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Garganta Profunda

Mateo

El equipo de la SSPC del Gobierno federal está convencido de que el grupo delictivo que secuestró y mató a Mateo no es improvisado

Foto: Especial
Foto: Especial

Esa mañana Mateo salió de su casa y avisó que iba a realizar trabajos escolares con algunos compañeros suyos de la prepa BUAP. Pero, ese día, algo tan extraño como inusual pasó: rompió su cerco de seguridad. Mateo burló a sus vigilantes y tomó su camino solo, totalmente solo, sin la acostumbrada protección personal que lo seguía a todos lados. Ya nunca más lo volvieron a ver… vivo.

Y es que a Mateo, como se dice en el argot policiaco, “lo pusieron”. Se cree que fue una jovencita, cómplice de los secuestradores, que días atrás empezó a entablar conversación con el adolescente (16 años) a través de redes sociales y que, en determinado momento, lo convenció de “escaparse” para verse unos momentos, a solas.

Mateo así lo hizo y en algún punto no especificado aguardó paciente y se subió confiado a un auto sin sospechar que estaba siendo privado de su libertad y convertido en una ficha de negociación. A partir de ahí, la pesadilla. Y el horror.

Desde la primera llamada telefónica a su padre, el alcalde de Tecamachalco, los delincuentes lo dejaron muy claro: el secuestro no tenía motivaciones políticas. Y es que, de saque, exigieron 100 millones de pesos. En efectivo. “No los tengo, dígame algo razonable y vamos negociando”, respondió Mateo papá.

Al paso del tiempo, el infierno de todos tan temido: más llamadas, más amenazas, más insultos, más atrocidades, ninguna prueba de vida por más que se suplicó, se rogó, se invocó a Dios… “¡¡Usted es presidente, tiene modo de conseguir el dinero, pídalo a sus amigos, al gobierno…!!”, ordenaron. Porque los secuestradores no piden: ordenan.

De los 100 millones de pesos iniciales, la exigencia bajó a 25 millones de pesos. Pero la respuesta fue exactamente la misma: “No los tengo”… “¡¡¡Ok, entonces se lo mandaremos en cachitos!!!”. Silencio. Llanto. Insultos. Plegarias. Más lágrimas y gritos. Más silencio. Tan pesado como una losa.

En las horas finales, la vida llena de angustia, ya con la asesoría de los especialistas de Omar García Harfuch, los secuestradores acabarían aceptando –y a regañadientes– 4.5 millones de pesos. “Pero que los entregue una persona que su hijo Mateo conozca, no queremos sorpresas, mande una foto de esa persona”. Fue un compadre del alcalde quien de madrugada, a oscuras, en silencio, llevó el dinero a un punto de Las Cumbres de Acultzingo. Pero para ese momento, Mateo, “Mateito”, ya había sido asesinado. Vil, cruelmente.

Los secuestradores solo esperaron a cobrar el rescate para ir a abandonar su cadáver envuelto en cobijas y con huellas de violencia en un paraje conocido como “La Tabla”, a un costado de la carretera Azumbilla-Tlacotepec de Díaz, donde finalmente sería encontrado tras cuatro días de infierno para él y de pesadilla –la peor pesadilla– para su familia. Al lado del cuerpo, una lona con el mensaje de la infamia: “Por no cumplir acuerdos”.

El equipo de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana del Gobierno federal está convencido de que el grupo delictivo que secuestró y mató a Mateo no es improvisado. Por el modo en que se movieron, por la forma en que usaron tecnología, por cómo manejaron los tiempos, por la manera en que se volvieron invisibles por tantas horas, se sabe que los delincuentes tienen un largo, y tétrico, recorrido en este, uno de los delitos más crueles que existen. Pero también creen que, a pesar de ello, se pusieron nerviosos cuando vieron que el caso Mateo se había mediatizado y estallado en las redes sociales.

Hay suficientes indicios en el sentido de que el jefe de la banda se escapó hace algunos meses de un penal de Puebla, con ayuda institucional, y que purgaba una sentencia precisamente por secuestro. Hay, igualmente, confianza en que pronto tanto él como sus cómplices sean detenidos. Se está haciendo todo, y todo es todo, porque así ocurra y porque los criminales, esas hienas, paguen por la tragedia de Mateo.

Una tragedia que es la tragedia de Puebla. La Puebla de los pésames, de las condolencias, de los lutos… La gran, enorme, inacabable tragedia de un país a merced de la delincuencia.