar las reglas sociales y los roles que subordinan a la mujer”.

Es en ese contexto que en México tanto gobiernos como diversos organismos han perfilado sus políticas, pero a juzgar por las cifras disponibles es muy poco o casi nada lo que se ha avanzado, de modo que puede decirse que los esfuerzos en esa materia han sido vanos.

Y es que de acuerdo al Sistema Integrado de Estadísticas sobre Violencia contras las Mujeres (Siesvim), derivado de estudios de INEGI, el 66.1 por ciento de las mujeres han sufrido al menos un incidente de violencia emocional, económica, física, sexual o de discriminación a lo largo de su vida, lo que se traduce en 30.7 millones de mexicanas.

Los casos más frecuentes de violencia en contra de las mujeres de 15 años y más, se han presentado en la ciudad de México, Estado de México, Aguascalientes, Querétaro, Baja California, Coahuila, Chihuahua, Durango y Yucatán, además que otras cinco entidades están también por encima de la media nacional.

En la capital del país, el porcentaje se dispara hasta 79.8%, lo que significa que prácticamente ocho de cada diez mujeres han sido violentadas, mientras en el Estado de México 75.3% de las habitantes han experimentado un acto violento, en Jalisco 74.1%, en Aguascalientes 73.3%, y en Querétaro 71.2 por ciento.

En contraste, estados como Chiapas, Campeche, Baja California Sur, Tabasco y San Luis Potosí, presentan una menor proporción de violencia contra las mujeres.

Por debajo de la media nacional en índices de violencia en contra de las mujeres también están estados como Guerrero con 57.5%, Tamaulipas con 57.8%, Nayarit con 58.1%, Zacatecas con 59%, Sinaloa con 59.1%, Nuevo León con 59.3 por ciento.

Respecto a Puebla, se ubica también debajo del promedio nacional, pero registra un preocupante 64.3%, esto es, más de la mitad de poblanas han sido agraviadas.

El tipo de violencia que sufren las mujeres también tiene un comportamiento diferente por estado. La violencia física, emocional y sexual por parte de cualquier agresor está más arraigadas en la Ciudad de México, mientras que la económica y patrimonial, en Chihuahua.

En más de la mitad de los conflictos de pareja que se registran en el país, las mujeres sufren desde gritos, ofensas y amenazas, hasta empujones, golpes, la ley del hielo o dejar de recibir dinero como castigo.

En total, de 43 millones 464 mil 520 mexicanas, 22 millones 460 mil 529 (51.7%) tienen a una pareja que reacciona de manera violenta cuando se enoja. En total, 43.9% de las mexicanas han enfrentado alguna situación violenta en su vida marital, de noviazgo o convivencia a manos de su propia pareja: 40.1% de tipo emocional, 20.9% económica o patrimonial; 19.7% física y 6.5% sexual.

En este recuento global, también es alta la proporción de mujeres que son agredidas sexualmente, muchas de las cuales además son asesinadas.

Queda claro pues que hay muchos pendientes en el esfuerzo –que debería ser compartido por todos- para erradicar en el país cualquier expresión de violencia contra las mujeres.

Se trata en efecto de un problema cultural, educativo, de políticas públicas, pero debe reconocerse que los mayores boquetes están en la poca efectividad en programas preventivos, y especialmente en el ámbito de procuración de justicia para combatir, como lo refiere la experta de la ONU, el cáncer de la impunidad.

Algo hay qué hacer, y pronto para combatir este mal de lesa humanidad.

Y aunque el problema es global – se estima que en el mundo unas 120 millones de niñas han sufrido violencia sexual-, lo que a México atañe es una tarea pendiente que requiere la pronta atención de la sociedad entera.

En este desolador escenario nada ayudan, por cierto, enfoques primitivos como el expresado en la víspera por el obispo emérito de Guadalajara, Juan Sandoval Iñiguez, quien aseguró que el incremento de feminicidios en el país se debe en buena medida a la “impudencia de las mujeres”.

“Con cualquiera que sale por ahí bien vestido se comprometen, se enganchan, se suben”, afirmó el Cardenal en entrevista para la televisión.

AL OÍDO

El despistado era otro.

Finalmente, como se advertía desde hace semanas, José Antonio Meade fue descapuchado y será el candidato del PRI a la Presidencia de la República en el 2018.

Rara avis de la política, será sin duda un contendiente a vencer.

Ya la CTM lo llama “el candidato de la esperanza”.

¿Tanto así?

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