Morena Puebla y el peligro de creer que gana con “cualquiera”
En Puebla, la historia ya ha demostrado que ninguna fuerza política tiene escrituradas las urnas
En Morena hay quienes confunden el poder con la popularidad, las estructuras gubernamentales con los votos y los triunfos del pasado con una garantía de victoria para el futuro. Algunos, incluso, presumen que en Puebla pueden ganar una elección hasta postulando a “cualquiera”.
Cuidado. La soberbia electoral suele ser una pésima consejera.
Porque las elecciones de 2027, particularmente en Puebla capital y los municipios de la zona conurbada, tendrán condiciones muy distintas a las de 2024. Y hay razones políticas, históricas y electorales para cuestionar esa aparente seguridad con la que algunos personajes del oficialismo dan por descontado un nuevo triunfo.
La primera es elemental: una elección intermedia no es una elección presidencial o una elección por la gubernatura.
Sin el arrastre de una candidatura presidencial o a gobernador, movilizar electores se vuelve un desafío diferente. Sacar a votar a las bases, activar las estructuras territoriales y convencer a los ciudadanos menos politizados exige mayores esfuerzos políticos, económicos y operativos. El voto sale cinco veces más caro.
Y cuando aumenta el abstencionismo, como suele ocurrir en elecciones de menor participación, cada sufragio adquiere un peso mayor.
Las estructuras pueden ser numerosas, pero eso no significa que sean eficientes. Los padrones de simpatizantes no son votos depositados en las urnas. Y los operadores que prometen miles de sufragios no necesariamente pueden entregarlos.
Hay otra circunstancia que merece especial atención: las campañas locales de 2027 durarán solamente 30 días.
Del 4 de mayo al 2 de junio, de acuerdo con el calendario publicado por el INE.
Un escaso mes para presentar candidatos, posicionar propuestas, enfrentar adversarios, corregir errores y tratar de modificar tendencias electorales.
Treinta días pueden resultar insuficientes para revertir un desgaste acumulado durante años.
Y aquí aparece un factor que en Morena no deberían minimizar: el costo político de gobernar.
Los problemas de inseguridad, los servicios públicos deficientes, los conflictos administrativos, las decisiones cuestionadas y las expectativas incumplidas, son asuntos que alimentan el descontento ciudadano.
Los gobiernos no solamente administran presupuestos y programas. También acumulan responsabilidades, inconformidades y agravios.
Cada problema sin resolver puede convertirse en un motivo de rechazo. Cada promesa incumplida puede terminar pesando en las urnas.
Y no todos los ciudadanos inconformes expresan abiertamente sus preferencias políticas.
Existe también la posibilidad de un voto silencioso, difícil de identificar por los encuestadores o mediante las estructuras partidistas tradicionales. Sin mediciones confiables sería irresponsable cuantificarlo, pero ignorar esa posibilidad sería igualmente equivocado.
Morena debería revisar la historia electoral reciente de Puebla.
En 2019, durante la elección extraordinaria para gobernador, Miguel Barbosa Huerta ganó la gubernatura, pero encontró una resistencia electoral significativa en Puebla capital y su entorno metropolitano, donde Enrique Cárdenas Sánchez –un pésimo candidato con un PAN fragmentadísimo y debilitado tras la muerte de Rafael Moreno Valle y Martha Erika Alonso– mostró la capacidad de competencia de una candidatura opositora.
Barbosa terminó imponiéndose gracias a una distribución territorial del voto que favoreció a su coalición, particularmente fuera de la capital y gracias al trabajo de operadores de partidos como el Verde.
Pero aquella elección dejó otra enseñanza todavía más importante: la participación ciudadana fue de apenas 33.39 por ciento.
Es decir, prácticamente dos de cada tres electores no acudieron a votar.
Y eso ocurrió cuando Morena disfrutaba de la enorme fuerza política que había generado el triunfo presidencial de Andrés Manuel López Obrador en 2018.
La lección es clara: la popularidad nacional de un movimiento político no se traduce automáticamente en triunfos locales.
Puebla capital tiene una dinámica electoral propia. También San Andrés Cholula, San Pedro Cholula, Cuautlancingo, Coronango y los demás municipios que integran la zona conurbada.
Son territorios con perfiles sociales distintos, problemas particulares y electorados que no necesariamente responden de la misma manera a los mensajes nacionales.
La elección de 2027, pues, pondrá a prueba la capacidad de los partidos para interpretar esas diferencias.
En el caso de Morena, el desafío será distinguir entre la aceptación de sus gobiernos y la lealtad de sus votantes. No son lo mismo.
Tampoco será indiferente quién encabece su candidatura a la Presidencia Municipal de Puebla.
Si el alcalde José Chedraui Budib logrará buscar la reelección, su administración estará sometida al escrutinio de los resultados obtenidos durante su gestión. También al desgaste de gobernar una ciudad tan compleja y tan complicada como Puebla.
Si la candidata es Gabriela Sánchez Saavedra, tendrá que enfrentar el desafío de construir una identidad electoral propia, además de responder por su vinculación política con el oficialismo. No basta con decir que la boxeadora “tiene una historia que contar”, pues todos tenemos una y no son precisamente historias felices o ajenas a la cultura del esfuerzo.
Para ninguno de los dos será sencillo, ni un día de campo.
Tanto Chedraui como Sánchez Saavedra tienen positivos y negativos. En cuanto a estos últimos, el peor es, sin exageración, la marca (Morena) que los respalda. Una marca que acumula cada vez más repudio y rechazo.
Del otro lado, el PAN y las demás fuerzas opositoras también tendrán que resolver sus propias contradicciones, seleccionar candidaturas con reconocimiento público y presentar propuestas creíbles.
Si los panistas no juegan del bando del gobierno –como se observa desde que Mario Riestra Piña llegó a la dirigencia estatal–. Si presentan una candidatura convincente, que aglutine las inconformidades. Si hacen de la campaña no solo una buena campaña de 30 días, sino un movimiento realmente opositor. Y si logran convencer al voto indeciso, silencioso u oculto, la elección por Puebla capital va a cerrarse más, mucho más de lo que hoy señalan las encuestas más serias (las serias y las que no se publican), y podrían competir de verdad.
En Puebla, la historia ya ha demostrado que ninguna fuerza política tiene escrituradas las urnas.
La alternancia es uno de los distintivos.
Y, además, el electorado rechaza tanto la reelección como las imposiciones desde el poder.
Por todo eso y más, no, en 2027 Morena no gana con cualquiera. Va a estar más difícil de lo que se estima.