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Garganta Profunda

Las horas previas al adiós de Olga Romero

La salida de Olga no convertía automáticamente a su operador en presidente, por muchas llaves que llevara en la bolsa

Foto: Especial
Foto: Especial

Pablo Salazar habría recibido las llaves, pero la presidencia no venía incluida.

Esa podría ser la mejor síntesis de las horas previas a la salida de Olga Romero Garci-Crespo de Morena Puebla: mientras unos organizaban la despedida, otros ya estaban repartiéndose el partido.

Después del jueguito de que se iba, pero todavía no; de que se registraba, pero tampoco lo decía, Olga terminó anunciando su salida. Una conferencia de prensa sin preguntas. Porras sí; lágrimas de cocodrilo, también; explicaciones, para otra ocasión. Hasta para despedirse prefirió administrar los aplausos.

Pero lo interesante ocurrió antes del micrófono.

El lunes 19 de octubre Olga Romero acudió a recibir las llaves de la nueva sede de Morena en la 25 Poniente. La misma cuya existencia, meses atrás se había negado. Ahí, según testigos que estuvieron presentes, habría tomado las llaves para entregárselas en la mano en el sitio a Pablo Salazar.

El gesto daba para entusiasmarse: casa nueva y, según sus cálculos, cargo nuevo.

Ese mismo día, Salazar pasó buena parte de aquella jornada junto con Claudia Hernández preparando el siguiente acomodo: Pablo en la Presidencia, Claudia en la Secretaría General y Maribel Márquez en Organización.

Ya tenían repartido el organigrama. Les faltaba revisar si podían repartirlo.

Porque el partido –así como lo ven– tiene estatutos y las secretarías tienen titulares. La salida de Olga no convertía automáticamente a su operador en presidente, por muchas llaves que llevara en la bolsa.

La Secretaría General, ocupada por Guadalupe Siyancan Peregrina, tenía un papel que aquel reparto parecía haber olvidado: suplir a la presidencia en su ausencia. Su permanencia al frente, mientras el nacional determina el relevo oficial, echó por tierra la idea de una sucesión resuelta entre los cercanos a Olga.

En el tablero también aparece Arturo Graciel, secretario de Organización. Dentro del partido identifican a ambos con el exgobernador Sergio Salomón Céspedes Peregrina. Para quienes pretendían acomodar las piezas sin consultar a sus titulares, aquello representaba un problema bastante más serio que cambiar las chapas.

Y, entonces, comenzaron las presiones. Y los dobles comunicados.

Salazar y Claudia buscaron frenar la conferencia y desde Gobernación se presionó a Siyancan para dejar su posición, empujándola a registrarse por una coordinación rumbo a una diputación local. Mientras a Olga desde Gobernación le giraban la instrucción de no dar rueda de prensa, de evitar la prensa y de no decir que la sucedería en el cargo, cosa que al parecer no acató.

Para Siyancan buscaban una candidatura como salida de emergencia. Qué conveniente descubrirle aspiraciones a alguien justo cuando su cargo estorba y más cuando ese mismo grupo que le descubre aspiraciones ya tiene gallo en esas tierras.

Pero nada de esto funcionó, los operadores vuelven a fallar y Siyancan quedó provisionalmente al frente y su relevo depende de la dirigencia nacional y dicen los enterados que este podría llegar hasta ya definidos todos los coordinadores federales, municipales y locales, por ahí de enero 2028. Así que el reparto que algunos daban por hecho no se consumó.

Políticamente, ahí estuvo el primer jalón de orejas: entregar unas llaves no alcanza para entregar Morena.

El problema para Pablo Salazar es lo que pudo haber prometido antes de entenderlo. Varios aspirantes refieren que Pablo, quien ya tiene antecedentes de venta de candidaturas, adquirió compromisos con aspirantes bajo la expectativa de convertirse en presidente. Ahora queda una pregunta incómoda: ¿con qué autoridad piensa cumplirlos?

Porque una cosa es ofrecer interlocución y otra andar comprometiendo decisiones de un partido cuya conducción todavía no se tiene.

Sí, Olga Romero se fue, pero dejó abierta la pelea por el escritorio.

Y todos los interesados harían bien en entender algo antes de seguir ofreciendo cargos y candidaturas: en las decisiones que hoy se disputan, Morena Puebla funciona cada vez más como una oficina de trámite. Recibe papeles, procesa aspiraciones y espera instrucciones. El peso de la decisión está en la dirigencia nacional.

A menos que duden de la autoridad de Ariadna Montiel Reyes.

Ese centralismo no lo inventó Olga. Su gestión tampoco construyó un contrapeso.

Por eso resulta tan reveladora la escena de las llaves: mientras aquí algunos se sentían dueños del edificio, en México todavía estaban por decidir quién podía ocupar la oficina.

Pablo podía abrir la puerta. La presidencia seguía cerrada.